Con varias decenas de exportadoras compitiendo ferozmente, cada productor encuentra siempre una puerta abierta para colocar su fruta, sin importar si cumple o no con la categoría “premium” que se pregona en los discursos. En este contexto se corre el riesgo de que el cortoplacismo mande, y la coordinación brille por su ausencia. La pregunta es inevitable: ¿Cómo puede pretender la industria chilena -con los antecedentes de la campaña pasada- manejar volúmenes colosales sin un mínimo orden interno? Si ni siquiera es capaz de consensuar un estándar de calidad, lo que se viene no es otra cosa que un nuevo desborde anunciado.
Calidad de la cereza, en entredicho
La fruta chilena seguirá llegando a los mercados, sí, pero ya no con la mística de exclusividad que la distinguía. La temporada pasada fue lapidaria en ese sentido: partidas desparejas en firmeza, calibres irregulares, colores dispares. Todo eso erosionó la confianza del consumidor, especialmente en China, que hasta ahora ha sido la gallina de los huevos de oro para esta industria.
Si bien no se pueden hacer comparaciones lineales, mientras tanto, países vecinos como Argentina o Nueva Zelanda, con volúmenes ínfimos en comparación, avanzan con criterios más estrictos de selección. El contraste es evidente: Chile apuesta por la escala, aunque sea a costa de su reputación; Argentina o Nueva Zelanda, con mucho menos, trata de competir por diferenciación. Es un error estratégico de magnitud. Sin calidad homogénea, no hay precio que aguante. El consumidor chino, exigente y cada vez más informado, no tolerará que la cereza sea una lotería en la góndola.
Que nadie se engañe: Chile no podrá diversificar su oferta exportable en serio. China es, y seguirá siendo, el único destino que importa. Más del 85% de las exportaciones terminan allí, y gran parte del negocio en este destino gira en torno al Año Nuevo Lunar. En 2025, la celebración caerá el 17 de febrero, lo que en principio da más tiempo para distribuir la fruta. Pero este alivio es relativo.
Los problemas comenzarán, como siempre, en enero, cuando los barcos cargados hasta el tope arriben en un escaso período de tiempo. Se repetirán las escenas de contenedores saturando puertos y mercados mayoristas, y los precios volverán a caer. La fruta que salga en noviembre y diciembre, sobre todo la que viaje en avión, mantendrá buenos valores. El resto, simplemente, se jugará a la ruleta de la sobreoferta.
El gran riesgo es que China empiece a cansarse. Y si eso ocurre, no hay plan B. Ningún otro mercado en el mundo —ni Estados Unidos, ni Europa, ni siquiera un conglomerado de varios destinos— tiene la capacidad de absorber semejante volumen. Chile apostó todo a una sola carta, y ahora empieza a pagar las consecuencias.
Precios en caída libre
Los precios récord del pasado son, definitivamente, historia. La industria chilena debería asumirlo de una vez. El crecimiento descontrolado de la oferta y la falta de disciplina comercial empujan inexorablemente hacia abajo los valores de la cereza en destino. La restructuración de la industria parece ya un hecho; solo faltaría definir los tiempos en que se pueda ejecutar.
El 2025/26 será otro año de transición, como ya lo reconocen los propios exportadores. Pero seamos claros: no habrá milagros que devuelvan los márgenes dorados de antaño. Lo que viene es un proceso largo y doloroso de ajuste, en el que muchos actores quedarán en el camino.
El problema es que, en lugar de planificar esa transición con gestión e inteligencia, Chile parece decidido a repetir los mismos errores. Más hectáreas plantadas, más toneladas, más barcos, más fruta en un mercado que no da más. La ecuación es tan simple como destructiva.
La paradoja del éxito
Chile hizo todo bien para convertirse en líder mundial de la cereza: inversión, innovación, logística, apertura de mercados. Pero ahora enfrenta la paradoja de su propio éxito. Creció tanto y tan rápido que perdió capacidad de gobernar su negocio. Y en la fruticultura global, cuando se pierde reputación y rentabilidad, recuperarlas puede llevar décadas.
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La sobreoferta de cereza de baja calidad en el mercado chino impacta de lleno sobre los precios finales en góndola.
Lo cierto es que la cereza chilena ya no es sinónimo automático de excelencia. La industria, fragmentada y dominada por la competencia feroz, no logra hablar con una sola voz ni fijar un rumbo común. Y mientras tanto, el reloj corre: cada temporada sin acuerdos, cada barco con fruta irregular que arribe a puertos chinos, erosionará un poco más la posición de Chile.
La campaña 2025/26 no será una más. Puede marcar un punto de quiebre. La industria chilena tiene que decidir contra reloj si quiere seguir siendo un gigante sin brújula, arrojando fruta al mercado a cualquier costo, o si asume de una vez que sin orden, sin calidad y sin diversificación real, el modelo es insostenible.
De no hacerlo, el futuro ya está escrito: precios cada vez más bajos, márgenes que se evaporan, productores en problemas y un liderazgo mundial que empezará a crujir. El ajuste será inevitable, lo único que falta saber es si Chile lo hará de manera planificada o a los tumbos.
La cereza chilena vive de China, pero también puede morir con China. Ese es el riesgo de haber construido un imperio sobre una sola base. El 2025/26 pondrá a prueba si la industria entiende, por fin, que el verdadero desafío no solo es producir más, sino producir mejor y vender con inteligencia.