En esa historia ocupa un lugar singular el Movimiento Regional de Productores de Fruta de Río Negro y Neuquén (MRP), una organización que surgió en los años sesenta con la intención de representar los intereses de los chacareros y que terminó convirtiéndose en uno de los actores más influyentes y controvertidos de la vida gremial del Alto Valle.
Su recorrido permite comprender no solo la evolución de la fruticultura patagónica, sino también las profundas transformaciones sociales, económicas y políticas que atravesaron a la Argentina durante la segunda mitad del siglo XX.
El Valle que crecía junto a la fruta
La expansión de la fruticultura en el norte de la Patagonia fue una de las grandes historias productivas del país durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Los sistemas de riego impulsados desde principios del siglo XX habían transformado tierras áridas en una de las zonas más productivas de la Argentina. La combinación de clima, agua y trabajo permitió que la producción de peras y manzanas encontrara condiciones excepcionales para desarrollarse.
Durante los años cincuenta y sesenta, la actividad experimentó un crecimiento sostenido. Nuevas chacras se incorporaban a la producción, aumentaban las exportaciones y se consolidaban mercados tanto dentro como fuera del país. Sin embargo, el crecimiento también traía consigo nuevos desafíos.
Los productores debían enfrentar problemas relacionados con el acceso al crédito, los costos de transporte, la conservación de la fruta, la comercialización y la creciente influencia de los sectores encargados del empaque y la exportación.
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La expansión de la fruticultura transformó al Alto Valle, pero también generó profundas disputas por el control del negocio.
Resulta sorprendente comprobar cómo muchos de aquellos debates siguen vigentes en la actualidad. Las discusiones sobre rentabilidad, concentración económica, poder de negociación y distribución de ingresos continúan ocupando el centro de las preocupaciones de los productores regionales.
En aquel escenario comenzaron a surgir diversas organizaciones destinadas a representar los intereses de los distintos actores vinculados a la actividad. En 1956 nació la Federación de Productores de Fruta (FPF), que buscó convertirse en la principal voz de los chacareros ante los organismos públicos y privados. Pocos años más tarde, en 1961, apareció CORPOFRUT, una entidad creada con el objetivo de fortalecer la participación de los productores en los mercados y mejorar las capacidades operativas de la actividad.
Sin embargo, una parte importante de los productores consideraba que todavía faltaba una representación gremial más combativa, más cercana a las bases y menos condicionada por los acuerdos políticos e institucionales.
Esa percepción daría origen a una experiencia que marcaría una época.
El nacimiento de una voz propia
En 1964 comenzó a tomar forma el Movimiento Regional de Productores de Fruta de Río Negro y Neuquén. La organización surgió en medio de un clima de creciente malestar entre numerosos chacareros que sentían que sus reclamos no encontraban respuestas adecuadas dentro de las estructuras existentes.
Muchos productores observaban con preocupación cómo las decisiones fundamentales sobre precios, comercialización y distribución de beneficios parecían alejarse cada vez más de quienes trabajaban la tierra. Frente a esa situación, dirigentes como Francisco Tropeano y Osias Preiss, ambos vinculados al Partido Comunista, impulsaron la creación de una organización con identidad propia y fuerte impronta gremial.
No tardaron en aparecer las críticas. Para algunos sectores conservadores del Valle, muchos de los integrantes del Movimiento representaban ideas consideradas peligrosas para la época. De manera despectiva comenzaron a ser llamados “los rojos”, una etiqueta que buscaba asociarlos con las corrientes de izquierda que tenían presencia creciente en distintos países de América Latina.
Sin embargo, más allá de las diferencias ideológicas, el núcleo de sus reclamos estaba profundamente ligado a las necesidades concretas de los productores. El Movimiento sostenía que los chacareros debían participar activamente en las decisiones que afectaban su trabajo y que las reglas del negocio frutícola debían ser más equitativas.
Su mensaje encontró eco entre cientos de familias productoras que percibían que el crecimiento económico del sector no siempre se traducía en mejores condiciones para quienes estaban al comienzo de la cadena productiva.
CORPOFRUT y una relación cada vez más conflictiva
La relación entre el MRP y CORPOFRUT fue probablemente uno de los capítulos más intensos de la historia institucional del Alto Valle. Durante sus primeros años, CORPOFRUT había despertado grandes expectativas entre los productores. Bajo la conducción de dirigentes como Victoriano Barreneche y Celedonio Carbajal, impulsó iniciativas destinadas a fortalecer la presencia de los chacareros en los mercados.
Sin embargo, con el correr de los años comenzaron a aparecer diferencias cada vez más profundas.
