CONICET y Ledesma logran un hito: transforman desechos del azúcar en detergentes ecológicos
¿Y si los residuos de una fábrica de azúcar pudieran convertirse en jabones, cremas y limpiadores que no contaminan el ambiente? En Argentina ya están lográndolo.
¿Es posible imaginar un mundo donde los detergentes, las cremas para la piel y hasta algunos medicamentos se fabrican sin dañar ríos ni suelos? Eso es exactamente lo que un equipo de científicos del CONICET está desarrollando junto a la empresa Ledesma, una de las principales productoras de azúcar del país.
En lugar de usar químicos artificiales que tardan años en desaparecer de la naturaleza, estos investigadores producen biosurfactantes. Pero, ¿qué son exactamente? Son sustancias naturales que, al igual que el jabón común, ayudan a mezclar agua con grasa o suciedad para limpiarla fácilmente. La gran diferencia es que los fabrican bacterias vivas (microorganismos diminutos) y se degradan solos en el ambiente sin dejar residuos tóxicos. Son como un jabón “verde” que la naturaleza misma puede reciclar.
El problema tradicional de estos productos naturales es que resultan muy caros de fabricar comparados con los químicos sintéticos. Por eso el equipo, liderado por las investigadoras Verónica Irazusta y Verónica Rajal en el Instituto de Investigaciones para la Industria Química (INIQUI) de Salta, buscó una solución ingeniosa: usar los propios desechos de la industria azucarera.
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Viltes Sanchez realizando tareas en el laboratorio, relacionadas con inoculación del biorreactor con la bacterias productoras de biosurfactantes. Fotografía: Antonella Flamini
Cómo convierten basura en tesoro
La empresa Ledesma genera grandes cantidades de melaza (un jarabe espeso y dulce que sobra después de extraer el azúcar) y vinaza (un líquido oscuro y ácido que queda tras producir alcohol etílico). Normalmente, estos subproductos terminan como residuo y pueden contaminar si no se manejan bien.
Los científicos aislaron una bacteria directamente de los desechos de la fábrica. Esta bacteria “come” la melaza y la vinaza como alimento y, mientras lo hace, produce biosurfactantes de forma natural. De esta manera logran dos cosas al mismo tiempo:
Fabricar el producto de manera mucho más barata, porque no necesitan comprar ingredientes caros.
Darle un uso útil a materiales que antes eran problema ambiental.
“Usamos efluentes o subproductos industriales de Ledesma como medio de cultivo para los microorganismos. Así no solo producimos estas moléculas de forma económica, sino que además damos una utilidad a desechos que de otro modo podrían contaminar”, explica Verónica Irazusta, quien dirige técnicamente el proyecto.
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Irazusta operando el Biorreactor de 7 litros adquirido como parte del convenio. Fotografía: Antonella Flamini
¿Dónde se pueden usar estos productos ecológicos?
Los biosurfactantes bajan la tensión superficial del agua (es decir, hacen que el agua se “deslice” mejor y penetre en las superficies sucias). Gracias a eso sirven para:
Fabricar detergentes y limpiadores más amigables con el medio ambiente.
Crear cremas y cosméticos que sean suaves con la piel.
Ayudar en la industria alimentaria (por ejemplo, en emulsiones como mayonesas o salsas).
Desarrollar productos para la agricultura (mejorar la absorción de pesticidas o fertilizantes).
Incluso en farmacia, para mejorar la entrega de medicamentos.
Su principal ventaja: se descomponen naturalmente en semanas o meses, a diferencia de muchos químicos sintéticos que persisten décadas en el agua o el suelo.
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Agustina Viltes Sánchez, becaria del CONICET, Verónica Irazusta, directora técnica del proyecto con Ledesma, y Mariano Rivero integrante del proyecto LEDESMA - CONICET del Laboratorio de Aguas y Suelos del INIQUI.
Un acuerdo que nació hace años y avanza fuerte
La colaboración entre CONICET, la Universidad Nacional de Salta y Ledesma se formalizó con un convenio firmado en 2024. Pero la relación viene de antes: los investigadores visitaron la fábrica, analizaron los desechos, presentaron resultados y mantuvieron reuniones hasta llegar al acuerdo actual.
Uno de los avances más importantes fue la incorporación de un biorreactor de siete litros al laboratorio. Este equipo permite cultivar las bacterias en cantidades mayores y controlar mejor las condiciones para producir más biosurfactantes de mejor calidad.
Desde Ledesma, Adriana Rodriguez destaca el potencial del proyecto: “Estamos en constante búsqueda de alternativas más sustentables para mejorar nuestros procesos productivos y avanzar en el desarrollo de nuevos productos. Creemos que el trabajo conjunto con centros de investigación es clave para generar desarrollos con impacto productivo y ambiental positivo”.
El equipo, que incluye a la becaria Agustina Viltes Sánchez y al investigador Mariano Rivero, sigue probando diferentes mezclas de melaza y vinaza para encontrar la fórmula más eficiente. El objetivo final es que estos biosurfactantes lleguen al mercado como una opción real, barata y mucho más amable con el planeta.