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De un campo abandonado a un modelo productivo: la historia que transforma la Patagonia

Una familia convirtió tierras áridas en un sistema productivo que hoy combina riego, tecnología y ganadería de alto valor.

Nicolás García es tercera generación de un emprendimiento que iniciaron sus abuelos, Manuel García y Dolores Parra, con un camioncito en el que llevaban verduras desde Mendoza hacia el Alto Valle del Río Negro, para luego volver con frutas. A mediados de la década de 1960 se asentaron en Plottier, Neuquén, ya apostando a consolidar la empresa de transporte, que fue creciendo y modernizándose, incluso tras la muerte prematura de Manuel. Más tarde, bajo la dirección de sus hijos, Transportes Dolores Parra se expandió incorporando servicios específicos para la industria petrolera, incluso antes de que se hablara de Vaca Muerta, y todavía más después.

En el año 2000, siguiendo la idea de “no poner todos los huevos en la misma canasta”, la familia alquiló un campo en General Acha, La Pampa, y aprendió a hacer cría bovina. Pero la distancia dificultaba las cosas, así que en 2006, cuando apareció la posibilidad de comprar un campo en Valle Azul, Río Negro, no la desaprovecharon: vendieron toda la hacienda pampeana —ya que no podían trasladarla a la Patagonia por la barrera sanitaria— y comenzaron de cero allí, en el “último” campo del Alto Valle.

Nicolás estaba estudiando Ingeniería Agronómica en la Universidad Nacional de Río Cuarto, Córdoba, y viajaba casi todos los meses para seguir de cerca el desarrollo con su padre, Daniel. En 2009 retornó para ponerse al hombro Agropecuaria Don Manuel, con la idea de hacer una empresa con impacto positivo en lo económico, ambiental y social, transformando meseta estéril en cultivos intensivos gracias al agua, la tecnología y el manejo, para alimentar bovinos que produzcan carne diferenciada.

Desde Jugarium, un espacio recreativo para chicos que fundó en Plottier con sus hermanas, Nicolás García habló con +P sobre los proyectos de corto y largo plazo de la empresa, cómo ve el desarrollo de los cultivos bajo riego en la región y los aprendizajes.

—Hace 20 años compraron esas 20.000 hectáreas en Valle Azul, ¿qué había allí y qué potencial veían?

—El campo estaba totalmente abandonado. Solo tenía el alambrado perimetral y una aguada central en la planicie, casi nada más. Del total de hectáreas, identificamos unas 3.000 que estaban sobre el ambiente del valle con potencial de riego, pero ni una con riego. Hubo que hacer una inversión inicial fuerte en los primeros años para acondicionar el campo para la cría y empezar con el apotreramiento, con divisiones, muchos kilómetros de alambrado nuevo, aguadas… Y también en vacas, que son, de alguna manera, la fábrica de terneros.

Al principio los destetábamos y vendíamos directamente como invernada; hacíamos solo un planteo de cría. Después fuimos aprendiendo el poder de transformación que tiene el agua, que, en vez de pasar por al lado del campo y perderse en el mar, podía atravesar las plantas para que hagan fotosíntesis y producir forraje, que se transforma en carne, en alimento. Es la mejor ecuación. Entonces eso nos impulsó mucho también para el desarrollo de los suelos.

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El proyecto que pasó del abandono a producir carne de calidad gracias al manejo del agua y la innovación.

—¿Cuántas hectáreas de las 3.000 tienen hoy bajo riego y qué sistema utilizan?

—Hoy ya tenemos 700 hectáreas bajo riego, con dos sistemas: casi la mitad de la superficie está con pivote y el resto con riego gravitacional. Con el gravitacional estamos utilizando una tecnología para nivelación por GPS. Primero hacemos un relevamiento planialtimétrico del campo y después lo procesamos en un software en el que diseñamos el paisaje productivo futuro: el tamaño de las parcelas, el ancho, el largo, la pendiente. Ese software nos calcula automáticamente cuántos metros cúbicos vamos a mover por hectárea. Buscamos el diseño más eficiente en cuanto a geometría y en cuanto a la inversión en movimiento de suelo; vemos lo que más nos conviene. Eso lo trasladamos al monitor del tractor, y el tractorista ve dónde tiene que hacer el corte y dónde el relleno de nivelación; está muy bueno.

—¿Y tienen alguna preferencia en ese diseño?

—Estamos usando el diseño tipo australiano, de parcelas largas con riegos con alto caudal. El alto caudal ayuda a ser más eficiente en el uso del agua: permite que la lámina de agua se quede próxima a las raíces, aproximadamente hasta 1,5 metros de profundidad, mientras que, si el riego es lento, el agua se infiltra demasiado profundo (percolación profunda) y no se aprovecha. Queremos poner el suelo en “capacidad de campo”, reteniendo el agua justa.

