FADA resalta que la agroindustria argentina demostró ser mucho más que un sector económico: fue un pilar de vida, generando 4.2 millones de empleos, el 22.4% del empleo privado del país. Y dentro de este vasto ecosistema, la cadena del vino brilla con luz propia, no solo por sus productos de clase mundial, sino por su capacidad de transformar vidas y comunidades.
"Si agrupamos a las cadenas agroindustriales (CAI) en grandes bloques, las cadenas agrícolas (soja, maíz, trigo, girasol y otros cultivos) son las principales generadoras de empleo, concentrando el 30,9% del total. Les siguen las cadenas regionales (vitivinícola, azucarera, tabaco, forestal, etc.), que aportan el 29,1%, y en tercer lugar, las cadenas pecuarias (carnes y leche), con el 23,8% del empleo dentro de la CAI. Completan la distribución otras actividades (9,2%), servicios conexos (5,2%) y bienes de capital (1,8%)", detalla el reporte de FADA.
El viaje del vino: del viñedo al mundo
La cadena vitivinícola es como una vid misma, con raíces profundas y ramas que se extienden por todo el país. Su historia se divide en dos grandes capítulos: el eslabón primario y el eslabón comercial. En el primero, los viñedos y la producción de insumos son el escenario donde la tierra y el trabajo humano se encuentran.
Cadena de Vino - Julio 2025
Aquí, miles de personas cuidan las uvas con dedicación, desde el cultivo hasta la cosecha, en un proceso que no solo produce vino, sino que también siembra empleo en regiones donde la vid es más que una planta: es un símbolo de identidad.
El segundo capítulo, el eslabón comercial, conecta esos frutos con el mundo. Desde bodegas que embotellan historias hasta mercados que llevan el vino a las mesas de Argentina y más allá, este eslabón emplea a miles en la distribución, la venta y la promoción. Cada botella exportada o servida en un restaurante local lleva consigo el esfuerzo colectivo de una cadena que une a productores, comerciantes y consumidores en una danza económica que impulsa el país.