El acuerdo Mercosur-UE está cerca, pero el bloque llega en su peor momento
Tras décadas de negociaciones, el acuerdo con Europa se encamina a firmarse mientras el Mercosur muestra fuertes asimetrías internas.
Teóricamente, el próximo fin de semana, antes de que Brasil deje la presidencia pro tempore en manos de Paraguay, se debería firmar el más que trabajoso —y muy postergado— acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, cuyas primeras conversaciones comenzaron en los ’90.
Y, a pesar de la supuesta inminencia, es poco y nada lo que se sabe de la negociación, más allá del sempiterno rechazo de parte de algunos sectores franceses y, tal vez, parte de Bélgica y de Polonia. Igual, los negociadores sostienen que “¡se va a firmar!” en Foz do Iguazú, donde será la reunión de los presidentes, aunque no está demasiado claro aún “qué” es lo que se va a firmar, y que después deberán refrendar los parlamentos de cada uno de los países socios en ambas regiones. Complicado, por cierto.
Pero antes de eso surge la lógica pregunta: ¿el Mercosur existe? A la luz de la agónica involución en que fue sumiéndose en los últimos 25 años (de los 30-32 que tiene), habría que contestar que “no”. Ni es un “Mercado Común”, ni siquiera llega a la categoría de “unión aduanera”, y quedó reducido a apenas un “acuerdo de comercio”, y parcial. De los 305 acuerdos que tiene el bloque, no todos están aceptados, como tampoco muchas de las normas aprobadas están internalizadas.
En sus orígenes fue un movimiento interesante, tanto desde lo geopolítico como para la consolidación democrática de la región. Sin embargo, la falta de liderazgos posterior, de compromisos internos y de nuevas pautas para el crecimiento conjunto determinaron que el otrora atractivo Mercado Común del Sur quedara convertido en apenas una sombra de lo que se pretendía, aunque sigue permitiendo que grupos de burócratas de cada país sigan reuniéndose, llenen cantidad de páginas que casi nadie lee y, semestralmente, se hagan cumbres en lugares turísticos atractivos de cada uno de los cuatro países originales.
Ni siquiera se avanzó en el anexamiento pleno de Bolivia y parcial de Chile, entre otras cosas, por el alto nivel de las protecciones cruzadas de varios de los socios originales que, además, fueron teniendo crecimientos disímiles en este lapso (Argentina se estancó, Brasil y Paraguay crecieron muy fuerte, y Uruguay avanzó y se modernizó). Y desde ese lugar —débil— hay que salir a hacer un acuerdo con la Unión Europea (que sí es un mercado común), que tiene tantos problemas como el Mercosur, pero totalmente distintos.
Un Mercosur debilitado frente al desafío europeo
En esas condiciones, ¿puede haber un acuerdo que realmente sirva? Sin duda que sí, aunque será fuertemente resistido por los sectores menos competitivos de ambas regiones, y además tienen que aparecer los liderazgos políticos que lleven adelante temas que son muy complejos, que tienen partes positivas, otras negativas, y esto sin contar las “sensibles”.
Y, si se mira el tamaño de los mercados, el Mercosur gana mucho más que la Europa comunitaria, que supera los 450 millones de habitantes, vs. los 280 millones en el Mercosur. Algo más de 700 millones de consumidores, en conjunto.
También la UE constituye una de las economías más grandes y avanzadas del mundo. Varios de sus países están en el G7…Pero contra esto está la superficie de casi 13 millones de km² para el Mercosur, vs. apenas 4,2 millones de km² para Europa (con el doble de población). En esta parte de América del Sur “sobra” el espacio, y en el Viejo Continente falta. De ahí los problemas de contaminación y la creciente sensibilidad sobre los temas ambientales que los sacuden, los encarecen y comienzan a restringirles la posibilidad de competir si no cuentan con protecciones explícitas, o no tanto.
En este punto se entienden algunas de sus políticas restrictivas para terceros países, proveedores que, en realidad, son tomados como “competidores”.
