De peón a encargada: la historia de superación de Yanina Gutiérrez en Lamarque
En la rutina de una chacra de Valle Medio sobresale una mujer que lidera un equipo de 60 personas en plena temporada de cosecha. No evita temas y habla de machismo, liderazgo, y sus métodos para terminar el secundario.
“Y… pasa que arranqué de muy pibita”, responde Yanina Gutiérrez, cuando se le pregunta cuánto tiempo lleva como trabajadora rural en las chacras de Lamarque. Algunos golpes de la vida empujan a las personas a salir a buscarse el pan, y Yanina a los 12 años ya hacia descarte de frutas en bins en la punta de los cuadros. Hoy tiene 31 años, dos hijos, y es encargada de 3 chacras que suman 70 hectáreas. El día que atendió a +P se había levantado a las 5 de la mañana, como todos los días. Habla de poda, de feminismo, de libertad y de la forma que encontró para estudiar mientras juntaba ramas de la poda. Tenía 24 años y un bebé en brazos cuando terminó la nocturna.
“De encargada van a ser cuatro años”, dice sobre su nuevo rol y recuerda que “ya venía anteriormente haciendo otros trabajos varios, como cosechando, juntando ramas, limpieza de canales”.
Mientras cuenta su historia de viuda, de fondo comienza a emerger una vieja canción de Víctor Heredia:
Hubo hombres que se hicieron a la vida como quien en un chinchorro se hace al mar, en pequeños botecitos de colores afrontaron su terrible tempestad...
“A los doce años falleció mi padrastro, entonces –yo tengo dos hermanos más-, tuve que salir a ayudar a mi mamá. Pero trabajos livianos dentro de todo. En ese tiempo tenían descartadoras por bin. A los cosechadores se le ponían una descartadora, y entonces ese era mi trabajo: descartar desde el bin en el campo”, resume su primer paso en las labores de chacra.
También, como todo chico de zonas rurales, le tocó juntar fruta del suelo para ser enviada luego a la industria. Por las dudas aclara, aunque era menor, que “obviamente que esto lo hacía en vacaciones, porque estudiaba en ese momento. Así que cuando tenía vacaciones, días libres, me dedicaba a hacer algún trabajo”.
Vuelve la música mientras Yanina habla. Ahora canta Joan Manuel Serrat su clásico “De Parto”:
Se le hinchan los pies El cuarto mes, le pesa en el vientre
“Después, bueno, a los a los quince me quedé embarazada, y a los dieciséis tuve a mi nena. Y bueno, ya había que seguir trabajando”, y como trabajo ya tenía se independizó: “A los dieciséis ya me fui de casa, traté de tener mi propia familia. Pero bueno, fue algo que no funcionó, así que me dediqué a criar a mi hija sola”, resume con claridad, y lejos de todo rencor, un pasaje clave de su vida.
Es directa. No elude respuestas. Ese nuevo traspié ocurría más o menos por el año 2011 (hoy su hija tiene 15 años), “y ahí estuve trabajando en otras chacras también, en raleo, cosecha. Estuve incluso dos meses cosechando uva”.
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Liderazgo rural: a los 31 años, Yanina supervisa 70 hectáreas de producción frutal.
¿Cómo fue que llegaste a ser encargada de la chacra?, le preguntamos.
“Fue por una tragedia del encargado. Se le falleció su hijo, y por ese motivo a él se le hizo complicado. No podía estar al tanto de las tareas y quedé como cuidando la chacra. Nada más. Pero de a poquito me fui integrando, ayudándole al jefe en una cosa, en la otra. Y nada, en su momento me dieron la noticia de que eran cargada. Fue bastante complicado de ese año”.
No recuerda situaciones conflictivas a pesar de coordinar grandes equipos de trabajo temporarios y heterogéneos en edades. Tampoco recuerda episodios desagradables por ser mujer, ni que los espacios se le hayan negado por su condición de género.
Solo luego de insistir, narra un hecho que hecha luz sobre su forma de ser. En su primer año con el nuevo cargo, “en la poda me pasó que había un hombre como que no le gustaba que una mujer lo mande, como que no hacía caso a las recomendaciones que uno le daba. Un hombre grande. Pero… O sea, yo tengo la paciencia del mundo, pero mi paciencia en algún momento se termina. Así que lo único que le dije es que yo estaba de encargada, así que me tenía que respetar. Y si no, que dejara su escalera y se retire del establecimiento. Y eso fue lo que hizo. Se fue”, y se ríe con una mezcla de picardía y orgullo por lo que hizo.
