Este ensayo no es aislado, sino que forma parte de una iniciativa más amplia: la Chacra Valles Irrigados de la Norpatagonia (VINPA), un espacio de investigación y desarrollo promovido por la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (AAPRESID). Allí, un grupo de productores, entre los que hay cuatro especialmente activos, administra unas 4.000 hectáreas dedicadas a generar conocimiento agronómico adaptado a las condiciones específicas de la región.
¿Productividad en la Patagonia?
La clave del éxito de la soja en esta región está íntimamente ligada al uso eficiente del riego y a las características agroclimáticas locales. En esta parte del norte patagónico, las precipitaciones anuales no superan los 200 milímetros, lo que obliga a una planificación hídrica precisa y sostenible. No obstante, esta misma condición genera ventajas comparativas: la ausencia de lluvias excesivas reduce la presión de enfermedades fúngicas, las heladas tardías no son frecuentes y las temperaturas, junto con la radiación solar, suelen ser más elevadas que en otras regiones agrícolas tradicionales del país. Todo esto favorece un ambiente más controlado y previsible para el cultivo de soja, al menos bajo condiciones de manejo adecuadas.
Además de los buenos rindes, lo que destaca esta experiencia es su valor como caso piloto de diversificación productiva. La soja, que históricamente ha tenido su epicentro en la región pampeana, podría encontrar en el norte patagónico una nueva frontera productiva, especialmente en zonas bajo riego como el Valle Inferior del río Negro, el Valle Medio y áreas cercanas al río Colorado. Estos lugares, dotados de infraestructura de riego y suelos aptos, podrían convertirse en polos de desarrollo agrícola no solo para soja, sino también para otros cultivos extensivos de alto valor.
En ese sentido, el interés no se hizo esperar: en los últimos días, un grupo de productores de la zona núcleo visitó los campos de Conesa en carácter de potenciales inversores. El hecho marca una señal de que el norte patagónico, con condiciones de manejo y tecnología adecuadas, puede ofrecer oportunidades productivas que van más allá de la fruticultura o la ganadería intensiva.
La experiencia de Kaita-Co no solo representa un caso exitoso de adaptación agrícola, sino que también abre una discusión sobre la necesidad de explorar nuevas zonas productivas frente al avance del cambio climático y la presión sobre los recursos naturales en otras regiones. La posibilidad de que la soja gane espacio en la Patagonia bajo riego es hoy más real que nunca, y puede ser clave para ampliar la frontera agrícola sin comprometer los ecosistemas más frágiles del país.