Tanto fue así que el gran crecimiento agrícola de los '90, cuando se duplicaron los volúmenes de granos, que llevaron al desarrollo de una fuerte capacidad instalada industrial (en especial para oleaginosas) y de puertos, nunca se llegó a utilizar totalmente, al frenarse, y hasta revertirse, la tendencia.
Es que las plantas de los '90 fueron proyectadas para una soja de 70 millones de toneladas que apenas llegó a los 60 millones en su pico, para comenzar a declinar luego hasta menos de 50 millones, lo que obligó no solo a las admisiones temporarias de porotos desde Paraguay, sino también a importar soja desde Brasil para achicar la costosa capacidad ociosa industrial.
El caso ganadero fue más grave aún, pues al estancamiento de la actividad, con muy bajos índices de producción (preñez, marcación, destetes, peso de faena, etc.), se le debió sumar, especialmente en los últimos 20 años, la pérdida de unos 11 millones de cabezas (casi el rodeo uruguayo) para “sostener la mesa de los argentinos”, que nunca se recuperaron totalmente.
Pareciera que el arranque del siglo XXI significó un momento de quiebre en el que la Argentina abandonó la tendencia productiva creciente que traía, y frenó o retrocedió en su desarrollo, despegándose al mismo tiempo de sus vecinos y socios, que hicieron, en estos últimos 20 años, su gran consolidación, con independencia del signo político que tuvieran en cada momento.
De hecho, todos los socios del Mercosur comenzaron o aumentaron sus exportaciones, liderados por Brasil, que llegó a convertirse en ese lapso en uno de los primeros productores y exportadores de alimentos del mundo.
Se pueden ensayar muchos argumentos, y cantidad de cuestiones que desembocaron en esos resultados: que las retenciones, que las manipulaciones de los mercados, que el cierre de las exportaciones, que los embates sobre la propiedad privada, que el manoseo del dólar y la poca transparencia del tipo de cambio, etc., etc., etc.; todos reales, casi tanto como la situación actual, cuando los mercados demandan y la Argentina no tiene para vender.
Lo cierto es que habrá que asumir también alguna autocrítica para reconocer que el productor, en buena medida, termina perdiendo tranqueras afuera lo que gana tranqueras adentro.
Abulia, escasa participación en lo colectivo, indiferencia por las novedades, conformismo con los resultados mediocres, regular elección de sus dirigentes, falta de compromiso con las entidades, nula inquietud por la vida pública y su control, incluyendo el Congreso, etc., son algunas de las cuestiones que llevaron a la situación actual.
Y, como “la única verdad es la realidad”, Argentina se encuentra hoy con récord de producción agrícola que no puede transportar por falta de caminos, ni puede guardar por escasez de silos e instalaciones adecuadas, excepto en “bolsas” o chorizos, que fueron concebidos solo como una solución transitoria y no permanente.
La Hidrovía está a menos de media marcha, casi no hay trenes, faltan caminos y hasta muchos de los accesos a puertos ni siquiera están pavimentados. ¿Cuánto cuestan estos déficits?
Cuando la demanda existe, pero falta producción
Otro ejemplo de los muchos que hay es la creciente demanda mundial por carne vacuna, con cotizaciones muy sostenidas debido a los problemas de abastecimiento que enfrentan varios de los países competidores, comenzando por el propio Brasil que no solo ya cubrió la totalidad de su cuota a China, sino que también tiene objeciones de parte de la Unión Europea por trazas de anabólicos y otras sustancias en sus envíos.
También Uruguay enfrenta lo suyo, mientras que el otro gran exportador, Australia, ya cumplió adelantadamente con sus tonelajes de exportación. Todo apunta a tensar el mercado.
ganadería carne uruguay
La demanda mundial de carne crece y los competidores tienen dificultades, pero años de estancamiento dejaron a Argentina sin capacidad de respuesta.
Y Argentina está sola frente al arco. Los defensores contrarios quedaron atrás y..., ¡no hay pelota! El país no puede exportar más, porque “no tiene” más, excepto que la población deje de comer otros 5-10 kilos por persona y por año, lo que resultaría en 300.000-500.000 toneladas adicionales para el exterior.
Y podría pasar; sin embargo, no es esa la lógica, en especial considerando que la demanda interna ya bajó casi un 50 % respecto de la media histórica de 85-90 kilos, y que la ingesta de “carnes” sigue estando entre las más altas del mundo, con más de 110 kilos por persona y por año.
Mientras, algunos se enojan porque el país también aumenta las “importaciones” (se proyectan unas 120.000 toneladas en el año, el doble que en 2025), lo cual no es malo, excepto que se deba a daños autoinfligidos.
Pero hay otros ejemplos menos conocidos, pero casi más alarmantes. Por ejemplo, la majada ovina, que de más de 70 millones de cabezas ahora apenas ronda los 12 millones, con exportaciones casi inexistentes, a pesar de que el precio internacional promedio para los ovinos se ubica incluso por encima del vacuno, con más de U$S 6.000 la toneladas, y hasta récords superiores a los U$S 8.000 (como este año).
Ni hablar del consumo interno, donde apenas se llega a 0,5 kg por persona, el más bajo de todas las carnes, incluyendo la de pescado. ¿Por qué?
Tampoco hay demasiada explicación para el mal resultado de la barrera sanitaria patagónica, armada hace más de 20 años para preservar la posibilidad exportadora de una zona naturalmente libre de aftosa (por el clima), pero que desde entonces no solo no supo o pudo avanzar (hacia el norte) en su ubicación geográfica, sino que, tal como publicó +P el 10 de junio, apenas exporta algo más de 1.000 toneladas anuales, que representan solo el 3,8 % de su producción anual de carne (que además es baja), con una “llamativa” caída en el último quinquenio, a pesar de tener áreas con riego, otras con alfalfa y subproductos muy aptos para los engordes, como los orujos y otros restos de la fruticultura.
Lamentablemente, no son las únicas pérdidas ni desaprovechamientos inexplicables de un país que, sin duda, tiene una historia de errores de política económica y de oposición a la producción agropecuaria inocultables; pero que también fueron posibles debido a la indiferencia de muchos, a la falta de interés de otros tantos y a la comodidad de poder cazar en el zoológico, con mercados cautivos y economías cerradas que no hacían necesario competir, de una gran mayoría.