En una explotación de cerezos, el silencio engaña. Durante meses, los árboles lucen frondosos y verdes. Pero cuando llega la cosecha, algunos frutos aparecen pequeños, pálidos y sin sabor. Para el agricultor, esa diferencia significa miles de dólares perdidos. La LCD no solo reduce el tamaño de la cereza: destruye su valor comercial.
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Millones de dólares son lo que pierde la industria de cerezas por la enfermedad LCD.
Hasta ahora, la detección dependía de pruebas de laboratorio, como la reacción en cadena de la polimerasa (PCR). Un método confiable, sí, pero lento, caro y, a veces, incapaz de encontrar el patógeno cuando apenas comienza a propagarse. “Los perros pueden detectar concentraciones muy bajas del virus, algo que la PCR no siempre logra”, explica Scott Harper, profesor asociado de Patología Vegetal en la Universidad Estatal de Washington (WSU).
Cerezas: el día que la ciencia cambió de estrategia
En mayo de 2023, Harper y su equipo decidieron probar una vía poco ortodoxa. Contactaron a Jessica Kohntopp, entrenadora de perros de Idaho, conocida por haber enseñado a canes a detectar virus en tomates, calabazas, cítricos e incluso en humanos con COVID-19. La misión: entrenar a dos perros para reconocer el olor de la LCD en las plantas de cerezo.
Aika, un pastor belga malinois, y Humma, un pastor holandés, comenzaron su adiestramiento con muestras sanas e infectadas. Kohntopp les enseñó a detenerse junto a las plantas enfermas como señal de alerta. “Para ellos no es un trabajo, es un juego de búsqueda. Cuando encuentran una planta positiva, se emocionan como si hubieran hallado un juguete escondido”, relata la entrenadora.
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Aika, en posición, señalando los problemas sanitarios de una plantación.
En las primeras pruebas, realizadas en un invernadero de la WSU en Prosser, los perros localizaron las siete plantas infectadas de un total de casi 200, e incluso detectaron una que había pasado inadvertida en análisis previos. Más tarde, en un ensayo a ciegas con 1,380 plantas —101 positivas—, lograron una precisión del 99,72 % sin falsas alarmas.
La prueba definitiva llegó en una explotación frutícola comercial. Cinco árboles habían dado negativo en laboratorio, pero Aika y Humma no se dejaron engañar: los marcaron con insistencia. Los investigadores repitieron los análisis con técnicas más sensibles y, una vez más, los perros tenían razón.
El futuro olfatea oportunidades
El objetivo ahora es llevar este método fuera del laboratorio y ponerlo al servicio de los agricultores. Los investigadores quieren saber si los perros pueden detectar la enfermedad en viveros, antes de que las plantas lleguen al campo, y si la hibernación de los árboles afecta su capacidad de detección.
“Queremos escalar esto para ayudar a la industria”, dice Corina Serban, especialista de extensión de la WSU. “La ciencia debe demostrar su exactitud, pero lo que vemos es muy prometedor”.
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Humma, analizando una planta de cereza en el estado de Washington.
En un mundo agrícola acostumbrado a confiar en microscopios y reactivos, dos perros y sus narices están demostrando que, a veces, la mejor tecnología sigue latiendo en el instinto animal. Y si todo sale bien, el ladrido de Aika y Humma podría convertirse en la señal más esperada de cada temporada: que la cosecha está a salvo.
Fuente: Universidad Estatal de Washington (WSU) con aportes de la Redacción +P.