Dilemas de un pequeño productor que descargó su bronca en un video
Bajos precios, estafadores, costos altos, poca superficie. Y el amor a la tierra que lleva al productor a renovar su lucha para mantenerse en el sistema.
Las peras caen pesadas sobre la tierra. Grandes, verdes, perfectas. No están podridas ni golpeadas. No son descarte. Son frutas listas para cualquier verdulería de barrio, para cualquier mesa familiar. Pero nadie las va a comer. “Le voy a devolver a la tierra lo que la tierra me da”, dice el productor Horacio Vicci mientras sacude con fuerza el alambre de las espalderas. Cada movimiento desprende decenas de peras que se estrellan contra el suelo de su chacra en Lamarque, en el corazón del Valle Medio de Río Negro. La escena, registrada en un video que se volvió viral, no es un acto de locura ni de capricho: es el resumen brutal de un sistema que dejó de funcionar para los pequeños productores frutícolas.
Horacio se pregunta, mirando a la cámara, para qué trabajar si después los intermediarios del Mercado Central de Buenos Aires le pagan entre 250 y 300 pesos el kilo. La pregunta queda flotando en el aire caliente del verano patagónico. No tiene respuesta sencilla.
Porque esos 300 pesos, que al cruzar la General Paz se transforman en 4.000 en una verdulería, no llegan nunca en tiempo y forma. No son al contado. Pueden llegar a los 30, 60 o 90 días. O pueden no llegar nunca.
El costo de producir y la trampa de vender
Horacio Vicci no es solo productor. También es dirigente en su cámara. Conoce los números, los costos, las reglas no escritas del negocio. Se levanta todos los días a las 5:30 de la mañana y trabaja hasta que el cuerpo aguanta. Recién cerca del mediodía, cuando vuelve a tener señal en el celular, puede atender la llamada del periodista de +P.
“Hice el video para que la sociedad sepa un poco lo que les pasa a los productores”, explica. Y entonces aparece el dato que cambia el tono de la charla: el año pasado entregó toda su cosecha a un intermediario. Por necesidad. Por urgencia. Por esa fe casi irracional que todavía sostiene a muchos chacareros. Cobró apenas el 20 % de la fruta entregada. El resto nunca llegó. Hoy le deben cerca de 70 millones de pesos.
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“Con esos 300 pesos no cubrís los costos. Encima ni cubrís los costos”, repite, como si necesitara convencerse a sí mismo. “Si te pagaran de contado, más o menos podría ser. Comprás gasoil para el resto del año, le pagás a la gente. Pero acá tal vez cobrás a los tres o cuatro meses”.
El problema no es solo el precio. Es el tiempo. La incertidumbre. La falta total de garantías.
La decisión más dura
Después de hacer cuentas, Horacio tomó una decisión que para muchos productores suena a derrota: toda la pera de su cuadro de tres hectáreas va directo a la industria juguera. No a la mesa. No al consumo fresco. “Nos pagan 100 pesos el kilo y pagan enseguida”, dice. La cifra duele. Pero al menos es real.
En la chacra, una cuadrilla de nueve obreros termina de juntar la fruta que será sidra o jugo. “Estamos trabajando a planta pelada. Todo vamos a llevar. Lo de la planta y lo del suelo”, explica. No hay margen para seleccionar, para esperar, para especular.
Esperar implicaría alquilar frío, asumir costos que no puede pagar y cruzar los dedos para que aparezca algún comprador. “No puedo afrontar ese gasto. Entonces preferí vender a la industria”, resume.
El sueño del chancho flaco
Después de la estafa del año pasado, Horacio volvió a apostar. Porque el productor, como dice él mismo, siempre vuelve a apostar. “El chancho flaco siempre sueña con maíz”. Vendió un auto para llegar a esta temporada. La cosecha se prefinancia: gasoil, mano de obra, insumos, mantenimiento. Todo se paga antes de vender una sola pera. La idea era recuperar el auto con la cosecha de este año. La realidad fue otra.
“Con lo que están pagando no me alcanza ni para una bicicleta”, dice, sin dramatizar, como quien ya pasó todas las etapas del enojo.
pera cosecha lamarque
Costos que no cierran, pagos que no llegan y una brecha de precios que castiga al productor: qué hay detrás del video que se volvió viral.
Horacio tiene otro cuadro, de dos hectáreas y media de manzanas. Lo está arrancando. Literalmente. Sacar las plantas es, para un productor frutícola, una de las decisiones más dolorosas que existen. Piensa en una reconversión, pero todavía es apenas un plan. Cada planta nueva cuesta entre 12.000 y 15.000 pesos. El dinero no está.
La opción de sembrar alfalfa tampoco cierra. Tiene una hectárea y media en blanco. “Por el servicio de corte y enfardado te cobran entre el 50 y el 51 % de lo que sacás. Y encima te dicen que por esa superficie ni les conviene mover las máquinas”. El margen desaparece en cada alternativa.
El intermediario como problema estructural
“Acá el problema es el intermediario”, dice Horacio sin rodeos. Y vuelve a la cifra que resume todo: 300 pesos para el productor, 4.000 para el consumidor. No es un caso aislado. En el Valle Medio, cuenta, hay historias de chacareros estafados de las formas más absurdas y creativas. “El puestero siempre te miente”, afirma, todavía con bronca. Camiones que se llevan la fruta y no vuelven. Promesas de pago que se diluyen. Papeles que no valen nada.
A pesar de todo, Horacio sigue. Porque no sabe hacer otra cosa. Porque esto no empezó ayer. “Esto viene de familia. Yo llegué a esta chacra cuando era todo monte. Tenía cinco años”, recuerda. Hoy está cerca de los 65. “Me duele todo el cuerpo”.
Habla del pasado con una mezcla de nostalgia y resignación. “Cuando uno se pensaba que era Superman y le metía todos los días como un animal”. Las peras siguen cayendo al suelo. No es desperdicio. Es un gesto de protesta. Una forma de mostrar que el problema no es la producción, ni la calidad, ni el trabajo.
El problema es que, en algún punto del camino entre la chacra y la góndola, la fruta dejó de valer para quien la produce. Y cuando eso pasa, no solo se pierden peras: se pierde una forma de vida.