Tiempo, dinero y conocimiento

—¿Cuánto dinero lleva desarrollar un suelo?

—Bueno, es muy amplio; depende de qué movimiento de suelo se haga y demás. Si el riego es con pivote, está la inversión de la máquina en sí, y luego hay que ver de dónde se provee la energía, si el campo tiene energía eléctrica o no. Nosotros tuvimos que hacer una inversión en ese sentido; por suerte no fue tanta. Así que es un poco un traje a medida. Pero, a grosso modo, una franja de aproximación puede estar entre 3.500 y 4.500 dólares por hectárea.

—¿Bastante más que el precio de la hectárea en sí?

—Sí. Hoy, la verdad, no sé cómo está el mercado inmobiliario; depende de la zona también. Pero que hay una tendencia alcista, sin duda. Estoy recibiendo muchas consultas y muchas visitas también de gente muy interesada en venir a invertir en la zona que busca asesoramiento en ese sentido.

—¿Hace falta una gran espalda como para financiar varios años de inversión sin producir?

—La ganadería ayuda bastante a tener algún ingreso, por lo menos transformando ese poco pasto que se produce en carne. Si se piensa en un proyecto 100 % agrícola, quizás sí hay años en los que no se va a cosechar mucho. Depende de cuál es el objetivo de cada empresa que venga a invertir, cómo se encara. Nosotros nunca hicimos 100 % agricultura. En nuestro caso, todo lo que se produce se transforma en carne. Creo que esa integración vertical es lo que tenemos que hacer acá en la región; por las distancias, el flete quita rentabilidad, entonces hay que transformar en carne o leche y demás.

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El productor Nicolás García es tercera generación de un emprendimiento que iniciaron sus abuelos, Manuel García y Dolores Parra.

—¿Cuánto tiempo lleva lograr en ese suelo un cultivo como maíz?

—Sería imprudente decir un número fijo, porque en realidad depende mucho del tipo de suelo. El valle es muy heterogéneo por su origen aluvional. Hay suelos que arrancan muy rápido, que quizás al tercer año ya permiten hacer un cultivo exigente como maíz, y hay otros que requieren un ciclo de pasturas que toleran una situación salina inicial. Los suelos sódicos son los más complejos: hay que lavar esos sodios, bajar el pH… Las complicaciones químicas pueden demorar y quizá recién en el sexto año se pueda hacer maíz. Pero también pasa que en algunas hectáreas sembrás pensando que no va a crecer nada y después empieza el lavado de sales y al otro año ya nace algo. O sea, es muy variable.

—¿Ustedes tuvieron los dos tipos de suelos?

—Tenemos de los dos, porque ocupamos el ancho del valle del lado sur; nuestro campo es el último del Alto Valle y pasamos por todos los ambientes. Para cada situación hay un manejo, una recomendación. Eso también lo fuimos aprendiendo con el tiempo. Se aplica mucha agronomía para ver qué hacer en cada sector.

—¿Cometieron errores “dolorosos”?

—Claro. Pero todos estos años que hemos transitado, con algunas macanas en el medio —como nivelar zonas para luego descubrir que abajo había canto rodado, con lo que resulta improductivo—, nos han llevado a un aprendizaje acelerado. Hoy ya contamos con el know-how para poder hacer un trabajo eficiente: sabemos dónde intervenir y dónde no. Me encanta usar esta tecnología para el diseño de las parcelas; disfruto mucho hacerlo. Y trabajamos con un equipo bastante interdisciplinario, con el aporte de mi papá y de mis tíos, de la gente que está a cargo en la operativa del día a día; cada uno pone su impronta.

No es “vengo, desarrollo el suelo y a la siguiente campaña estoy produciendo un maíz de punta”. Es erróneo pensarlo de esa manera. Hay que desarrollar la biología del suelo, la estructura se tiene que armar nuevamente; es decir, hay un proceso que transitar sí o sí. Y ahí la ganadería viene a ocupar un rol importante: el hecho de empezar con pasturas, que hacen un trabajo espectacular en estructurar el suelo y empezar a darle fertilidad. Por eso tenemos que ser muy buenos, primero nivelando y desarrollando suelo, después produciendo forraje y luego transformando ese forraje en carne. Son trabajos distintos que requieren distintos conocimientos, y hay que ser muy bueno en todos.

Crecer en riego y energía

—¿Piensan incrementar la superficie irrigada este año?

