Pese a la gravedad del anuncio, Del Monte no cesará sus operaciones de inmediato. Como parte del proceso de reestructuración, la empresa ha alcanzado un acuerdo de apoyo (RSA, por sus siglas en inglés) con sus prestamistas y aseguró un financiamiento por 912.5 millones de dólares. Este respaldo financiero permitirá que la empresa continúe operando mientras se lleva a cabo la venta de activos.
Según la documentación presentada ante el tribunal, Del Monte estima que sus activos y pasivos se encuentran en un rango de entre 1.000 millones y 10.000 millones de dólares. Aunque la empresa no ha especificado un calendario para la venta, indicó que priorizará la oferta “más alta o mejor” para maximizar el valor de sus activos, lo que sugiere una venta potencial de “todos o sustancialmente todos” sus bienes.
Del Monte Foods, propiedad de la singapurense Del Monte Pacific, también fue demandada el año pasado por un grupo de prestamistas que se oponían al plan de reestructuración de deuda de la compañía. El caso se resolvió en mayo con un préstamo que incrementó los gastos por intereses de Del Monte en 4 millones de dólares anuales, según un comunicado de la compañía.
Una industria en transformación
La situación de Del Monte no es aislada. Según datos de la firma especializada Debtwire, la compañía es la cuarta del sector de alimentos y bebidas en acogerse al Capítulo 11 en lo que va de 2025. El dato refleja una tendencia preocupante: la dificultad de muchas marcas tradicionales para adaptarse a los cambios en el comportamiento del consumidor y las nuevas exigencias del mercado. “En general, Del Monte afirma que la demanda del consumidor ha disminuido, lo que ha generado mayores costos relacionados con el exceso de inventario que ha debido almacenar y mover de los estantes mediante promociones más agresivas”, explicó Sarah Foss, directora global del área legal y de reestructuración en Debtwire, en declaraciones enviadas a CBS MoneyWatch.
El alejamiento del consumidor de los alimentos enlatados, percibidos como menos saludables frente a las alternativas frescas o mínimamente procesadas, ha impactado duramente a la compañía. Esta transformación cultural en la alimentación ha debilitado un modelo de negocio que, durante décadas, dependió de la estabilidad en la distribución y una demanda constante de productos con larga vida útil.
Del Monte ya había comenzado a tomar medidas para contener la crisis en 2024, según información de Bloomberg. La empresa implementó despidos, recortes operativos y un proceso inicial de reorganización de deuda. No obstante, estas acciones resultaron insuficientes frente a los crecientes desafíos estructurales.
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Fines de 1890. La fábrica de Del monte totalmente equipada y en pleno desarrollo, en San Francisco, Estados Unidos.
Los inventarios acumulados, el uso intensivo de promociones para liquidar productos y las dificultades para innovar dentro de su portafolio llevaron a la empresa a una situación insostenible. La declaración de bancarrota se convierte así en una herramienta legal para reconfigurar su estructura financiera y operacional en busca de una solución definitiva.
En su solicitud, la compañía explicó que sus problemas comenzaron hace unos dos años: cada verano, toma decisiones cruciales sobre la cantidad de alimentos que cree que puede vender durante el año siguiente y se compromete a comprar esa cantidad. Creía que vería una mayor demanda de los consumidores en 2024, basándose en años anteriores, y por lo tanto se comprometió a una alta producción durante lo que denomina su temporada de empaque. Pero no fue así: la demanda de los consumidores disminuyó, lo que dejó a Del Monte con un exceso de inventario. Para venderlo, Del Monte recurrió a costosas promociones, y también enfrentó mayores costos para almacenar todo ese inventario.
“El fuerte aumento de las tasas de interés en 2023 y 2024 incrementó el gasto anual en intereses en efectivo de la compañía a aproximadamente 125 millones de dólares, lo que supera considerablemente el EBITDA anual proyectado actualmente”, escribió la compañía en su declaración de quiebra. Ante la inminente crisis de liquidez, ha solicitado autorización para pagar aproximadamente US$102 millones a sus proveedores, mientras trabaja para renegociar su deuda con los prestamistas y, potencialmente, vender algunos de sus activos.
El ocaso de un ícono
Fundada en 1886, Del Monte Foods fue durante mucho tiempo sinónimo de alimentos en conserva en Estados Unidos. Su presencia en los hogares estadounidenses atravesó generaciones, con productos emblemáticos como frutas en almíbar, vegetales mixtos y sopas enlatadas. La caída de esta compañía representa no solo una crisis empresarial, sino también un hito simbólico para una industria que experimenta una transformación profunda.
En el actual contexto, los consumidores exigen más frescura, sostenibilidad y transparencia en los alimentos que compran. Las marcas que no logren adaptarse a estas nuevas demandas corren el riesgo de desaparecer o ser absorbidas por actores más ágiles.
Mientras Del Monte Foods atraviesa su proceso judicial y busca un comprador que le dé continuidad o reinvente su legado, la historia de su bancarrota sirve como advertencia para otras compañías que aún dependen de modelos de negocio anclados en el pasado. El mercado alimentario ha cambiado, y con él, la forma en que se construyen —y se desmoronan— los imperios del consumo.
Fuente: Infobae, Agencias internacionales y aportes de la Redacción +P.