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Rosa mosqueta en Neuquén: la planta invasora que devora los mallines y asfixia la ganadería

Una planta de flores rosadas y frutos apreciados en cosméticos devora silenciosamente los humedales más valiosos de la Patagonia.

La rosa mosqueta (Rosa rubiginosa) lleva más de cien años instalada en la Patagonia argentina, pero su avance nunca dejó de acelerarse. Introducida alrededor de 1910 en el Parque Nacional Nahuel Huapi como cerco vivo, esta especie de origen europeo encontró en el sur cordillerano las condiciones ideales para expandirse sin freno. Hoy coloniza extensas superficies de Neuquén, Río Negro y Chubut, y avanza también sobre las serranías de Mendoza.

Lo más llamativo de su historia es el equívoco que genera: gran parte de los visitantes y pobladores locales la identifican como nativa, cuando en realidad se trata de una de las especies exóticas invasoras más agresivas del país. La Resolución 109/2021 del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación la clasifica oficialmente como Especie Exótica Invasora Categoría 2 (EEI-2), la categoría de uso controlado.

El mallín, el recurso más valioso

Para entender el daño que provoca la rosa mosqueta, es necesario comprender qué son los mallines: humedales cordilleranos donde la vegetación herbácea se entreteje con el agua, constituyendo el principal sostén alimenticio e hídrico del ganado en la zona de montaña.

Mariano Bondoni, profesor de Zoología Agrícola de la Universidad Nacional del Comahue, lo explicó con precisión: "Cuando tenés la rosa mosqueta te va ocupando el mallín y llega un momento que, al irse juntando las plantas, se va cerrando el espacio y los animales ya no pueden pasar a pastorear".

Bondoni definió al mallín como "el petróleo de la cordillera": una vez degradado por la invasión arbustiva, el suelo pierde su productividad de manera prácticamente irreversible sin intervención técnica. La invasión de rosa mosqueta en los sistemas pastoriles produce una reducción directa del forraje aprovechable, porque sus matas densas ocupan la superficie y tornan inaccesibles las plantas que el ganado necesita. El resultado es una caída sostenida en la capacidad de carga ganadera del sistema.

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El programa provincial provee equipos y herbicidas a productores para frenar la plaga en mallines productivos.

La invasora perfecta

La biología de la rosa mosqueta explica por qué su control es tan difícil. Se reproduce de dos maneras simultáneas: de forma asexual mediante la propagación de sus raíces, y de forma sexual a través de semillas liberadas gradualmente durante el otoño e invierno. Esas semillas poseen alta viabilidad, dormición prolongada y longevidad excepcional en el suelo.

El ganado vacuno y equino oficia de dispersor involuntario. Estudios realizados en bosques patagónicos demostraron que las semillas de rosa mosqueta encontradas en las heces de ambas especies presentaron una viabilidad del 100%, lo que convierte a los propios animales de producción en vectores de propagación de la plaga que los perjudica.

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Sus frutos rojos tienen alto valor cosmético, pero su expansión descontrolada destruye ecosistemas nativos únicos.

Un programa provincial con más de una década de trabajo

Ante la gravedad del problema, la provincia de Neuquén puso en marcha hace más de diez años el Programa Provincial de Control de Rosa Mosqueta, una iniciativa de la Subsecretaría de Producción que asiste técnicamente a los productores ganaderos afectados. Las acciones se concentran en zonas como el paraje Vilú Mallín, en las cercanías de El Cholar, y se extienden a todo el interior provincial.

La estrategia prioriza el tratamiento en los mallines de alta productividad atacados recientemente, antes de que la plaga se consolide. Uno de los logros más destacados del programa, según los técnicos provinciales, es el cambio cultural en los productores: hoy comprenden que la rosa mosqueta es un problema grave y abandonaron métodos contraproducentes como arrancar las plantas con cadenas o cortarlas con machetes, prácticas que estimulan el rebrote.

Los establecimientos ganaderos de la provincia pueden acceder gratuitamente a equipos pulverizadores y herbicidas a través del programa, mediante consultas al Departamento de Sanidad Vegetal y Emergencia Agraria.

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El ganado vacuno y equino oficia de dispersor involuntario.

El Parque Lanín y la magnitud de la invasión

Más allá de los campos privados, la rosa mosqueta penetra también en las áreas protegidas. Hernán Attis Beltrán, ingeniero forestal y doctor en Biología del Parque Nacional Lanín, advierte que "la magnitud de la invasión de flora exótica a nivel de todo el Parque Lanín es inmensa".

Para hacerle frente, el parque aprobó el plan de "Prevención, Control y Monitoreo de Flora Exótica Leñosa Invasora", que interviene junto a pinos y sauce exótico sobre los focos de mayor impacto ecológico. Dado que la capacidad de rebrote de la rosa mosqueta es muy elevada, las acciones se concentran en los sectores de alto valor de conservación donde la planta genera los daños más críticos.

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En el Parque Nacional Lanín, la invasión de flora exótica leñosa es calificada como "inmensa" por los especialistas.

Plaga y recurso al mismo tiempo

La rosa mosqueta protagoniza una tensión inusual en la gestión ambiental patagónica: es simultáneamente una plaga declarada y una fuente de valor económico. Sus frutos —los cinorrodones— contienen principios activos de alto valor para la industria cosmética, farmacéutica y alimentaria, y dan origen a aceites, dulces y esencias con mercado de exportación.

El Programa de Desarrollo Agroalimentario (Proda) del Ministerio de Producción de Neuquén dispuso una pulpadora-tamizadora móvil para comunidades del norte provincial —Huinganco, Barrancas, Chos Malal, El Cholar y Aluminé, entre otras— con capacidad de procesar 100 kilos de fruta por hora. Esta iniciativa convierte en recurso productivo lo que en los mallines es destrucción pura, y abre una vía de aprovechamiento sustentable que los especialistas consideran complementaria al control ecológico, nunca sustituta de él.

La historia de la rosa mosqueta en el sur argentino refleja la complejidad de manejar una especie introducida que se volvió parte del paisaje antes de que hubiera herramientas para contenerla. Controlarla exige ciencia, coordinación institucional y un productor informado. Sin los tres pilares juntos, el mallín —ese petróleo verde de la cordillera— seguirá perdiendo terreno ante un arbusto espinoso de flores engañosamente delicadas.

FUENTE: UNCo y Conicet con aportes de Redacción +P