—Sí, queremos expandir el área bajo riego de las 700 hectáreas actuales a las 3.000 que pueden regarse, pero no en lo inmediato. Siempre vamos paso a paso, sobre seguro, sin locuras, así como fue la construcción de la empresa de camiones. Por ahora estamos en proceso de incorporarnos al Consorcio de Riego de Valle Azul para acceder al agua por vía gravitacional desde una bocatoma que hasta ahora no nos está llegando, y con eso reducir el gasto de energía vía bombeo. Eso nos estimula a seguir expandiendo el área bajo riego, que se traduce en producir más forraje y más carne.

Por otro lado, estamos analizando las implicancias del RIMI para la inversión en riego, así como unas líneas de crédito de la CFI y la provincia de Río Negro, que pueden llegar a ser interesantes. Quizás esto permita acelerar un poco más el ritmo de expansión que veníamos llevando. Creo que en los próximos meses, mediante dos pivotes, podríamos estar ampliando cerca de un 22 % nuestra área bajo riego, unas 160 hectáreas más.

—¿Cuánta energía les proporciona el parque de paneles solares?

—Nuestro parque solar por ahora es chico, pero hicimos todo el trámite y somos usuarios generadores: tenemos un medidor bidireccional que nos permite, cuando sobra energía, inyectarla a la red, y cuando nos falta, tomarla de la red. Hoy son 200 paneles, con 73 kW de potencia instalada. Nos cubre bastante de nuestra demanda de energía; no lo tengo con precisión, pero cuando hicimos las cuentas era aproximadamente el 18 %. Queremos ir haciéndolo crecer.

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Tecnología, planificación y genética: los pilares de un modelo productivo en expansión.

—¿Qué cultivos producen hoy?

—Hoy producimos pasturas base alfalfa combinadas con algunas gramíneas como festucas, cebadillas y raygrass, como para dar una base forrajera fuerte que sostenga la ganadería. Además, ya en cerca del 20 % de la superficie hacemos maíz, con destino principalmente a silaje de planta entera. Una vez que cosechamos y picamos el maíz —lo que ocurre en marzo—, podemos sembrar sobre esa misma hectárea un verdeo de invierno; por ejemplo, una avena con vicia, que es un cultivo de servicio, pero que lo pastoreamos: también nos sirve como recurso forrajero durante el invierno.

Y después, la remolacha forrajera también entró hace ya un tiempo en nuestro esquema de producción de carne, en una época que a nosotros nos interesa mucho tener forraje, que es en abril: ahí los animales entran a pastorear la remolacha, que se sembró en septiembre. Ya forma parte de nuestra rotación en un 10 %; es espectacular y, al ir directamente los animales a comerla, nos reduce la mecanización y el consumo de combustible.

Ganadería y carne

—En esta integración vertical, ¿cómo es la parte ganadera y cómo se proyecta?

—Hoy tenemos unas 1.300 madres y 2.000 animales en recría y terminación, porque compramos invernada de otros campos. El 90 % del ciclo de vida de nuestros animales es pastoril. Solo les damos un “toquecito” final en nuestro feedlot, que tiene capacidad para 1.200 cabezas simultáneas, para lograr el engrasamiento óptimo y la terneza necesaria.

Ahora estamos haciendo una gran retención de vientres; queremos potenciar mucho nuestro rodeo de cría. Ya arrancamos en diciembre del año pasado con algo que es nuevo para nosotros: la inseminación en todo el rodeo general, para tener un avance genético bastante más acelerado; utilizamos genética de punta, que se traducirá en mayor calidad de carne, con Aberdeen Angus negro.

Por otro lado, queremos hacer carne más pastoril, quizá explorar una veta de carne generada 100 % a pasto, así como el tema de la exportación.

—¿Piensan armar una marca de carne?

—No está en lo inmediato, pero mucha gente nos está consultando dónde puede conseguir nuestra carne, dónde puede comerla; tanto seguidores que tenemos en Instagram como en el boca a boca nos buscan de esa manera. Entonces puede ser interesante también. Así que una marca es algo que puede estar en carpeta en algún momento.

—Todo esto te da satisfacción más allá del negocio, ¿no?

—Me conmueve mucho pensar en cómo se armó este valle, con los antiguos pobladores que hicieron chacras; es como que nosotros estamos en esa misma situación ahora, con otras herramientas, con tecnología actual que nos facilita muchísimo todo, pero en el mismo proceso: haciendo chacras. Eso nos tracciona mucho: crear vida creando suelo, transformando un suelo muy pobre, muy inerte, con baja productividad, en algo muy productivo, que genera valor: más fotosíntesis por metro cuadrado, más cultivos, más carne y también más cobertura, algo favorable para el ambiente por la captura de carbono.

Y, además del impacto productivo y ambiental, está el social: hoy en Don Manuel hay un equipo de 26 personas, y mucho mayor es el ecosistema que se genera alrededor; tenemos más de 800 proveedores.