Tampoco hay duda sobre el mayor proteccionismo y burocracia de Europa que, especialmente, le “teme” a las agroindustrias de esta región sudamericana, de la misma forma que los rubros más “sensibles” de la industria local (automotriz, equipos pesados, maquinaria, etc.) le temen a los europeos. El ejemplo más claro es la PAC (Política Agrícola Común), cuyo costo de subsidios ya no es soportable, ni por los países ni por los consumidores del Viejo Continente.
Y eso que cuando se plantearon las primeras conversaciones, el Mercosur no tenía la envergadura actual, con un Brasil convertido ahora en uno de los tres mayores exportadores de alimentos del mundo.
ganadería novillos
El agro aparece como el gran beneficiado potencial del acuerdo, aunque enfrenta trabas ambientales, sanitarias y políticas desde Europa.
En el caso argentino, según la Bolsa de Rosario, sin embargo, desde los ’90 hasta ahora, la balanza comercial se fue achicando en ambos sentidos, al pasar de 37 % de exportaciones hacia Europa al comenzar los ’90, a menos de 10 % en lo que va de este año; mientras que las importaciones, que llegaron a casi 31 % en 1994, descendieron a 13,7 % ahora. Lo mismo ocurre con el resto del Mercosur.
Por supuesto que en el eventual acuerdo, la UE se reservará las salvaguardias, los recursos de política sanitaria y ambiental (forestación, etc.), o las normas de calidad que habitualmente esgrimió a la hora de frenar o restringir los ingresos de productos desde Sudamérica.
Sin embargo, en los últimos años hubo demasiados cambios en la política interna y externa de ambas regiones. La tecnología forzó alternativas distintas, y la globalización incluyó temas que parecían lejanos, como el trabajo a distancia (y las leyes laborales), la propiedad privada (con los flujos migratorios) y la propiedad intelectual y patentes, que ahora saltarán a los primeros lugares.
Tampoco había conflictos bélicos activos, como ahora en el hemisferio norte. Lo interesante es que en esta negociación se parte de un “piso” bajo, muy inferior al comercio de principios del siglo pasado, por lo que cualquier flexibilización y remoción de trabas comerciales va a ser buena y va a mostrar crecimiento.
Pero más importante que el comercio en sí es el tema de las eventuales inversiones europeas que, como ocurrió en los ’90, se pueden disparar hacia la región, tanto en materia de industria (de distintos rubros) como en servicios, finanzas o alimentos, entre otras.
milei con lula
Mientras se discute el acuerdo con Europa, la interna del Mercosur sigue sin resolverse y genera incertidumbre sobre reglas y beneficios para el agro.
Con una ventaja derivada: el eventual acuerdo forzaría al propio Mercosur a alinearse internamente (lo que hace años no ocurre), y a la Argentina a emparejarse con sus socios, más avanzados en materia de patentes y propiedad privada e intelectual, por ejemplo.
Y, si bien Itamaraty (la Cancillería brasileña) es una garantía en cuanto a continuidad y consistencia del gran socio del Mercosur, no ocurre lo mismo de este lado de la frontera, donde no es raro escuchar a algún técnico hablando, por ejemplo, de la controvertida Agenda 2030, ya descartada por la administración de Javier Milei, pero todavía “viva” en algunos reductos oficiales.
Dicho de otra forma, el Acuerdo Mercosur-UE puede constituir un gran avance para la región, mucho más por lo estratégico y las inversiones que por el propio comercio (que seguramente va a crecer). Sería, además, un gran “disparador” de trabajos internos pendientes en la región, tanto en materia de infraestructura articulada como de oferta conjunta.
Va a depender de la “calidad” de la negociación y del compromiso político de los líderes (si los hay) que lo impulsen. De lo contrario, puede volver a ser otra oportunidad perdida y otra cantidad de documentos sin mayor efecto práctico.
Hasta ahora, parecen ser más las preguntas que las respuestas…