Definiciones de un chacarero noble que aún conserva la fe en la fruticultura
Aún quedan en el valle esas pequeñas atalayas familiares que no fueron devoradas por el modelo de máxima rentabilidad de las empresas frutícolas. El caso del empecinado chacarero que aún cree que se puede sostener una familia con dignidad con 25 hectáreas.
Daniel Pérez es el presidente de la Cámara de Productores de General Roca, y anda buena parte del día sin señal de celular porque, en estos días de cosecha, se la pasa manejando el camión con el que acarrea su fruta a un galpón de empaque local. Sobre las cinco de la tarde, y antes del próximo viaje, logra atender el llamado de +P para arreglar la entrevista. Como tantos productores, entrega la fruta sin saber cuál es su precio ni cuándo le terminarán de pagar. Le cayó granizo y es de los productores que se resisten a abandonar la chacra.
Con sus raíces hundidas en el origen del Alto Valle, y siguiendo el legado de su abuelo —quien comenzó a dar vuelta la tierra por el año 1902—, se esfuerza por demostrar (y demostrarse) que una chacra de 25 hectáreas le puede permitir a una familia vivir con dignidad. Pero este año, más allá de las dificultades habituales, hay una que más lo molesta: “Lo de la industria (juguera) es un desastre, porque nos pagan lo mismo que el año pasado, y el año pasado nos pagaron lo mismo que el anterior. Llevamos tres temporadas con los mismos precios”.
No hay posibilidad de negociación en este rubro. El productor lo toma o lo deja. Les pagan unos 100 pesos el kilo por la fruta que no es apta para su aprovechamiento comercial. Pero en el último estudio emitido por la Mesa de Transparencia Frutícola, según las estimaciones de técnicos del INTA y de la provincia, el costo de cosecha —es decir, solo el de recolección— fue estimado en 131 pesos. Eso contempla la mano de obra y el flete hasta el comprador.
La cosecha está llegando a su fin. Según Pérez, “a lo sumo quedarán dos semanas para terminar con los clones de la Red”. De su charla cotidiana con otros productores, que se da cuando llega al galpón, concluye que “este año hay menos manzanas, por lo menos un 20 por ciento”, mientras que en peras “la cosecha estuvo bien en tamaño y rinde”.
“Yo no me voy a mandar la parte. Acá el rendimiento va de 35 a 40.000 kilos por hectárea”, dice sobre este pedazo de tierra que está al sur de la ciudad, a pocos metros del río Negro.
Pérez tiene buena memoria y recuerda cuando su padre, junto a otros diez productores, formó una cooperativa: “En ese momento se hablaba de una caja a Brasil a 14 o 15 dólares. Son más o menos los mismos precios de hoy. Lo que ha cambiado es que los costos antes eran mucho menores en la chacra; ahora se fue colgando un montón de gente a la manzana y a nuestro circuito económico, y hoy para la manzana queda cada vez menos”.
También explicó el fenómeno de las chacras abandonadas y habló de los viejos productores que quedan atrapados en una penosa situación porque no tienen para pagar un alquiler en la ciudad. También dice que “no hay que cortar el hilo por lo más delgado” cuando se refiere a las paritarias con los trabajadores rurales.
Fruta a industria
“El anteaño pasado terminaron pagando cien pesos, el año pasado pagaron cien pesos y este año arrancaron con cien pesos. La pera la clavaron ahí, en cien mangos, y ahora dicen que la manzana puede estar en ciento treinta o ciento cuarenta. Alguna sidrera está pagando ciento sesenta, pero las sidreras tienen cupos chicos, reciben a pocos productores y cortan. Por eso este año lo de las jugueras es un desastre”, describe.
No hay chances de negociación: “Ahí es a cara de perro. Vos podés ir y decirles que el número no cierra, pero no podés negociar nada. Si no viene una negociación de más arriba, del Ministerio de Producción, los productores somos conscientes de que vamos a perder siempre”.
Pasa que el trabajo de recolectar lo que queda en las plantas debe hacerse igual para limpiar el monte para el año próximo y asegurar una buena floración.
Costos
Pérez tiene 15 hectáreas plantadas de pera y otras 10 con manzanas, y se define como un “optimista”. Argumenta: “Creo que esto tiene que empezar a funcionar, porque donde medianamente te acompañen un poquito los valores y los costos se estabilicen, todo tiene que volver a ser lo que era hace un montón de años, cuando podías vivir bien de tu producción, progresar, mejorar la chacra e ir mejorando el estilo de vida también”.