“Creo que esa fue la única complicación”, aclara, y reconoce que “muchos me dicen que tengo cara de seria, o de mal llevada. Pero no. Es hasta que me tratan. Pasa que tampoco uno se puede andar riendo con todo el mundo, porque, como siempre digo, si das mucha confianza, después empiezan los problemas”.
Fue clave el respaldo de los dueños del establecimiento para que se pueda afianzar en su rol, en especial con “don Renzo” Tacchetti como ella lo llama: “Me siento cómoda yo en este trabajo porque los jefes te entienden, se puede charlar con ellos. O sea... son piolas”, acota.
Y cuanta que esa vez que tuvo el problema con el podador, “el mismo jefe vino y lo dejó en claro. Siempre aclaran, cuando viene gente a pedir trabajo, que acá hay una encargada. Y siempre que se pone un límite, o hay cuestiones de tareas que hay que modificar, y hay que hablar con los empleados, ellos están presentes”.
“Yo era más que nada de trabajos varios, no entendía lo que era la responsabilidad de llevar tantas hectáreas de frutales. Hay que estar atento a las pulverizaciones, hay que tratar con ingenieros, está el tema de los compradores de fruta, porque el dueño acá también tiene fruta de caroso”, relata una parte de su rutina.
A eso se suma el manejo del personal, aprender y traducir técnicas de poda, administrar el riego, programar los trabajos del suelo (como la fertilización). No puede olvidarse de comprar el gasoil suficiente para los tractores, controlar los egresos de fruta, el etiquetado de los bins, y organizar los pedidos de fruta para mercado interno.
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Una vida en la chacra: Yanina comenzó a trabajar en el campo a los 12 años.
“Es cuestión de organización y del empeño que le ponga cada uno. A mí por lo menos me gusta, y me siento cómoda en este trabajo. Porque los jefes te entienden, y se puede charlar con ellos”, y considera clave “siempre prestar atención a todo. Y con el tema de la gente, hay que tratarlos bien y respetarlos. Vos los respetas, ellos te respetan”.
Hasta hace dos semanas, el turno de trabajo iba de 6 de la mañana a las 2 de la tarde, para aprovechar la fresca. Pero como ya amanece más tarde, ahora el turno pasó de 7 a 15. Todos trabajan de corrido, salvo el tractorista que saca los bins del monte y el cargador que los sube al camión. Y Yanina, que se va cuando ya no queda nadie en la chacra.
Sobre su rutina, que consiste en recorrer las 3 chacras, cuenta que lo hace en su moto: “Voy para allá, vengo para acá, ando. Aparte que es otro ambiente. Estamos rodeados de frutales, sombras, canales, fruta a discreción para comer”.
“Trabajamos todo el año para esperar este momento. Así que por eso se trata de hacer todos los trabajos lo mejor posible. Porque después los resultados se ven en la cosecha”, sintetiza sobre las premisas de su trabajo.
El buen trato
Buena parte de su energía está puesta en que lo cotidiano fluya sin contratiempos, y vuelve sobre la relación con el personal al explicar que “todo depende del trato que uno le dé a la gente. Yo no les falto el respeto y ellos a mí tampoco. Se habla, se explica el porqué de, por ejemplo, una suspensión, o por qué se quedó sin trabajo. Se explican las razones o los motivos, y lo entienden”.
Aunque aclara que “para llegar a despedir a alguien tiene que ser algo demasiado”, y asegura que “yo a los que no saben, por ejemplo, diferenciar una pera Packam´s de una Williams (y me ha pasado un montón de veces que viene gente que no sabe diferenciar), me tomo el trabajo, les explico cuál es la diferencia. Les digo que, si tienen dudas, que me lo hagan saber. Entonces yo les trato de ir ayudando también, porque nadie nació sabiendo. Entonces tenemos que ayudar”.
La meta es trabajar para que la fruta “tenga la mejor calidad y sanidad posible”, dice quien cuando la faena se pone cuesta arriba en los picos de la cosecha también se trepa a algún tractor: “Por ahí les ayudo a los muchachos a sacar bines si estamos muy atareados. No he agarrado herramientas (rastra o curadora), pero en lo que puedo ayudarles, siempre les doy una mano”, comenta sobre otra de sus habilidades.
Sobre como afrontó la situación de haber tenido que salir a trabajar de tan chica, lo toma con naturalidad, y asegura que “era necesario porque tenía que ayudarle a mi mamá y creo que me sirvió bastante igual. Comparado con la juventud de ahora, creo que fue bastante bueno. Porque uno se independiza, no depende de nadie”.