Desde el Movimiento Regional se sostenía que la corporación había perdido parte de su espíritu original y que progresivamente se alejaba de las necesidades reales de los pequeños y medianos productores. Los dirigentes del MRP cuestionaban que muchas decisiones estuvieran influenciadas por acuerdos políticos o por sectores con intereses diferentes a los de las explotaciones familiares.
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Fueron llamados "los rojos", movilizaron a más de mil chacareros y desafiaron a empresas, dirigentes y gobiernos.
A su entender, las estructuras administrativas crecían mientras los problemas cotidianos de las chacras seguían sin resolverse. Las disputas también alcanzaron el terreno institucional. Mientras CORPOFRUT y la Federación mantenían reconocimiento formal y espacios consolidados de diálogo con los gobiernos, el Movimiento enfrentaba obstáculos para obtener personería jurídica y reconocimiento oficial.
Aquella situación alimentó una sensación de exclusión que terminó fortaleciendo aún más su perfil combativo.
Cuando la protesta llegó a las rutas
A fines de los años sesenta y comienzos de los setenta la fruticultura regional atravesaba un proceso de profundas transformaciones. Los galpones de empaque, las empresas exportadoras y los operadores comerciales adquirían cada vez más importancia dentro de la cadena productiva.
Al mismo tiempo, numerosos productores comenzaban a experimentar una creciente pérdida de rentabilidad. Los reclamos se multiplicaban.
Los plazos de pago se extendían. Las condiciones de comercialización generaban descontento. Los costos aumentaban mientras muchos productores sentían que recibían una porción cada vez menor del valor final de la fruta.
Fue en ese contexto donde el Movimiento Regional alcanzó su momento de mayor protagonismo. La histórica asamblea en 1971 realizada en el cine de Allen quedó grabada en la memoria colectiva de toda una generación de productores. Allí se debatieron propuestas, se discutieron estrategias y se definieron acciones que buscaban modificar el rumbo de la actividad.
Las movilizaciones posteriores, especialmente entre 1971 y 1972, marcaron un antes y un después. Más de mil productores provenientes de distintos puntos de los valles irrigados de Río Negro y Neuquén participaron en protestas y cortes de rutas que sorprendieron a la dirigencia política y empresarial. Las imágenes de tractores, camionetas y chacareros ocupando caminos se convirtieron en símbolo de una época.
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Asambleas multitudinarias, cortes de ruta, proyectos de ley y persecución política. El Movimiento Regional de Productores protagonizó uno de los capítulos más intensos y menos conocidos de la historia social y económica de la Patagonia.
Por primera vez, una parte importante de los productores primarios lograba instalar en la agenda pública un debate profundo sobre quiénes se beneficiaban realmente del crecimiento de la fruticultura.
El sueño de una Junta Nacional de la Frutihorticultura
Quizás ninguna propuesta sintetizó mejor las aspiraciones del Movimiento Regional que el proyecto de creación de una Junta Nacional de la Frutihorticultura. La iniciativa fue presentada en 1975 por el senador nacional Emilio Belenguer y recogía buena parte de las demandas impulsadas durante años por los dirigentes del MRP y buscaba establecer reglas más claras para todos los actores de la cadena frutícola.
Tomando como referencia organismos como la Junta Nacional de Carnes, planteaba la necesidad de una institución capaz de regular relaciones comerciales, proteger a los productores y garantizar mayor transparencia en la distribución de los ingresos.
Entre sus objetivos figuraban la elección directa de representantes de los productores, la fijación de precios mínimos de referencia, la regulación de los plazos de pago y la creación de mecanismos de protección social para trabajadores rurales y empleados de empaque. También impulsaba el fortalecimiento del movimiento cooperativo como herramienta para mejorar la infraestructura y aumentar la capacidad de negociación de los productores.
Para muchos chacareros, aquella propuesta representaba la posibilidad concreta de construir una fruticultura más equilibrada. Pero la historia tenía otros planes.
El golpe que cambió todo
El 24 de marzo de 1976 la Argentina ingresó en uno de los períodos más oscuros de su historia. La última dictadura militar alteró profundamente la vida política, social y económica del país. El Movimiento Regional de Productores no quedó al margen de aquel proceso.
Varios de sus dirigentes fueron perseguidos, detenidos o sometidos a distintas formas de hostigamiento. Entre ellos se encontraba Francisco Tropeano, una de las figuras más emblemáticas de la organización.
Los testimonios recopilados a lo largo de los años describen allanamientos, detenciones y situaciones de violencia que afectaron a numerosos integrantes del Movimiento.
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La historia del Movimiento Regional de Productores también está atravesada por la represión de las dictaduras militares. Entre sus principales dirigentes se encontraba Francisco Tropeano.
Pero la represión no solo alcanzó a las personas. También golpeó la memoria institucional. Actas, documentos, registros y archivos desaparecieron durante aquellos años. Mucho del patrimonio documental que permitía reconstruir la historia del Movimiento se perdió para siempre.
