El diagnóstico que circula hoy es más duro que semanas atrás. Ya no alcanza con prometer una baja de la inflación o mantener la disciplina fiscal. El problema es otro: el modelo no está logrando traducir esos avances en actividad, empleo ni mejora del ingreso. Y lo más delicado es que, según el propio gobierno, no habrá cambios de rumbo.
El presidente Javier Milei fue categórico: “de acá no me voy a mover”. Esa definición, que en otro contexto podría haber reforzado la confianza, hoy genera el efecto contrario en parte del mercado. Porque lo que se está discutiendo no es la necesidad de orden macro —en lo que hay consenso— sino la ausencia de herramientas para destrabar la micro.
El concepto de “dos velocidades” ya quedó antiguo. Lo que describe mejor la situación actual es una economía dual, pero desbalanceada: un núcleo que funciona y otro que directamente no arranca. El bloque dinámico está claro: energía, agro, minería e intermediación financiera. Son los sectores que generan dólares y sostienen la estabilidad. Pero incluso ahí aparecen tensiones: rentabilidad ajustada en el campo, morosidad creciente en los bancos.
Del otro lado, el panorama es más crítico. Industria, construcción y comercio —los grandes generadores de empleo— siguen en modo espera. Y no se trata de una pausa coyuntural. Empieza a parecer una condición estructural del modelo. Esto es lo que inquieta al mercado: la economía puede estabilizarse sin reactivarse. Y esa combinación, en Argentina, tiene antecedentes problemáticos.
El núcleo de la discusión es incómodo porque cuestiona el corazón del programa. La ortodoxia fiscal y monetaria permitió ordenar variables clave, pero no alcanza para generar crecimiento inclusivo.
En las mesas financieras se repite una idea: faltan “pinceladas heterodoxas”. No como un cambio de régimen, sino como ajustes tácticos para activar sectores rezagados. Cirugía menor. Pero esas herramientas no están en el radar del gobierno. Y ahí aparece la tensión.
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La economía genera dólares, pero no logra traducirlos en mejora del consumo ni del empleo.
Porque lo que el mercado empieza a demandar no es populismo económico, sino pragmatismo. Medidas específicas para destrabar crédito, incentivar inversión productiva y mejorar ingresos sin romper el equilibrio fiscal. El problema es que el programa actual no contempla esos matices. Y sin ellos, el derrame no ocurre. Hay ansiedad en el mercado y esta claro que tampoco le podemos pedir al Gobierno que en dos años arregle los problemas de ocho décadas que arrastra la Argentina.
Pero hay un punto donde el modelo económico se juega algo más que su consistencia técnica: su legitimidad social. Los beneficios de la estabilidad no pueden quedar confinados a los sectores exportadores o financieros; necesariamente deben llegar a los conurbanos de las grandes ciudades del país, donde se concentra cerca del 70% de la población.
Y es allí donde se define el pulso real de la economía, con empleo intensivo y salarios que permitan sostener condiciones de vida dignas. Hoy, sin embargo, esa masa crítica sigue al margen: no ve mejoras en sus ingresos, no accede al crédito y no percibe el derrame de los dólares que genera el nuevo esquema. Si el modelo no logra integrar a ese universo, difícilmente pueda consolidarse en el tiempo.
Crédito y derrame: los grandes ausentes
Si hay una variable que sintetiza la desconexión entre macro y micro es el crédito. En cualquier economía que busca recuperarse, el crédito es el puente entre estabilidad y crecimiento. En Argentina, ese puente está roto, pero el Gobierno intenta reconstruirlo. La forma más obvia es bajar las tasas y los encajes para reactivarlo, medidas que ya están en marcha.
Pero en este tema puntual, no es solo un problema de oferta. Es, sobre todo, de demanda. Las familias no toman crédito porque no llegan a fin de mes. Las empresas no invierten porque no ven rentabilidad. Pero hay un factor adicional que preocupa: la inconsistencia de incentivos.
Hoy, el tipo de cambio es lo suficientemente bajo como para incentivar la dolarización, mientras que las tasas en pesos no alcanzan para retener ahorro. El resultado es un sistema que no genera “pesos virtuosos”. Y sin ellos, no hay crédito. Y sin crédito, no hay consumo ni inversión. En el mercado lo dicen sin rodeos: si no se corrige esta ecuación, la reactivación no va a llegar.
Otro de los ejes centrales de la discusión es el derrame de los dólares que genera el sector exportador. Hoy, Argentina tiene un flujo de divisas significativo gracias a energía, agro y minería. Pero esos dólares no están impactando en el resto de la economía.
La explicación es estructural: son sectores con bajo efecto multiplicador en términos de empleo y consumo. Pero también hay un componente de política económica. Sin mecanismos que canalicen esos recursos hacia la economía interna, el derrame no ocurre. Esto es lo que se empieza a discutir con más fuerza: cómo hacer para que esa abundancia relativa de dólares no conviva con una economía doméstica deprimida. La respuesta, otra vez, apunta a medidas que el gobierno no está dispuesto a tomar.
