Del reclamo al uso efectivo de las herramientas
Las autoridades del área, por su parte, también se muestran “desconcertadas”, tanto por la falta de reconocimiento como por la baja adhesión que despiertan algunas herramientas que, en general, los funcionarios no explican.
De hecho, a pesar de la cantidad de escollos, restricciones y trámites administrativos que se fueron removiendo, y de la existencia de mercados que funcionan en forma independiente, sigue siendo bajísima la operatoria de los productores en los mercados de futuros y opciones. Es más, ni siquiera la agroindustria derivada, como frigoríficos, molinos, etc., se cubre con estas alternativas que eran reclamadas cuando todavía no existían los mercados en dólares, surgía el Impuesto PAIS o había una brecha cambiaria significativa para operar.
Tanto es así que, mientras en Chicago cada año se “da vuelta” la cosecha estadounidense varias veces, en Argentina ese volumen operado en futuros ahora llega a unas 90 millones de toneladas, apenas el 75 % de una campaña, aunque en crecimiento, por lo que se espera superar los 100 millones de toneladas operadas en este 2026.
Lo mismo se podría decir de la inflación, cuya reducción era muy reclamada por todos los sectores, aunque, en realidad, parece que constituía una gran “ayuda” para licuar los pasivos, que ahora van quedando en evidencia y que obligan a aumentar rápidamente la eficiencia o quedar por el camino.
Una cosa era el “discurso” y otra la realidad.
Naturalmente, no todos creyeron desde el principio que los cambios iban a seguir (todavía hay quienes dudan), por lo que esperaron, no reaccionaron en forma inmediata y, tal vez, tampoco tenían la agilidad para actuar adaptándose a la nueva realidad y, mucho menos, a la tecnología que está marcando cambios exponenciales.
Un ejemplo claro es el RIMI (Régimen de Incentivo para las Medianas Inversiones), del que + P viene hablando y explicando desde el primer momento y que, a pesar de haber sido muy reclamado desde que apareció el RIGI en el ’24 para las “grandes inversiones” (minería, energía, etc.), ahora que ya está reglamentado, y con el campo y sus agroindustrias entre los principales candidatos a su adopción, todavía no está generando mayor movilización ni curiosidad.
Tal vez porque falta más difusión oficial o porque en este sector todavía se trabaja mucho “tranqueras adentro”, sin darse cuenta de que lo que ganan por ese lado después lo pierden “tranqueras afuera”, en la comercialización, la industria, etc.
Lo cierto es que, mientras las industrias convencionales y sus organizaciones, como la UIA, ya hicieron un par de reuniones con funcionarios incluidos para aclarar los procedimientos y las posibilidades de la nueva herramienta, en el “campo” todavía no pasa mayormente nada.
Ni siquiera el atractivo de las amortizaciones aceleradas ni de la rápida devolución del IVA lograron generar mayores consultas entre buena parte de los potenciales interesados que, en realidad, tendrían que ser casi todos, ya que incluye inversiones desde U$S 150.000 hasta U$S 9 millones en dos años, y abarca a todos los bienes nuevos amortizables, con el solo requisito de tramitar el certificado PyME.
Inversiones, tecnología y cambios desiguales
Y, si bien es cierto que el ambiente político está enrarecido, la economía general parece marchar por otro carril, con una inflación que retomó el camino de la baja; crecimiento de las reservas; baja del riesgo país; exportaciones crecientes (a pesar del nivel del dólar); y un PBI que, aunque poco, se mantiene creciente.
Simultáneamente, se van produciendo las licitaciones como la Hidrovía, rutas y FFCC (todas para salir en estos días) que, si bien no van a dar resultados inmediatos, están marcando una línea de trabajo con una orientación correcta después de años de estancamiento.
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Mientras avanzan proyectos clave como la Hidrovía, rutas y ferrocarriles, y crecen las oportunidades de inversión y modernización, la adaptación del agro sigue mostrando ritmos muy diferentes.
Los precios agrícolas, por su parte, no son récord, pero tampoco están cerca del piso, mientras que la carne vacuna y ovina “vuela”.
Pero no todo está lento. Hay rubros o sectores que rápidamente pusieron en marcha cambios importantes, como los drones, la robótica en cantidad de aplicaciones, la genética, la transgénesis (que seguramente va a cobrar mucho más impulso si se respalda más la propiedad intelectual/privada), las comunicaciones, con una inédita cobertura casi automática de internet satelital en todo el país, etc.
Las inversiones, grandes y chicas, comienzan a aparecer, pero el movimiento no es parejo. Hay sectores muy atrasados que no terminan de acomodarse y, sobre todo, hay una gran disparidad e irregularidad impositiva que, en el caso de las provincias, recién está comenzando a tener alguna forma de cambio, cuando los gobernadores también caen en la cuenta de que el sistema de impuestos retrógrados (Ingresos Brutos, Sellos, etc.) y las tasas municipales que llegan a constituirse en verdaderas aduanas internas no los hacen elegibles para las inversiones (ni locales ni externas).
Tampoco el gremialismo se está “aggiornando” a la velocidad que se necesita para poder hacer frente a la nueva realidad, y lo mismo pasa con la educación. ¿Qué trabajo puede conseguir alguien que no está preparado para hacerlo, menos aún con las innovaciones tecnológicas que están apareciendo?
Y el campo, aunque no hizo demasiado para evitar que esto ocurra, ahora lo está sufriendo con falta de gente calificada para las distintas tareas, desde técnicos hasta profesionales o personal idóneo.
Pero ahora habrá que salir a hacerlo a toda velocidad, porque el sistema anterior ya no existe; desapareció, como los teléfonos fijos, y no va a volver. Pareciera, entonces, que lo único que falta es que los productores “crean” que las cosas van a seguir este camino, o que estén dispuestos a trabajar para que así sea…