ver más

Chau soja: El plan de China para sustituir proteína en la alimentación de los cerdos

China importa el 80% de la soja que consume. Ahora quiere cortarla a la mitad, y lo hace con salvado, tallos de calabaza y fermentación.

En los márgenes de una granja porcina sobre las llanuras aluviales de Taizhou —a dos horas en auto al noroeste de Shanghái— dos estanques de apenas cuatro metros de lado concentran una posible respuesta a uno de los problemas estratégicos más urgentes de China: reducir a la mitad el uso de soja en la alimentación animal.

En esas piletas se mezclan insumos locales más económicos —salvado, tallos de calabaza, restos de vino— que luego fermentan de manera similar al yogur. El proceso descompone las proteínas, mejora su digestión y reduce la necesidad de importar un insumo del que el gigante asiático depende en un 80% de fuentes externas.

Una estrategia geopolítica disfrazada de política agropecuaria

El impulso oficial a estas alternativas se intensificó en marzo de 2025, en paralelo con el recrudecimiento de las tensiones comerciales con Estados Unidos durante el segundo mandato de Donald Trump. En ese contexto, la soja dejó de ser solo un insumo agrícola para convertirse en una pieza clave dentro de la disputa bilateral.

La analista Fu Zhenzhen lo describió con claridad: "El principal objetivo de la política nacional hoy es reducir el uso de harina de soja. La guerra comercial con Estados Unidos es el motivo más directo detrás de esta decisión, y la fermentación aparece como una herramienta central para alcanzarlo."

La lógica replica, en el plano agropecuario, el enfoque que Pekín aplica en sectores como los microchips o la inteligencia artificial: fortalecer capacidades propias frente a las restricciones externas. De acuerdo con relevamientos entre productores, investigadores y referentes del sector, China avanza más rápido de lo previsto tanto en la adopción de nuevas tecnologías como en la promoción de piensos fermentados a escala industrial.

Los números que explican la urgencia

China es el principal comprador global de soja. En 2024 importó esta oleaginosa por un valor de 52.700 millones de dólares, de los cuales 12.000 millones correspondieron a compras a Estados Unidos. Ese mismo año, los envíos totales crecieron un 6,5% y alcanzaron un récord de 111,8 millones de toneladas.

cerdos carne estados unidos pexels-barbara-barbosa-4636976

China importó 111,8 millones de toneladas de soja en 2024, un récord histórico que ahora busca revertir con tecnología propia.

Frente a esa exposición, el avance de los piensos fermentados es significativo: ya representan el 8% del total industrial, frente al 3% registrado en 2022. Las proyecciones indican que podrían alcanzar el 15% hacia 2030, lo que permitiría reducir las importaciones de soja en más de un 6%. En términos absolutos, eso equivale a una caída de varios millones de toneladas anuales en las compras externas.

Una transición compleja: moho, costos e inversión

La transición no está exenta de obstáculos. Las grandes explotaciones porcinas concentran una porción significativa de la producción nacional —clave en un país donde la carne de cerdo es un alimento básico—, pero el cambio de sistema exige inversiones considerables y ajustes técnicos complejos. Muchos productores enfrentaron problemas iniciales, como la aparición de moho en los alimentos fermentados, lo que generó pérdidas y, en algunos casos, el abandono del sistema.

Para mitigar ese riesgo, el gobierno despliega incentivos a lo largo de toda la cadena productiva. Grandes compañías del sector ya lograron reducir el uso de harina de soja mediante aminoácidos sintéticos o nuevas fuentes proteicas fermentadas. Incluso empresas extranjeras comenzaron a invertir en estas tecnologías, en un mercado que crece a ritmo acelerado y se acerca en volumen al europeo.

El interrogante que queda abierto: ¿calidad o costo?

Pese al avance, persisten preguntas sin respuesta. Especialistas advierten que la falta de estandarización en los procesos de fermentación puede afectar el crecimiento de los animales y su resistencia a enfermedades. A eso se suma una tensión de fondo: mientras el gobierno prioriza la reducción de costos y la autonomía estratégica, algunos expertos sostienen que el verdadero desafío será equilibrar esa meta con la salud animal y las expectativas de los consumidores en términos de sabor y calidad de la carne.

En el fondo, la granja de Taizhou no es solo un experimento agropecuario. Es un termómetro de hasta dónde está dispuesto a llegar China para reducir su dependencia de Washington —y, de paso, reconfigurar uno de los mercados de commodities más grandes del mundo.

Fuentes: Ambito con aportes de Redacción +P