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Acuerdo EE.UU.-UE.: Von der Leyen evita guerra comercial, pero a un alto precio

Europa logró frenar una escalada arancelaria, pero el pacto firmado con EE.UU. generó críticas: “sumisión” y “rendición” fueron algunas de las reacciones.

"Un día sombrío", "sumisión", "rendición comercial", "un momento de alivio, pero no de celebración". Así han calificado altos líderes europeos el acuerdo comercial anunciado el domingo 27 de julio entre la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente de EE.UU., Donald Trump, tras una inusual cumbre bilateral celebrada en un complejo de golf de propiedad del mandatario estadounidense en Turnberry, Escocia.

El pacto establece un arancel base del 15 % para la mayoría de los bienes importados desde Europa hacia EE. UU., afectando sectores clave como la industria automotriz, los semiconductores y los productos farmacéuticos. Si bien representa una moderación frente a la amenaza previa de gravámenes del 30 %, la firma del acuerdo ha sido recibida con reacciones ambivalentes en el continente: desde la crítica abierta y la desilusión hasta una resignación pragmática frente a lo que muchos consideran un mal menor.

La presidenta Von der Leyen se embarcó en una carrera contrarreloj en las semanas previas, con múltiples contactos diplomáticos y una intensa ronda de negociaciones que, según fuentes comunitarias, buscaban evitar una guerra comercial total con Washington. El resultado: un acuerdo marco que reduce el alcance de las medidas unilaterales anunciadas por Trump en Truth Social y pospone, por ahora, una escalada arancelaria de mayor impacto.

El acuerdo aplica al 70 % de los productos europeos importados por EE. UU., fijando un arancel máximo del 15 % que no podrá acumularse con otros gravámenes existentes. En paralelo, se establecieron zonas de libre comercio en sectores estratégicos como la aeronáutica, algunos productos químicos y agrícolas, medicamentos genéricos, materias primas críticas y recursos naturales.

Además, la UE se comprometió a realizar compras por 750.000 millones de dólares en energía, tecnología militar y chips con inteligencia artificial a lo largo del mandato de Trump, así como a garantizar inversiones privadas europeas en suelo estadounidense por otros 600.000 millones de dólares.

"El acuerdo aporta estabilidad y abre la puerta a una colaboración estratégica", defendió el comisario europeo de Comercio, Maros Sefcovic, quien también dejó entrever futuras alianzas sectoriales, especialmente en el acero y el aluminio, donde se prevé una “alianza de los metales”.

Pese a evitar una confrontación directa, el acuerdo no ha sido bien recibido por economistas y sectores industriales. Jack Allen-Reynolds, economista jefe adjunto para la eurozona en Capital Economics, advirtió que el nuevo arancel del 15 % representa un aumento significativo frente al promedio del 1,2 % vigente en 2024, lo que podría reducir el PIB de la eurozona en un 0,5 %.

Para las empresas europeas, especialmente las exportadoras, la medida representa una pérdida de competitividad, mayores costes logísticos y una presión adicional en sus márgenes. En el mercado estadounidense, los consumidores también enfrentarán precios más altos, lo que podría reducir la demanda y afectar a las marcas europeas.

El mantenimiento del arancel del 50 % al acero y la ambigüedad en torno a los productos agrícolas y farmacéuticos añaden incertidumbre a un pacto que, si bien da oxígeno temporal, no cierra por completo las heridas del comercio transatlántico.

Críticas políticas: de la "sumisión" al "mal necesario"

En Francia, las reacciones han sido especialmente duras. El primer ministro François Bayrou calificó el pacto como un “día negro” y una muestra de “sumisión” ante Washington. Jordan Bardella, líder del partido ultraderechista Agrupación Nacional, fue más allá al denunciar “la rendición comercial de Europa”, mientras que el eurodiputado Pieyre-Alexandre Anglade acusó a la Comisión Europea de haber cedido terreno sin haber construido “una dinámica de poder” para defender los intereses del bloque.

En España, el presidente Pedro Sánchez ofreció un respaldo sin entusiasmo. “Valoro el esfuerzo negociador, pero no puedo celebrar este acuerdo”, afirmó desde Madrid.

La canciller alemana, cuyos sectores automotrices y tecnológicos son los más afectados, evitó declaraciones públicas directas, pero desde la industria automovilística germana se advirtió sobre la “pérdida de competitividad estructural” ante países terceros.

Desde Italia, la primera ministra Giorgia Meloni optó por la cautela: “Si bien el 15 % puede ser sostenible si reemplaza tarifas previas, hay que estudiar el detalle del texto. No es jurídicamente vinculante”, dijo, recordando que aún quedan sectores por negociar.

Sanchez Pedro

“Valoro el esfuerzo negociador, pero no puedo celebrar este acuerdo”, afirmó desde Madrid Pedro Sánchez.

Bart De Wever, primer ministro de Bélgica, resumió el sentir general: “Este es un momento de alivio, pero no de celebración. Muchas preguntas siguen abiertas”. Una postura similar adoptó Países Bajos, cuyo primer ministro en funciones, Dick Schoof, urgió a completar el acuerdo “lo antes posible”, reconociendo que “trae claridad, aunque no el escenario ideal”.

¿Victoria diplomática o derrota táctica?

Para Von der Leyen, quien lideró en solitario las negociaciones, el acuerdo representa un delicado acto de equilibrio. Al evitar una guerra comercial y garantizar el acceso al mercado estadounidense, cumplió con su objetivo principal. Sin embargo, el precio político ha sido elevado, y ha expuesto las limitaciones de la Comisión Europea para imponer una posición firme frente a Washington en tiempos de tensión.

La presidenta de la Comisión insistió en que el pacto era “lo mejor que podíamos hacer” bajo las circunstancias, mientras recordaba que aún quedan aspectos por negociar y que las represalias europeas —aunque no detalladas públicamente— estaban listas para ser activadas si Trump no cedía.

El acuerdo Trump–Von der Leyen ha frenado —por ahora— una espiral de sanciones comerciales que amenazaba con desestabilizar aún más a la economía global. No obstante, no resuelve de fondo la relación desigual entre EE. UU. y la UE en el ámbito comercial, ni garantiza que futuros roces no deriven en nuevos conflictos.

A la espera de detalles concretos y la evolución de las negociaciones pendientes, el pacto se percibe como una tregua incierta: una pausa momentánea en una guerra comercial latente. Y, como dijo Bart De Wever, “no hay nada que celebrar cuando la estabilidad económica depende de la voluntad de un solo hombre”.

Fuente: Agencias de noticias.