Tras casi 30 años, arranca el acuerdo Mercosur-UE: quién gana y quién pierde
El acuerdo entre Mercosur-UE entra en vigor con beneficios para más del 80% del comercio. Qué sectores se favorecen y cuáles enfrentan nuevos desafíos.
Después de casi tres décadas del primer planteo formal, finalmente el Acuerdo Mercosur-UE (Unión Europea) se puso en marcha, en forma efectiva, este viernes pasado, aunque aún resta saber qué opina el máximo Tribunal europeo, al que le fueron giradas las actuaciones recién después (?) de haber sido firmado a mediados de enero pasado. Rarezas del Viejo Mundo.
Pero también es llamativa la falta de internalización del tema, al menos en la Argentina, a pesar de que más del 83% del comercio entre ambas regiones (Europa y el Mercosur) quedó comprendido en los beneficios cruzados, algunos en forma inmediata y otros gradualmente.
Las autoridades, sin embargo, al menos las de Agricultura, parecen haberse preparado para el momento firmando sendas resoluciones (la 50/26 y la 53/26), por medio de las cuales se reglamentó el acceso a los beneficios. Allí se incluyen las 21 cuotas que la UE otorgó para diferentes productos agroindustriales del Mercosur, abriendo nuevas oportunidades que consolidan a esa región de Europa “como un socio comercial estratégico, a través de exportaciones de alto valor agregado, realizadas por numerosas empresas argentinas altamente integradas en este flujo comercial”, señala Agricultura.
Y entre estas se destacan las cuotas otorgadas a la carne bovina fresca y congelada de casi 100.000 tn que, a diferencia de la Hilton, es “sin discriminar edad de los animales ni tipo de producción” (la que más trascendió); la de aviar y la de carne porcina (cuya apertura sanitaria se encuentra en negociación); también para ajos, ovoproductos, miel, arroz, azúcar, maíz y sorgo; etanol y productos lácteos.
En sentido inverso, el Mercosur concedió a la UE once (11) contingentes arancelarios, de los cuales cuatro serán permanentes (quesos, ajos, leche maternizada y leche en polvo), mientras que otros siete (chocolates y tomates envasados) se transformarán en libre comercio después de 10 a 14 años —según el caso— de aplicación del acuerdo. El proceso estará sujeto a un licenciamiento previo para el ingreso al territorio argentino.
Cambios estructurales y nuevas asimetrías
En realidad, desde que comenzaron las primeras conversaciones hacia fines de los ’90 hasta la actualidad, hubo muchos cambios, tanto en la Europa comunitaria como en el Mercosur que, en aquel momento, era mucho más fuerte y activo que en la actualidad. Pero además, la realidad productiva de los miembros sudamericanos era otra, con una Argentina pujante, un Paraguay que recién comenzaba a ordenarse y un Brasil que aún no había dado el “salto” productivo de las últimas dos décadas y media, en las que se transformó en uno de los principales productores de alimentos del mundo y, por ende, también en un gran exportador.
Como es sabido, en este tipo de asociaciones generalmente los más beneficiados son los países más chicos, en especial si son “ordenados”, como ahora resultan Uruguay (histórico) y Paraguay. El esquema, entonces, deja un rol para la Argentina, que nadie declara en voz muy alta, que es el de “acompañar” las exportaciones, ya que los volúmenes de producción son limitados al lado de Brasil.
Sin embargo, queda una chance, y bastante interesante, a la luz de lo que ocurrió en los ’90, y es la promoción de las inversiones en las distintas cadenas productivas, al tiempo que se “liberaliza el 84% de los aranceles de exportación de los productos agroindustriales del Mercosur y se establecen cuotas o preferencias fijas para casi el total de los productos restantes, mejorando así el acceso al mercado europeo”.
Y este aspecto es, tal vez, el que más le conviene a la Argentina hoy, cuando lo que más necesita son “inversiones”, sobre todo en materia de producción de alimentos y en el resto de la cadena agroindustrial, ya que tanto la energía convencional como la minería comenzaron su despegue creciente de captación de capitales internacionales desde hace casi dos años.
Oportunidades, riesgos y perspectivas
Por supuesto que las luces de alerta aún no se apagan, dada la historia comunitaria de proteccionismo a su propia producción, desde hace décadas entronizado en la PAC (Política Agrícola Común), la “creatividad” de las salvaguardas, las herramientas de supuesta protección ambiental a las que apelaron como verdaderas barreras al comercio, etc., y con evidentes malos resultados, pero…
También es cierto que así como el Mercosur todavía tiene muchos deberes por hacer para armonizar las normas regionales e internalizarlas, para poder salir con una oferta “conjunta”, también la realidad europea es ahora muy distinta a la del siglo pasado. Entre otras cosas, porque las corrientes migratorias desde el este eran muy inferiores, Gran Bretaña estaba aún dentro de la Comunidad o no tenía dos guerras, como ahora, al lado de su territorio (Rusia vs. Ucrania e Irán vs. Israel).
Por otra parte, como +P señalaba en diciembre del año pasado, si se mira el tamaño de los mercados, el Mercosur gana mucho más que la Europa comunitaria, que supera los 450 millones de habitantes, vs. los 280 millones en el Mercosur. Algo más de 700 millones de consumidores, en conjunto.
Además del hecho de que “también la UE constituye una de las economías más grandes y avanzadas del mundo. Varios de sus países están en el G7… Pero contra esto está la superficie de casi 13 millones de km² para el Mercosur, vs. apenas 4,2 millones de km² para Europa (con el doble de población). En esta parte de América del Sur “sobra” el espacio y en el Viejo Continente falta. De ahí los problemas de contaminación y la creciente sensibilidad sobre los temas ambientales”, y con esto algún sector pretende justificar las restricciones comerciales.
De todos modos, las dos partes (menos los productores europeos, que tienen fundados temores de Brasil) creen que ganan. Así, mientras en Europa los empresarios piensan que se van a abastecer de materias primas abundantes para procesar y vender en el Mercosur alimentos “listos”, envasados y con marca —incluidos vinos, fideos, fiambres o aceite de oliva, entre muchos otros—, de este lado se cree lo mismo. Pero esto implica traer más tecnología y capitales para poder industrializar aquí y venderles a los europeos con más proceso.
En todo caso, lo que no es discutible es que el comercio va a crecer, también las inversiones (en especial en el Mercosur) y, más que probablemente, la participación del Viejo Mundo en el área de servicios, licitaciones, etc., siempre y cuando se haga una rápida puesta al día de la legislación, lo que incluye propiedad privada, patentes y denominaciones de origen, entre otras cosas.
Para la Argentina, el tema promete. Es que, aun sin este acuerdo con Europa, con el bilateral con EE. UU. que todavía no se pone en marcha en comercio y con un RIMI (Régimen de Incentivo a las Medianas Inversiones) recién aprobado, igual ya está consiguiendo en este ciclo 25/26 una cosecha récord de granos. Entonces, sin mayor posibilidad de error, se puede prever un futuro en el que se retome el desarrollo consistente para la agroindustria argentina.
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