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El legado de los Lombi: Un siglo de historia con la producción en Cipolletti

Con la serenidad que dan los años y la satisfacción del deber cumplido, Luis “Chiche” Lombi, repasa la historia que comenzó hace más de un siglo, cuando sus antepasados llegaron desde Italia para dedicarse a la producción en el Alto Valle.

La historia de los Lombi es parte de esos relatos de inmigrantes europeos que escaparon de la guerra en busca de mejores oportunidades y llegaron a distintos puntos de América para quedarse para siempre. Esas raíces hoy están presentes en cientos de proyectos productivos como los que hay en Cipolletti, una de las ciudades protagonistas de la actividad frutícola, que comenzó en la época de los territorios nacionales.

Por la ruta 22 hacia Río Negro, La Colonia Marconetti delimita un entramado productivo repleto de chacras, caminos entre alamedas y aroma a frutales. En una de estas fincas se asentaron los hermanos Lombi. El primero en arribar a la zona de Allen fue Ezio Lombi, el tío de Luis “Chiche” Lombi, quien nos cuenta la historia familiar. Ezio, fue pedido a Italia por unos parientes y llegó a la Argentina en 1926.

Por su parte, la abuela Teresa había quedado viuda, por la muerte de su esposo en la guerra de 1914, por lo que tiempo después emigró desde Italia junto a su otro hijo, Lino, el padre de Chiche. De esta forma Lino y su hermano Ezio comenzaron a trabajar juntos en una chacra familiar en Cipolletti.

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Documento de Lino Lombi, padre de Luis Chiche Lombi, emigrado de Italia. Foto: gentileza familia Lombi.

Un legado de 100 años

El camino de los Lombi comenzó en la producción vitivinícola, en una época donde la popularidad del vino de mesa permitía la proliferación de bodegas familiares. Más tarde, ya con su propia chacra de 12 hectáreas, hacia la década del 40, continuaron con la producción hortícola con cultivos tomates y verduras de hoja, las cuales vendían por cajón en las casas familiares que tenían buen poder adquisitivo en Cipolletti.

Asimismo, la familia también contaba con una importante producción de papas, que una vez cosechadas se enviaba en tren para ser comercializadas en Bahía Blanca.

El tío de Chiche, Ezio Lombi, se casó y tuvo cuatro hijos, mientras que Lino también se casó y tuvo dos: Jorge y Luis. En ese entonces, el trabajo en la chacra se reservaba para los descendientes varones, mientras que las mujeres se dedicaban al cuidado de la familia, lo que permitía a los hombres dedicarse a la chacra a tiempo completo.

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Luis 'Chiche' Lombi repasa un siglo de esfuerzo entre vides, hortalizas y frutales.

“Mi papá falleció en el año 66 con solo 50 años de edad”, recuerda Chiche sobre la partida de su padre, que implicó que él y su hermano se hicieran cargo de la chacra familiar. Con el paso del tiempo y luego de varias modificaciones en la empresa frutícola, las fincas quedaron divididas en seis hectáreas cada una, propiedad de cada uno de los hermanos.

En sus mejores épocas, en el período dorado de la fruticultura, la empresa familiar llegó a fundar su propio galón de empaque, el cual por motivos económicos fue vendido varios años después. Como muchos pequeños emprendedores del sector, los Lombi también vivieron con preocupación “por las firmas que quebraban y se nos llevaba la cosecha completa”, recuerda Chiche.

Asimismo, la producción se convirtió de la horticultura, al cultivo de peras y manzanas. Chiche recuerda que los primeros árboles los compraron en el vivero de Rosauer, y una vez que empezaron a dar, se dedicaron enteramente a los frutales. "Fue un trabajo de hormiga, de cuidar cada planta y entender que la tierra te devuelve lo que uno le pone", reflexiona Lombi al recordar los inicios.

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Don Lino: la firma que honra el pasado y mantiene viva la fruticultura en las chacras locales.

“Don Lino” y un renacer

Hoy, la posta pasó a la tercera generación, Chiche y su esposa tuvieron dos hijos, Matías Lombi, es quien trabaja en la chacra desde que terminó el secundario y quien hoy está a cargo de la producción. Bajo la firma "Don Lino", la familia no solo mantiene la producción, sino que preserva una identidad rural que es columna vertebral de la región.

La transición no fue solo de mando, sino de saberes: la adaptación tecnológica sin perder la esencia del trabajo artesanal que caracteriza a la fruticultura valletana. “Lo que nos inculcaron a nosotros es seguir para adelante”, dice Matías, que acompaña a su padre en la chacra familiar, donde aun se conserva la histórica casa que construyeron sus abuelos.

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De generación en generación: Matías Lombi continúa el trabajo que su abuelo inició en 1926.

“Hoy somos muy pocos los que seguimos con la actividad, pero ésta es una de las zonas que todavía se conserva la actividad de la producción de pera y manzana, porque el Valle prácticamente está destruido” admite el productor.

“Yo vi crecer (a Cipolletti) con esa pujanza, esa de los galpones de empaque, esos aserraderos, esas bodegas, esa gente al mediodía, cuando salía y cubría la calle en bicicleta, de la cantidad de mano de obra que había acá, no es cierto, y todo eso que ahora no lo podamos ver me da tristeza”, asegura.

Sin embargo, no todo está perdido: “Mi hijo es un señor productor”, dice Chiche y no puede evitar emocionarse. Aunque anhela el Cipolletti del ayer, el bastión productivo que fue la zona en la década del 70, para Luis Lombi, el balance es positivo. Más allá de los cajones de fruta o las hectáreas plantadas, lo que queda es la certeza de haber echado “raíces profundas” en una tierra que, cien años después, sigue dando sus mejores frutos.