{# #} {# #}

ver más

La plaga de langostas que devastó la Pampa argentina a lo largo de los siglos

Cómo fueron los días en que millones de langostas paralizaron los campos de la Argentina y obligaron al Estado a crear su primer sistema de defensa sanitaria.

A la luz de una linterna, un viejo relato rural en las Pampas de la Argentina suena más o menos así: “Se sentía primero un ruido como de tren, y luego el día se apagaba. Era como si alguien corriera una cortina gigante y, cuando bajó, todo lo verde ya no estaba.” La imagen es poderosa, casi cinematográfica: millones de langostas —Schistocerca cancellata— en vuelo compacto, formando mangas que durante siglos cruzaron y azotaron la pampa, el norte y, a su modo, la Patagonia. Esa experiencia —entre mito, memoria y desastre económico— es el hilo que atraviesa la larga historia de la langosta en la Argentina.

Una plaga con genealogía histórica

La presencia documentada de daños por langostas en el territorio que hoy es Argentina se remonta —según las crónicas— a 1538, apenas unas décadas después de la fundación de Buenos Aires, cuando invasiones destruyeron cultivos de mandioca y otros alimentos básicos. Desde entonces, episodios recurrentes marcaron el calendario rural: crisis que solapaban temporadas enteras de cosecha y vaciaban bodegas. Este patrón cíclico explica por qué la langosta fue la gran causante del nacimiento de las primeras políticas públicas de sanidad vegetal en el país.

Pero no fue un único episodio: el Siglo XIX exhibe varios picos que quedaron grabados en la memoria popular. Entre 1879 y 1886 ocurrió una de las invasiones más extensas, seguida por focos severos en 1897 y 1907, episodios que obligaron a pensar la plaga como un problema nacional y no meramente local. La consistencia en la recurrencia convirtió a la langosta en un “problema de Estado”.

Del sacrificio comunitario a la institucionalización estatal

Antes de la intervención organizada del Estado, las respuestas eran comunitarias y en muchos casos desesperadas: vecinos cavando zanjas, hogueras, recolecciones masivas y, sobre todo, una sensación de impotencia colectiva. La necesidad transformó aquellas prácticas en políticas: en 1891 se sancionó la Ley Nº 2792 y nació la Comisión Nacional de Extinción de la Langosta, germen del actual Programa Nacional de Langostas y Tucuras del SENASA —el programa de sanidad vegetal más antiguo del país—. La institucionalización intentó poner técnicas, recursos y logística en algo que hasta entonces se enfrentaba con manos y plegarias.

Langostas y tucuras 7

El Estado instruyó a los empleados de vialidad en el uso de lanzallamas para combatir a la langosta. (Foto de agosto 1932).

Con el correr de las décadas, las tácticas evolucionaron. En la década de 1930 aparecieron herramientas “industrializadas” en escala local: los lanzallamas fabricados en talleres de pueblos como Las Parejas, provincia de Santa Fe —el famoso modelo Barbano— se convirtieron en emblemas de una lucha de fuego contra fuego. Eran soluciones locales, artesanales y violentas: quemar las saltonas y criar líneas de defensa mecánica para frenar la formación de mangas.

Ciencia y control moderno: el quiebre de mitad de siglo

La segunda mitad del siglo XX marcó un punto de inflexión. Con mejor monitoreo, desarrollo de agroquímicos específicos, coordinación interprovincial y la profesionalización de servicios técnicos, la Argentina logró contener la formación de mangas masivas. Desde los años 50 la plaga dejó de ser una amenaza nacional omnipresente: el trabajo de control y la vigilancia rindieron frutos, aunque no erradicaron al insecto. El problema pasó a un nivel de menor visibilidad, más técnico y preventivo.

Langostas y tucuras 6

Un peón trabaja en la construcción de las barreras para contener el avance de la langosta. (Foto: primavera de 1944)

Aun así, “controlar” no fue sinónimo de “eliminar”. La biología de Schistocerca cancellata —su capacidad de cambiar de fase solitaria a gregaria, densa y migratoria bajo condiciones ambientales favorables— hace que la plaga sea por definición un problema cíclico y fronterizo, con foco en el noroeste argentino y reservorios en países limítrofes. La literatura científica moderna subraya cómo la densidad poblacional y factores climáticos gatillan la transición a comportamientos de enjambre.