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Pasión por el Valle Medio: Yanina recorre en moto las tres chacras que administra.
Auriculares en la sien
Y Yanina también terminó el secundario. “En ese tiempo –rememora-, venía a trabajar. De día juntaba ramas (de la poda), y en la noche me iba a estudiar, porque lo terminé en la nocturna”.
Desarrolló su propio método de estudio para eficientizar los tiempos: “Cuando tenía parciales, grababa todo en el celular, y mientras juntaba ramas, me ponía a escuchar lo que yo había grabado. Era mi forma más fácil de estudiar”.
Así, con los auriculares puestos hacía su trabajo. Ya tenía 24 años. En ese momento “ya tenía otro nene yo. Porque tengo dos hijos. Y él era bebé, me acuerdo que era re chiquitito él. Así que bueno… Estaba un poco ausente en casa porque tenía que trabajar, estaba un ratito en mi casa y me iba a la escuela. Y es como yo digo: También es gracias a la familia. El que me que me dio una mano gigante fue mi marido. Porque yo después me volví a juntar con el papá de mi hijo y él me ayudaba un montón. Así que no me puedo quejar".
Hombre
El medio rural tiene una alta predominancia masculina. Trabajo rudo, clima adverso. Cierto machismo sobrevuela.
¿Tuviste problemas con la cuestión de ser mujer alguna vez? ¿Te sentiste menos o te hicieron sentir menos, o sojuzgada, por ser mujer?
“No, eso se da porque cada una se deja. Yo digo que las mujeres podemos hacer un montón de cosas si nos proponemos y tenemos la voluntad. Yo tengo mi marido, y él a mí no me prohíbe nada. El me conoce y ya sabe que soy así, que me gusta este trabajo, que me gusta ser independiente, en el sentido que no me gusta que me anden manteniendo. Yo digo que cada uno, si se propone, llega a hacer lo que quiere. Hay que ponerle más voluntad y ganas a las cosas. Y buscar las formas”.
Los hijos han crecido. La mayor tiene 15 y el más chico 6 años. Qué espera para el futuro de ellos también fue parte de la charla con Yanina, la encargada.
Cuanta que “ellos han venido acá, han estado conmigo en mi lugar de trabajo, y me conocen como soy acá, pero no creo que sea algo como para ellos. Ya la piba mía, la más grande, tiene quince y está en el secundario. Siempre le digo que estudie, que haga una carrera que le guste. Porque es muy linda la chacra, pero en el invierno sufrís mucho. Mucho frío. Han llegado a haber heladas de once grados bajo cero. Y tenés que andar. Y en el verano es sufre por el calor. Cuarenta, cuarenta y dos grados tenés. Y en entre los frutales no corre el aire. Por eso yo le digo a mis hijos que tienen que estudiar. Mientras yo pueda, siempre les voy a ayudar”.
Para el desayuno, prefiere tomar mate una vez que llega a la chacra. Escucha las noticias y sabe que se debate una reforma laboral. No la conmueve el tema: “Básicamente a la política no le presto atención. Porque como yo digo, tenemos que trabajar igual”.
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Madre y trabajadora: Yanina equilibra la crianza de sus hijos con la gestión rural.
Cuando termina la temporada de cosecha todo se tranquiliza. Quedan 4 trabajadores fijos. Mientras, repasa su rutina actual de plena cosecha: “ahora hay que estar controlando los bienes que salen de las plantas para mandar al empaque, hay que etiquetarlos, hacer remitos, entregar los vales de la gente (porque después los fines de semana cuando van a cobrar tienen que tenerlos para presentar en la oficina). Tengo que controlar que los números den exactos con las cargas. Y después los bines de industria, porque mandamos la fruta del suelo a la juguera de Regina. Comprar el gas oíl. Si me piden durazno, tengo que decirle a la gente cuantos cajones necesito. Y controlo que los pedidos salgan correctamente”.
Terminada la cosecha, “en mayo arranca la poda, y ahí son 15 o 20 personas. Después en agosto viene el tema de las curas. En octubre, empezamos con el riego y después el raleo”.
¿Estás contenta con tu trabajo?, fue una de las preguntas finales.
“Qué mejor que estar acá, digo yo. Al aire libre. Aparte, los patrones son complicados, no andan encima de uno. Ellos saben muy bien, me conocen. Saben que yo siempre les organizo todo, todos los días. Dejo incluso un día antes organizado. Ya en mi mente tengo pensado qué voy a hacer mañana”.