Los ejemplares fueron producidos en un vivero de la región y permanecieron allí durante aproximadamente un año y medio antes de ser trasladados. El recorrido comenzó en camiones, continuó por agua y terminó a caballo, hasta alcanzar sectores donde no existen caminos. La especie elegida para esta primera etapa fue el coihue, uno de los árboles característicos del bosque andino patagónico.
Árboles que se sembrarán en la zona del paraje El Turbio en el Chubut.
Fundación Vida Silvestre
Recuperar según la huella del incendio
El Parque Provincial El Turbio conoce de cerca el impacto de los incendios. Entre 2014 y 2015, el fuego afectó unas 7.500 hectáreas dentro del área y, al considerar sectores cercanos, la superficie alcanzó las 15.696 hectáreas. La magnitud de esos episodios dejó extensas zonas donde la recuperación natural necesita ser acompañada mediante acciones específicas.
Sin embargo, no todos los sectores quemados necesitan ser reforestados. Ariel Medina, ingeniero forestal y especialista de Vida Silvestre, explica que antes de intervenir se analiza la severidad del incendio, el estado del suelo, la presencia de especies nativas y exóticas y las posibilidades de recuperación espontánea del ambiente.
En las áreas donde la afectación fue moderada se busca favorecer el rebrote y la recuperación natural. En cambio, cuando el fuego tuvo mayor intensidad se planifican plantaciones. También pueden realizarse raleos y tareas para retirar especies invasoras, como determinados pinos, con el propósito de generar mejores condiciones para el establecimiento de los árboles nativos.
Miembros de la Fundación Vida Silvestre en el Chubut.
Fundación Vida Silvestre
Plantar es solo el comienzo
La próxima etapa contempla la incorporación de más de 100.000 árboles nativos en distintas reservas naturales y parques provinciales. El proyecto incluye unos 73.000 cipreses de la cordillera, 35.000 coihues y 1.100 alerces, que serán distribuidos en cerca de 130 hectáreas.
La forma de plantación también busca respetar la dinámica natural del bosque. En algunos sectores los ejemplares se colocan en pequeños grupos, mientras que en otros se utilizan agrupaciones de alrededor de 30 árboles. Luego comienza una etapa fundamental: el monitoreo. Se controla la supervivencia de las plantas, su crecimiento y los posibles daños para evaluar si es necesario modificar las estrategias.
La experiencia muestra que recuperar un bosque requiere mucho más que plantar árboles. La participación de las comunidades, el trabajo de los voluntarios, la prevención de nuevos incendios y el seguimiento a largo plazo forman parte de una misma estrategia.
Para Tobías Merlo, integrante de ReforestArg, este escenario plantea incluso la necesidad de profesionalizar una nueva tarea: el oficio de restaurador de bosques. Una labor que busca que, después del fuego, la naturaleza vuelva a tener las condiciones necesarias para reconstruirse.
FUENTE: El País