Los noventa años después: reapariciones y nuevas herramientas

La calma relativa se rompió nuevamente en el siglo XXI. Desde 2015 se observaron reactivaciones importantes en el norte argentino, con brotes en provincias como Santiago del Estero, Tucumán, Catamarca y Córdoba; en 2017 el SENASA declaró la Emergencia Fitosanitaria (Resolución N° 0438/2017) ante la expansión de focos que amenazaban zonas productivas. La combinación de sequías, temperaturas más cálidas en zonas de cría y otros factores climáticos favorecieron la reproducción y la formación de agrupamientos que, de no ser detectados a tiempo, pueden escalar con rapidez.

Langostas y tucuras 1

Una historia que va desde las mangas que oscurecían el cielo hasta la llegada de los aviones fumigadores, la herramienta aérea que cambió para siempre la lucha contra la langosta en Argentina. (Foto: verano de 1958).

Hoy la estrategia es eminentemente preventiva y multiescalar: vigilancia satelital y territorial, uso de pilotos aéreos para aplicación focalizada de productos biológicos y químicos autorizados, cooperación regional (FAO y países del Cono Sur), y relevamientos de campo para identificar oviposiciones y focos de ninfas antes de que alcancen la fase alada. La experiencia reciente muestra que la ciencia, la logística estatal y la cooperación internacional son la única barrera real contra la formación de mangas del tamaño histórico.

La Patagonia y la otra plaga: tucuras

No toda la historia de acrídidos en la Argentina se reduce a Schistocerca cancellata. La Patagonia lidia con su propia variedad de problemas: las tucuras patagónicas, entre ellas especies como la llamada “tucura sapo” (Bufonacris claraziana) y otras adaptadas al pastizal, que afectan forrajes y pasturas. Sus ataques no suelen presentar nubes en vuelo, pero sí una depredación masiva del recurso forrajero, golpeando la economía ovina regional y generando vulnerabilidad en cadenas productivas locales. Los aumentos poblacionales en Chubut, Río Negro y Santa Cruz en años recientes obligaron a declarar alertas y planes de manejo específicos.

La ciencia aplicada a la plaga —desde estudios sobre el umbral de densidad para la fase gregaria hasta modelos climáticos— advierte que los patrones de lluvias erráticos y temperaturas más cálidas pueden aumentar la frecuencia y potencia de los brotes. A eso se suma la dinámica del paisaje: el desmonte, el sobrepastoreo y la fragmentación reducen la resistencia de los ecosistemas y facilitan la formación de reservorios para la plaga. En términos prácticos: la misma infraestructura que hoy permite un control más eficaz puede verse desbordada si cambian las condiciones ambientales a gran escala.

¿Qué nos enseña la langosta hoy?

La langosta es una lección en tres claves. Primero: la naturaleza tiene memoria y ritmos propios; la intervención humana debe ser sostenida y coordinada. Segundo: la institucionalidad (leyes, servicios técnicos, laboratorios y cooperación regional) no es burocracia, es la primera línea de defensa de un sector productivo estratégico. Tercero: la tecnología moderna —desde sensores remotos hasta biocidas de aplicación dirigida— transforma la gestión, pero no sustituye la vigilancia territorial y la capacitación local.

langostas y tucuras 5

La historia olvidada de un fenómeno tan devastador como extraordinario, que transformó al país y dio origen a políticas agrícolas que aún perduran. (Foto: primavera de 1917).

En el registro rural, la langosta sigue siendo metáfora y amenaza: una metáfora de lo que puede devorar la complacencia y una amenaza latente para un país que, en su historia agrícola, ha aprendido a leer el cielo. Hoy, a diferencia de los relatos de antaño, la oscuridad que anuncian las mangas ya no es necesariamente apocalíptica: hay ciencia, protocolos y cooperación. Pero la memoria persiste, y con ella la advertencia: no bajar la guardia.

Fuente: SENASA (programa de Langostas y Tucuras; Resolución 0438/2017), publicaciones de INTA y CONICET sobre tucuras, revisiones científicas sobre Schistocerca cancellata (MDPI y artículos científicos), informes históricos y archivos de la Universidad Nacional de La Plata y museos provinciales sobre la historia de la plaga y las herramientas (p. ej. lanzallamas “Barbano”); aportes de la Redacción +P.