Inclusive en el sistema financiero pareciera que hay una coincidencia creciente: el actual esquema de tipo de cambio y tasas no ayuda a reactivar. Un dólar percibido como barato incentiva la salida hacia moneda dura o consumo en el exterior. Tasas bajas en términos reales desalientan el ahorro en pesos. El resultado es una combinación que atenta contra la acumulación de capital interno. Corregir esto implicaría intervenir en variables sensibles. Y somos reiterativos: eso choca con la lógica del programa. Pero el costo de no hacerlo también empieza a ser evidente: una economía que no logra generar tracción.
Inversión: la ilusión concentrada
El discurso oficial insiste en que la inversión está llegando. Y en parte es cierto. Pero está concentrada en sectores específicos. El problema es que esa inversión no se derrama. No llega a pymes, ni a comercio, ni a industria.
En las mesas se habla de “enclaves productivos”: proyectos grandes, aislados, con poco impacto en el tejido económico. Sin inversión capilar, no hay empleo. Y sin empleo, no hay recuperación.
La otra gran variable crítica que aparece en este contexto es el salario. Porque ahí se juega la sostenibilidad política del programa. La inflación baja, pero los ingresos no se recuperan. Y eso genera una sensación de estancamiento que empieza a pesar.
Sin mejora del poder adquisitivo, el consumo no arranca. Y sin consumo, sectores como comercio e industria no tienen margen para crecer. Es un círculo viciosos que se retroalimenta y que la macro, por sí sola, no logra romper.
Así pues, todo esto empieza a reflejarse en una variable que el mercado sigue de cerca: el riesgo país. A pesar del ajuste fiscal y la disciplina monetaria, no baja como se esperaba. Y eso tiene una explicación clara: el mercado no solo mira la macro, también evalúa la sostenibilidad del modelo.
Milei con Trump 10-25
Las elecciones de medio término en Estados Unidos durante el corriente año: una definición clave para el Gobierno argentino y su programa económico.
Las dudas sobre la capacidad de reactivación, sumadas a señales de desgaste político, empiezan a pesar. Informes de entidades como JPMorgan Chase insisten en aprovechar el contexto actual para acumular reservas. Es una recomendación defensiva: prepararse para lo que viene.
En ese esquema, el rol del Banco Central es clave. Pero incluso ahí hay límites si la economía real no acompaña. El mercado no piensa siempre en el corto plazo. Y lo que aparece en el horizonte es 2027. Un año electoral en Argentina siempre implica volatilidad. Pero esta vez, la preocupación es mayor: ¿llegará el modelo con suficiente respaldo social?
Si la economía no reacciona, el riesgo político aumenta. Y eso impacta directamente en las variables financieras. Por eso, la acumulación de reservas y la diversificación de financiamiento son vistas como prioridades. Pero no alcanzan si no hay crecimiento.
La conclusión que empieza a imponerse es incómoda: el modelo necesita ajustes. No un cambio de rumbo, pero sí correcciones. El problema es que esas correcciones chocan con la lógica ideológica del programa. Ahí está el nudo del conflicto. Porque la economía no espera definiciones doctrinarias. Responde a incentivos. Y hoy, los incentivos no están alineados para que la micro reaccione.
En el sistema financiero ya no solo se discute si el programa es consistente. Se discute si es suficiente. Y la respuesta, cada vez más extendida, es que no. Porque una macro ordenada sin micro dinámica no es un equilibrio estable. Es una transición incompleta. Y en Argentina, las transiciones incompletas suelen terminar mal.
En este intrincado contexto, el gobierno enfrenta una decisión compleja. Mantener la pureza del modelo o introducir ajustes que permitan acelerar la recuperación. No se trata de volver al pasado. Se trata de evitar que el presente se estanque. Porque si la economía no mejora en la calle, la presión política va a crecer. Y con ella, el riesgo de que el programa pierda sostenibilidad.
El mercado ya tomó nota. Y el riesgo país, que no cede, es la señal más clara. La macro ordena, pero no alcanza. Y esa, quizás, sea la advertencia más importante que dejó la semana. En este contexto, los empresarios también comienzan a mirar alternativas, siempre dentro del modelo. Los aplausos que recibió Mauricio Macri esta semana en la cena de la Fundación Libertad —con los principales ejecutivos del país presentes— no es un dato para ignorar.
Pero en definitiva la incógnita que empieza a sobrevolar al mercado es si Javier Milei será capaz de introducir el pragmatismo necesario para corregir desajustes sin renunciar a su programa, o si, por el contrario, terminará quedando aislado, atrapado y finalmente devorado por la rigidez de su propio relato.