Pero más allá de la ignorancia, lo que verdaderamente duele es la falta de empatía. Una representante del pueblo debe, ante todo, tener la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Y en este caso, el otro es ese productor que ve cómo se destruye su cosecha, cómo sus cuentas bancarias entran en rojo y cómo su futuro se tambalea con cada piedra que cae del cielo. La empatía no se mide en discursos de campaña ni en fotos sonrientes con vecinos, sino en la sensibilidad para entender el sufrimiento ajeno. Villaverde, al compartir su video, no solo mostró indiferencia: mostró desdén por una realidad que afecta a miles de trabajadores. Quizás no sean muchos en número, quizás no sean decisivos a la hora de ganar una elección, pero son el alma productiva de Río Negro, el motor que durante décadas ha sostenido la identidad y el desarrollo de la región.
Y finalmente, impunidad. Porque, después de este desliz que para cualquier ciudadano común sería motivo de repudio y reflexión, la senadora electa no enfrentará consecuencia alguna. Ni sanción política, ni reproche institucional, ni siquiera una disculpa convincente ante quienes se sintieron ofendidos. La impunidad es el terreno fértil en el que germina la desconexión de la clase política. Cuando los funcionarios sienten que pueden actuar sin consecuencias, se distancian de la realidad, pierden la noción del límite moral y se refugian en la soberbia del poder. Este episodio no es menor: refleja cómo algunos dirigentes consideran que su investidura los coloca por encima de la sensibilidad social.
Los políticos deberían comprender que la confianza pública se construye con gestos, no solo con palabras. Y gestos como el de Villaverde profundizan la grieta entre la sociedad y sus representantes. En tiempos donde la política enfrenta un descrédito creciente, actos de este tipo son gasolina para el fuego del descontento. No se trata de pedir perfección, sino de exigir humanidad, sentido común y respeto.
Lorena Villaverde tuvo la oportunidad de solidarizarse con los productores, de reconocer la tragedia y ofrecer su apoyo. Eligió, en cambio, la frivolidad del espectáculo. Y aunque las redes sociales se encargaron de juzgarla con dureza, la verdadera condena será el recuerdo de este acto de inconsciencia como símbolo de lo que no debe hacer un representante del pueblo.
Ignorancia, falta de empatía e impunidad. Tres palabras que definen no solo un error personal, sino una forma de ejercer el poder que la sociedad ya no está dispuesta a tolerar.