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Cepa Tamarugal: El misterio de la única uva con ADN 100% chileno que florece en el desierto

¿Es posible que una vid sobreviva un siglo sin agua bajo el sol más implacable? La cepa Tamarugal rompe los límites de la lógica vitivinícola actual.

La historia de la vitivinicultura en la Región de Tarapacá (Chile) se extiende por casi 500 años, aunque la actividad comercial cesó abruptamente allá por 1949. Durante décadas, antiguas plantas de vid permanecieron en el olvido, enfrentando la escasez hídrica y suelos salinos.

El renacimiento de esta tradición comenzó formalmente en 2003, cuando la investigadora Ingrid Poblete, de la Universidad Arturo Prat (UNAP), inició una búsqueda exhaustiva de estos ejemplares centenarios.

En su exploración, detectó plantas aisladas que lograron subsistir por más de 80 años en condiciones extremas de radiación y salinidad. Tras recolectar este material vegetal, los investigadores establecieron un jardín de variedades en la Estación Experimental Canchones, situada en la Pampa del Tamarugal.

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Viñedos de la Estación Canchones bajo la intensa radiación solar del desierto de Atacama.

Made in Chile

Para determinar la identidad de las plantas, se realizaron análisis moleculares en centros especializados de Francia, España y Chile. Mientras se identificaron cepas como la País, Gros Colman y Torrontés Riojano, un genotipo específico de baya grande no coincidió con ninguno de los 7.000 registros de las bases de datos internacionales.

Finalmente, en 2016, el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) registró oficialmente esta variedad bajo el nombre de Tamarugal, convirtiéndola en la primera cepa vinífera 100% chilena.

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Vides centenarias que sobrevivieron un siglo en el olvido bajo el sol de Tarapacá.

Adaptación a un terroir extremo

El cultivo de la Tamarugal en la pampa requiere una infraestructura técnica de alta precisión. Las vides prosperan en un entorno donde la humedad relativa es mínima y el suelo presenta altas concentraciones de boro y sales.

Para garantizar su desarrollo, los productores emplean un sistema de riego por goteo con una eficiencia del 90%, extrayendo agua subterránea milenaria desde pozos de 50 metros de profundidad.

Este manejo hídrico optimizado permite utilizar solo 8.000 metros cúbicos por hectárea al año.

La resistencia genética de esta cepa se manifiesta en su capacidad para mutar y adaptarse a condiciones estresantes, lo que moldea un perfil enológico sin parangón en el mercado global.

Actualmente, el proyecto liderado por el ingeniero agrónomo Marcelo Lanino busca expandir la producción a través de un modelo asociativo con pequeños agricultores locales, apuntando a un concepto de viña boutique.

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Suelo salino y boro: el desafío extremo superado por esta uva patrimonial.

Perfil enológico

La vinificación de la cepa Tamarugal destaca por su versatilidad y calidad sensorial. En procesos experimentales, se contrastó el uso de levaduras nativas frente a comerciales, obteniendo resultados sobresalientes en ambos casos.

El periodo de fermentación alcohólica se extiende por seis días, generando vinos con una graduación que oscila entre los 13,4 y 13,9 °GL.

Visualmente, el vino presenta un color amarillo pálido con destellos plateados.

En nariz, la Tamarugal despliega aromas complejos que incluyen cáscara de limón, pera, manzana verde y notas florales, junto a matices de miel de mango y tuna.

En boca, su característica más distintiva es una marcada nota salina mineral que persiste gratamente.

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Sustentabilidad y economía circular en el desierto

El proyecto Vino del Desierto trasciende la producción de alcohol, integrando principios de economía circular que potencian el desarrollo regional.

Los residuos del proceso, como el orujo, se reutilizan para elaborar productos de cosmética, incluyendo champú, jabones y cremas faciales. Incluso los corchos se transforman en joyas y artesanías locales.

Además, el enoturismo consolida la relevancia de esta cepa. La Ruta Vino del Desierto invita a los visitantes a recorrer el Jardín de Variedades y conocer la bodega enológica, integrando la gastronomía local con productos como los alfajores de Pica o el chumbeque. La cepa Tamarugal no solo representa un hallazgo genético, sino un modelo de resiliencia y desarrollo sostenible frente al cambio climático global.

Fuentes: Portal Agro Chile con aportes de Redacción +P