La saga de los Martínez: cómo conquistaron el desierto de Patagonia con manzanas desde 1924
¿Es posible transformar el desierto en un imperio frutícola con solo voluntad? La centenaria historia de los Martínez en el Alto Valle rionegrino.
La genealogía de la producción frutícola en la región posee nombres propios que forjaron su destino con sacrificio. En 1924, el horizonte de la Patagonia representaba una promesa incierta para quienes huían de la pobreza en Europa. Ildefonso Martínez Rodríguez y Soledad Fuentes Pérez partieron de Cuenca del Campo, en la provincia española de Valladolid, con un pequeño hijo de tres años, Ildefonso Martínez Fuentes, en busca de un futuro que el viejo continente negaba.
Lejos de los estragos de la futura guerra civil, que estallaría recién en 1936, la familia Martínez desembarcó en el Puerto de Buenos Aires con la determinación de trabajar la tierra bajo el sistema de colonización del gobierno nacional. Este mecanismo entregaba parcelas a cambio de trabajo constante, y así recalaron en la zona de Huergo y Godoy, en el entonces territorio nacional de Río Negro.
Yanina Martinez, descendiente de esta familia de pioneros que dio forma al emblematico establecimiento “Los Tres Puentes”, cuenta en diálogo con +P que recibieron inicialmente dos parcelas de 25 hectáreas cada una, sumando un total de 50 hectáreas de monte improductivo. El primer gran desafío técnico consistió en "envolver la tierra" para otorgarle el sustento necesario.
Por este motivo, el primer cultivo que pobló el suelo fue la alfalfa, esencial para enriquecer la composición del terreno antes de la implantación de frutales. Una vez que el suelo alcanzó el vigor requerido, los Martínez transicionaron hacia la uva y, finalmente, hacia la manzana, el fruto que definiría el apellido familiar en las décadas siguientes.
1989: El nacimiento de una infraestructura exportadora
El crecimiento de la familia Martínez en suelo argentino consolidó el arraigo de la estirpe. El abuelo Ildefonso crió a sus cuatro hijos en la chacra: uno de origen español y tres nacidos bajo la bandera argentina.
Sin embargo, la verdadera transformación industrial llegó con la siguiente generación. En 1980, el abuelo Ildefonso se trasladó a Villa Regina, donde falleció en 1982. En aquel momento, su hijo Raúl asumió la conducción total de la explotación con apenas 32 años de edad.
A pesar de la resistencia inicial del abuelo, quien prefería el modelo de producción tradicional sin integración, la visión del hijo prevaleció para dar el gran salto hacia el empaque propio.
Sentada frente al escritorio que supo ser de su padre, Yanina cuenta que la familia recuerda esos días con una mezcla de orgullo y nostalgia, rememorando la dureza de las jornadas rurales donde el dolor físico y el sacrificio extremo constituían la norma diaria para avanzar sobre la geografía rionegrina.
Un hito fundamental ocurrió el 24 de enero de 1989, fecha en la que el establecimiento obtuvo la habilitación oficial de su primer galpón de empaque y las cámaras de frío iniciales.
Este avance ocurrió en un contexto económico complejo, pero permitió que el nombre de la hacienda se consolidara firmemente en el sector de Los Tres Puentes. La transición de ser simples productores a encargarse del proceso de empaque y conservación cambió la escala del negocio familiar para siempre.
La adolescencia de Yanina transcurrió entre las tareas de administración, ayudando a su padre a transcribir las cargas de una libreta a otra, aprendiendo desde la base los secretos de la logística frutícola.
El relevo generacional y la visión de Yanina Martínez
Hoy, la estructura productiva alcanza dimensiones que los fundadores de 1924 difícilmente imaginaron. Bajo el nombre "Hacienda Martinez", desde 2004 cada uno de los tres hermanos maneja individualmente 140 hectáreas, con un volumen de producción que oscila entre los 8 y 9 millones de kilos de fruta por unidad de negocio.
La infraestructura evolucionó hasta contar con 14 cámaras de frío, incluyendo tecnología de punta. Yanina, tras un periodo de búsqueda de independencia profesional, regresó a las raíces familiares para aplicar una gestión moderna y tecnificada. Bajo su liderazgo, la empresa incorporó recientemente un generador propio para operar las 14 cámaras bajo el sistema de atmósfera controlada, una técnica esencial para mantener la calidad de exportación durante todo el año.
La empresaria asumió el control de la exportación directa hace aproximadamente un año y medio, rompiendo con la dependencia de intermediarios y enfrentando los desafíos de la comercialización internacional. Su enfoque prioriza la administración eficiente y el contacto directo con los clientes extranjeros, una tarea que comparte con su marido para garantizar la sostenibilidad de la firma.
A pesar de la complejidad del mercado, Yanina sostiene que el aprendizaje solo surge de la experiencia directa y de la responsabilidad de gestionar los propios recursos, una lección que heredó de la tenacidad de su padre.
Innovación con propósito: el valor del orujo y la educación
La visión de Yanina trasciende la mera comercialización de fruta en fresco. Inspirada por lo que denomina la memoria del esfuerzo ancestral, busca constantemente otorgar un valor agregado a la producción. Este interés por el aprovechamiento integral de la materia prima la llevó a explorar la industria de la sidra, utilizando la planta piloto de la Universidad de Río Negro. Además, la firma promueve el uso del orujo para la fabricación de productos innovadores como leña, pellets y harina de manzana, demostrando que el descarte del proceso industrial posee un potencial económico inmenso.
Finalmente, el legado de los Martínez se proyecta hacia la comunidad a través de un programa de visitas guiadas iniciado en el año 2023. Yanina recibe a contingentes escolares en la chacra y el galpón de empaque para mostrarles el ciclo completo de la fruta. Durante estos recorridos de cuarenta y cinco minutos, los niños descubren el funcionamiento del frigorífico y las diferentes variedades de peras y manzanas.
Con esta iniciativa, la familia no solo exporta calidad al mundo, sino que también siembra en las nuevas generaciones el respeto por la identidad productiva del Alto Valle y la convicción de que el trabajo en la tierra ofrece un futuro lleno de posibilidades.
En esta nota











