El campo vive un momento histórico, pero no todos están preparados para lo que viene
Mientras la producción de granos, carne y leche muestra señales de crecimiento récord, la infraestructura, la presión impositiva y la necesidad de reconversión exponen los desafíos de una nueva etapa para el agro argentino.
Prácticamente en la recta final de la cosecha 2025/26, que ya está confirmado que será récord, aunque aún no se sabe si con 160 o 165 millones de toneladas (¿o más?), y comenzando el nuevo ciclo 26/27 para la agricultura, no hay recuerdo de una temporada con una producción semejante de granos.
Pero también la lechería logró salir de su estancamiento de los 10.600-11.200 millones de litros; los porcinos siguen aumentando su producción, y hasta la ganadería vacuna, que aún no se recupera de la tremenda pérdida de cabezas de hace 12-14 años, ya aumentó, sin embargo, alrededor de 8 kilos promedio, lo que, con una faena anual de 12-14 millones de cabezas, permite avizorar también un paulatino aumento de los volúmenes exportables (amén de los muy buenos precios internacionales que prometen mantenerse).
A su vez, la creciente apertura económica del país, los nuevos acuerdos comerciales, como el de la Unión Europea, el acercamiento a los EE. UU. y, sobre todo, la permanente llegada de nueva tecnología que permite vencer obstáculos y aumentar rendimientos, le aseguran al “campo” un futuro promisorio.
Argentina tiene lo que los demás quieren: energía, alimentos, minerales raros, mucha tierra (buena), poca población y agua dulce a discreción.
Y puede lograr mucho más aún, como la ampliación de la frontera agrícola a partir de nuevos cultivos que pueden transformar la Patagonia, como los maíces supercortos que ya se experimentan con éxito en esa región; los tres cultivos anuales en el centro-norte (como hace Brasil con su zafrinha), o la diversificación y llegada de nuevas oleaginosas de invierno, que se va a acelerar ni bien se pueda garantizar la propiedad intelectual de las semillas; lo que puede convertir también al país en un gran proveedor (local e internacional) de biocombustibles, especialmente para la aviación, que es lo más contaminante (seguido por el transporte carretero).
Los costos de la transformación
Después de este baño de positivismo, más de uno va a seguir leyendo tan extrañado como curioso. La “térmica” muestra otra cosa en algunos casos.
Es cierto. Toda esta realidad no significa ni que todos estén bien, ni que no haya más reclamos para hacer, ni que todos vayan a crecer a la misma velocidad. Así, mientras por un lado vuelve a aumentar la “escala”, especialmente en las actividades más tradicionales, hay rubros que aparecen sobredimensionados, como algunos eslabones de la industria frigorífica, láctea, aviar o molinera, por ejemplo, y ya se escuchan los crujidos.
Es más, algunos que reaccionen más rápido podrán reconvertirse y otros van a desaparecer. Las reglas de juego cambiaron y, por lo tanto, cambió el juego.
Tampoco esta vez hubo tiempo, o se previó, una red de contención para atenuar las pérdidas o ayudar en la reconversión de los más chicos o débiles, que bien podrían formar parte de una nueva cadena de proveedores y producción.
Pero no se hizo.
Y la sacudida no es solo por lo tecnológico. Por ejemplo, la baja de la inflación, que dejó de “licuar” pasivos, hizo desaparecer de un plumazo muchos negocios y dejó crudamente al descubierto las ineficiencias en los esquemas más variados.
Y esto es así en todos los frentes, no solo en el de los privados. También las provincias y los municipios van cayendo paulatinamente en la cuenta: hay que recortar los gastos y aumentar la efectividad.
Pero, por distintas razones, no siempre ocurre a la misma velocidad para todos. Recientemente, lo dijo un gobernador cuando asumió: “Ellos (los mandatarios) tenían que hacer lo mismo que el campo venía haciendo hace dos años: recortar gastos y ser más eficientes”.
Tampoco el gradualismo se dio en las comunicaciones. De un día para otro, las conexiones de internet llegaron vía satelital a todos los rincones del país, borrando la brecha entre los que venían “comunicados” (vía fibra óptica) y los que nunca iban a poder alcanzar esa tecnología y estaban afuera.
Se federalizó la información, y hasta los remates de hacienda hoy se pueden hacer a distancia, por distintos medios y sin moverse ni el comprador ni el vendedor, ni sus animales, abaratando costos, pérdidas y traslados.
Seguramente, en estos cambios, algunos tuvieron que dejar de hacer lo que hacían y dedicarse a otra cosa, o modificar sus esquemas, pero no se puede discutir que es mejor, y no solo para unos pocos.
La infraestructura y las reformas que faltan
Pero también el estado de “abandono” que traía el país conspira contra la adopción de cambios más acelerados y masivos. Y en esto la falta de infraestructura es clave. Sin caminos, sin ferrocarriles, sin más puertos y sin más aduanas para cruzar de este a oeste hasta el Pacífico, es imposible acelerar más el crecimiento.
Esta campaña agrícola es el ejemplo más claro. Con colas de camiones, discusiones por precios de fletes, cupos y hasta por almacenaje que no hay, porque hace años que no se invierte en obras, infraestructura y logística.
Y este, tal vez, sea el punto clave: para invertir hay que tener expectativas positivas, y recién ahora algunos comienzan a creer que realmente el cambio es estructural y que no se va a volver atrás, como sucedió otras muchas veces…
Pero compensar el atraso requiere mucho capital, grandes inversiones y previsibilidad de que no se va a volver a cambiar. ¿Vale todavía la palabra de un defaulteador serial como Argentina? ¿Cuánto crédito consigue un moroso histórico? ¿El mundo le cree a la Argentina (no a este Gobierno)?...Veremos.
Lo cierto para los productores es que no pueden esperar porque, si no se adaptan, se caen del sistema y, simultáneamente, deberán afrontar el desfase (y los costos) de la falta de logística e infraestructura, que no va a aparecer de un día para el otro.
Es probable, por caso, que tanto la Hidrovía como los FF. CC., comenzando por el Belgrano Cargas y el San Martín, demoren al menos cuatro o cinco años en concretar la primera etapa de obras de fondo para compensar el atraso que traen y poder circular medianamente.
Recién ahí se podrá comenzar a hablar de crecimiento, de disminución de pérdidas y de abaratamiento de costos.
Queda, por otro lado, un gran tema pendiente, que está más en manos del Parlamento que del Poder Ejecutivo, y es la reforma impositiva de fondo, que cambie la mentalidad del siglo pasado en materia tributaria para ingresar definitivamente al siglo XXI, y que el país pueda expresar entonces su verdadero potencial productivo, como hace 100 años, cuando los inmigrantes llegaban de a miles a Sudamérica.
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