Claro, hay que reconocer que no hay demasiada experiencia al respecto, ya que, excepto en los ‘90, cada vez que un producto sensible de la canasta básica como la carne amenazaba el índice de precios (más conocido como inflación), inmediatamente el gobierno de turno intervenía con vedas, precios máximos, cierre de exportaciones, controles y toda la batería de medidas explícitas, y no tanto, con que cuenta siempre el poder máximo.
Hasta ahora, en el caso de la carne vacuna, tal cosa no ocurrió, y se espera que en un “gobierno libertario” tampoco llegue a ocurrir, pues es una de las pocas formas de comenzar una recuperación estructural que tiene esta actividad, una de las más representativas de la agroindustria, tanto dentro como fuera del país.
Pero la mano cambió: en febrero-marzo comenzó finalmente a llover con regularidad creciente, los campos empezaron a recuperarse, fue disminuyendo la necesidad de liquidación forzada, lo que provocó menor oferta y, simultáneamente, se inició una lenta recuperación del poder de compra de los salarios, presionando a una mayor demanda, que ahora se ubica en unos 48 kilos por habitante por año, tendencia que se calcula se mantendrá, al menos, hasta después de las elecciones de octubre.
También, la baja relativa en los precios de los granos permitió mejorar la ecuación del encierre a corral, lo que, junto con la significativa disminución de la oferta de terneros —que se estimó en cerca de 600.000 en los últimos ciclos (por sequía, desnutrición, etc.)—, contribuyó a “entonar” más toda la cadena. De tal forma, ahora los feedlots vuelven a acercarse a los niveles de encierre de mediados del año pasado, alentados, obviamente, por los precios domésticos de la hacienda en pie que, según Informe Ganadero, se ubican 21 % por encima del promedio histórico. Natural, si se considera la baja significativa del rodeo.
Sin embargo, no todas son flores y, a pesar de alguna recuperación del mercado internacional, la mora de China, sumada a la fuerte dependencia de Argentina de ese mercado, está complicando ahora a los exportadores. La pregunta que muchos se hacen es si el problema es solo el alto precio de la hacienda o el nivel del dólar, que sigue erosionando la competitividad de las ventas al exterior (y no solo de la carne), al poner la compra de la hacienda demasiado alta en dólares, mientras que la exportación genera menores ingresos en pesos.
Como si fuera poco, la industria regular debe seguir compitiendo con un circuito que de “regular” no tiene mucho, más de una vez alentado por los propios gobernadores e intendentes.
Por supuesto que estas asimetrías dentro de la propia cadena son indeseables y se debería tender a eliminarlas, ya que no sirven para fortalecer ni el circuito productivo ni el comercial. Y, de la misma forma en que se sabía que a mediano y largo plazo la falta de precio de la hacienda iba a desembocar en faltantes de oferta que, en un primer momento, tienden a fortalecer los precios pero que luego, de no permitirse la recuperación, llevan a la desaparición de la actividad (recordar los largos períodos en que la hacienda llegó a pagarse U$S 0,70 o menos por kilo en pie, y que terminaron desembocando en los faltantes actuales), ahora las complicaciones de la exportación tampoco son buenas.
Para la cadena de la carne, fueron tan nocivos los malos precios para los criadores e invernadores como los actuales resultados negativos para la exportación.
No hay que olvidar que “una cadena termina teniendo la fortaleza de su eslabón más débil”.