Con el paso del tiempo, esa ausencia dificultaría enormemente el trabajo de investigadores e historiadores interesados en comprender la experiencia del MRP. La organización sobrevivió, pero nunca volvería a ser la misma.
Los nuevos tiempos de la economía
Mientras la represión política avanzaba, también se producían profundas transformaciones económicas. Las nuevas políticas impulsadas por la dictadura modificaron las reglas de funcionamiento de numerosas actividades productivas. La apertura comercial, la reducción de mecanismos de regulación estatal y los cambios macroeconómicos generaron nuevos desafíos para la fruticultura patagónica.
Muchos productores encontraron cada vez más difícil sostener la rentabilidad de sus chacras. La competencia se intensificó y la concentración económica avanzó en algunos segmentos de la cadena. Las discusiones sobre el papel del Estado, la regulación de los mercados y la protección de las economías regionales adquirieron renovada importancia.
Paradójicamente, varios de los problemas que el Movimiento Regional había señalado durante años comenzaban a hacerse cada vez más visibles.
La recuperación democrática de 1983 abrió una nueva etapa. Muchas organizaciones sociales y gremiales intentaron reconstruirse después de años de persecución y silencio.
El Movimiento Regional logró finalmente obtener reconocimiento jurídico y recuperar parte de su actividad institucional. Sin embargo, el escenario había cambiado profundamente. Numerosos dirigentes históricos ya no estaban. La organización enfrentaba limitaciones económicas y una capacidad de movilización mucho menor que en sus mejores años. Además, otras entidades continuaban ocupando los principales espacios de representación institucional y mantenían vínculos consolidados con organismos públicos y sectores empresariales.
La reconstrucción fue lenta y difícil. Aunque el Movimiento mantuvo viva su identidad y continuó participando de distintos debates, nunca logró recuperar plenamente el protagonismo alcanzado durante los años setenta.
Los noventa y el final de una experiencia histórica
La década de 1990 trajo consigo una nueva ola de transformaciones. Las políticas de apertura económica, privatización y desregulación modificaron nuevamente el escenario productivo nacional.
La fruticultura regional debió adaptarse a mercados cada vez más competitivos y exigentes y para el Movimiento Regional de Productores, aquellas condiciones resultaron particularmente adversas. La falta de recursos, el envejecimiento de muchos de sus cuadros dirigentes y las dificultades para incorporar nuevas generaciones fueron debilitando progresivamente la organización.
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Miles de productores de Río Negro y Neuquén se organizaron para enfrentar la concentración económica, reclamar reglas más justas y recuperar protagonismo en la cadena frutícola.
Los problemas financieros se acumulaban. La estructura gremial se volvía cada vez más difícil de sostener. Finalmente, durante los años noventa, el Movimiento dejó de funcionar como organización activa.
Terminaba así una experiencia que durante tres décadas había representado una de las expresiones más originales y combativas de la historia gremial del Alto Valle.
Un legado que aún interpela al presente
A pesar de su desaparición, el Movimiento Regional de Productores continúa ocupando un lugar importante en la memoria de la fruticultura patagónica. Su historia trasciende las disputas institucionales y los enfrentamientos de época. Representa el intento de miles de productores por construir una voz propia en un sector atravesado por intereses diversos y relaciones de poder complejas. También constituye un recordatorio de que detrás de cada caja de fruta exportada existieron familias enteras que apostaron su vida al trabajo de la tierra.
Las preguntas que movilizaron al MRP siguen vigentes. ¿Cómo distribuir de manera más equitativa los ingresos de la cadena productiva?, ¿Debe el Estado desempeñar un rol en la regulación de las economías regionales?, ¿Cómo evitar que los pequeños productores desaparezcan frente a procesos de concentración económica?, ¿Hay que dejar todo librado al mercado?, ¿Qué formas de organización permiten defender mejor los intereses de quienes producen?
Medio siglo después de aquellas asambleas multitudinarias, de los discursos apasionados en el cine de Allen y de las movilizaciones que recorrieron las rutas del Valle, esas preguntas continúan buscando respuestas.
Porque la historia del Movimiento Regional de Productores no pertenece únicamente al pasado. Es también una historia sobre el presente. Y quizás, sobre todo, una historia sobre el futuro de una región que aprendió a crecer junto a sus peras y manzanas, pero que todavía sigue debatiendo cómo repartir de manera justa los frutos de ese esfuerzo colectivo.
FUENTE: Trabajos realizados por Larry Andrade, de la Universidad Nacional de la Patagonia Austral, y Silvina Herrera, Docente e investigadora en la Universidad Nacional de Río Negro; archivos de Osvaldo Preiss; archivos de Corpofrut; y el aporte de Redacción +P.