Está al tanto de que, en los galpones de empaque, los costos de algunos insumos han bajado “y ahí puede quedar algo para la fruta”. Pero, además, “algunos remedios importados los hemos comprado al mismo valor del año pasado y algunos hasta un poquito menos”. Lo que lo inquieta es el precio del combustible, porque “al fin del día te gastaste en un tractor cien mil pesos para mover los bines”.
El chacarero y la paritaria
Es frecuente escuchar sobre el peso que tiene la mano de obra en el costo de la fruta, pero para este productor de 72 años y charla franca, a ese tema “no hay mucha vuelta que darle: si el IPC dice tanto, es tanto. Tampoco se puede cortar el hilo por lo más delgado”. Reconoce que “a nosotros nos cuesta pagarle lo que está ganando, pero no está ganando mucho tampoco. Los costos hoy de una familia son grandísimos y uno tiene que entender que el empleado tiene que vivir, mantenerse y mandar a los chicos a la escuela”. Y aclara su postura: “No es que el empleado se esté llevando más plata de la que se merece”.
En la calle de acceso a la chacra se cruzan dos tractores. Están terminando de cargar el gris Mercedes-Benz 1114. En eso aparece su nieta, Morela, manzana en mano. Viene de uno de los cuadros donde ayuda con el etiquetado de los bines. Sus hijos, Eduardo y Carlos, andan por ahí. Uno recibe a un ingeniero que viene del galpón de empaque y arman una reunión con los cosechadores; el otro se prende en la charla. Tiene otro trabajo además de la chacra.
“Vengo de dos heladas seguidas: la del año pasado, la del anteaño pasado y este año me tocó la piedra. Venimos medio castigados. Pero le ponemos pilas y seguimos apostando por la fruticultura. Ellos (sus hijos) podrían haber elegido otra cosa, pero les gusta esto, lo hacen bien, hacen buena fruta. No me tengo que resignar porque las cosas vayan mal. Igual, le digo a mi esposa, tampoco me gustaría dejarle una moto con las ruedas pinchadas”, resume cuando le toca hablar del futuro.
Gente grande
Es de los chacareros que conocen el nombre de sus vecinos y sus historias. Gente de toda la vida en un mismo lugar. Le preguntamos cómo analiza el fenómeno de las chacras abandonadas y contesta desde la nobleza de esos vínculos comunitarios.
“Muchos productores, la mayoría de los que tienen chacras abandonadas, no tienen continuidad. Ya sea porque no tienen hijos varones, o han tenido hijas mujeres, o hijos que no quieren seguir con la chacra”, advierte. Se trata de personas que pasan los setenta años y ocurre que “muchos se resignan: la alquilan, la venden, la malvenden y otros la abandonan”.
Pero también están los que se encuentran como atados de pies y manos. Pérez asegura que “no venden porque dicen: ‘Si la vendo, no me puedo comprar ni una casa en Roca; entonces me quedo acá en la chacra, la tengo así abandonada, pero tengo la casa para vivir y no tengo que pagar alquiler’”. Además, siempre alguna gallina se puede criar.
Se trata de productores “que han tenido una vida similar a la mía, que han nacido en la chacra y están ahí, como enraizados. ¿Cómo los movés? Es difícil, pero sí es cierto que se han perdido un montón de hectáreas productivas”.
Para este dirigente, como dijo alguna figura política, es de público conocimiento que “la economía es la que ha ido haciendo desastres”, y rememora la época dorada de los años 60 y 70.
Recuerda a un vecino que tenía cinco hectáreas y media, que “vivió muchísimos años acá cerca y logró cambiar cuatro autos cero kilómetro. Hoy, con cinco o seis hectáreas, tenés que trabajar vos como un esclavo si querés comer”.
El veterano 1114 tiene problemas en la llave de contacto y el alternador no carga la batería. Mientras espera que un cargador externo complete la carga, charlamos en la punta de una de las filas ya cosechadas. Son las 12. Los trabajadores se van al almuerzo y él los saluda por su nombre.
El comentario obligado gira en torno al reciente costo de producción difundido de manera oficial. El promedio dio que la fruta, puesta en la tranquera, cuesta producirla 34 centavos de dólar.
“El otro día, en el galpón, otro viejo como yo de Cervantes me decía que le dieron la liquidación final. Terminó cobrando a fin de año 17 centavos de dólar. Ese fue el promedio de toda la fruta que entregó”, explica.
El manto negro Bruno juega a sus pies. El ingeniero saluda luego de la reunión. Verificadores externos sobre temas sanitarios y observadores de buenas prácticas agrícolas están por visitar la chacra. Nos despedimos con un apretón de manos. A las tres de la tarde todos volverán al trabajo y la rueda de la vida seguirá su curso.
Fuente: Redacción +P
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