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El modelo Nueva Zelanda: la hoja de ruta que podría salvar a la manzana argentina

Mientras Nueva Zelanda exporta manzanas a 1,77 dólares por kilo, Argentina apenas alcanza los 0,81: las claves detrás de una brecha que no deja de crecer.

Por décadas, la manzana fue uno de los símbolos más claros de la inserción internacional de la fruticultura argentina. Desde el Alto Valle de Río Negro y Neuquén, miles de toneladas partían cada temporada hacia mercados de todo el mundo. Sin embargo, el escenario actual muestra una transformación profunda del negocio global y, sobre todo, una brecha cada vez más amplia entre modelos productivos: el de Argentina y el de Nueva Zelanda.

Un reciente informe de la consultora iQonsulting permite dimensionar con claridad este fenómeno. El comercio mundial de manzanas frescas alcanzó en 2025 un récord de 7.945 millones de dólares, con un volumen cercano a las 7,8 millones de toneladas. No obstante, detrás de ese número histórico en valor se esconde una tendencia preocupante: las exportaciones globales cayeron un 2% respecto de 2024 y, si se toma una perspectiva más amplia, el volumen comercializado muestra una contracción cercana al 15% desde el pico de 2017, cuando se superaron los 9,3 millones de toneladas.

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Este doble movimiento —menor volumen pero mayor valor— redefine las reglas del juego. El negocio ya no se trata solamente de producir más, sino de producir mejor y vender en los mercados adecuados. Y es precisamente en ese punto donde las diferencias entre países se vuelven determinantes.

Un mercado en transformación: menos volumen, más valor

El mercado global de la manzana atraviesa una etapa de transición. Si bien la demanda se mantiene relativamente firme, los volúmenes muestran señales de fatiga. Las razones son múltiples: cambios en los hábitos de consumo, competencia con otras frutas, mayores costos logísticos y una creciente exigencia de calidad por parte de los consumidores.

Sin embargo, el dato clave es que los precios promedio continúan en ascenso. En 2025, el valor medio de exportación superó por primera vez el dólar por kilo (1,01 USD/kg), consolidando una recuperación sostenida desde 2022, cuando se registró uno de los niveles más bajos de la última década. En apenas tres años, el precio promedio creció cerca de un 20%.

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Este fenómeno indica que, aunque el mercado se contraiga en volumen, está dispuesto a pagar más por fruta diferenciada, de calidad superior y con atributos específicos. En otras palabras, la manzana se está transformando en un producto cada vez más segmentado. En este contexto, países como China, Italia y Estados Unidos lideran el comercio internacional con participaciones del 12%, 12% y 11% respectivamente. Sus precios FOB rondan entre 1,18 y 1,30 dólares por kilo, ubicándose en torno al promedio global.

Pero hay un actor que rompe esa lógica: Nueva Zelanda.

Al analizar la oferta exportable del hemisferio sur, el liderazgo en volumen corresponde a Sudáfrica, que en 2025 exportó más de 681.000 toneladas, alcanzando un récord histórico. Le siguen Chile con 570.000 toneladas y Nueva Zelanda con algo más de 416.000 toneladas.

Argentina, en cambio, aparece muy rezagada, con exportaciones que apenas superan las 91.000 toneladas. La comparación es contundente: Sudáfrica exporta casi siete veces más, Chile seis y Nueva Zelanda más de cuatro veces lo que logra Argentina.

Pero el verdadero diferencial no está solo en el volumen, sino en el valor.

Nueva Zelanda: menos volumen, más rentabilidad

El caso de Nueva Zelanda es paradigmático. Si bien su volumen exportado ha tenido altibajos —con un pico en 2020 de 438.000 toneladas y una caída posterior hasta 339.000 en 2023—, su recuperación reciente hasta las 416.000 toneladas en 2025 vino acompañada de un salto extraordinario en valor.

En apenas dos años, las exportaciones pasaron de 533 millones de dólares a 737 millones. Este crecimiento no responde a un aumento significativo en el volumen, sino a una mejora notable en los precios.

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El dato más revelador es el valor promedio FOB: Nueva Zelanda pasó de 1,23 dólares por kilo hace una década a 1,77 dólares en la última campaña. Es el precio más alto registrado a nivel global. En contraste, Argentina alcanzó en 2025 un valor promedio de apenas 0,81 dólares por kilo. Es decir, un 55% menos que Nueva Zelanda.

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La diferencia no es marginal: implica que, por cada kilo exportado, Nueva Zelanda obtiene más del doble de ingresos que Argentina.

Argentina: pérdida de protagonismo

La evolución de Argentina en el mercado internacional es, en cambio, regresiva. Hace dos décadas, el país exportaba más de 250.000 toneladas de manzanas. Hoy, apenas supera las 90.000. La caída no solo es en volumen, sino también en valor. En 2025, las exportaciones argentinas rondaron los 70 millones de dólares, frente a los más de 700 millones de Nueva Zelanda. Es decir, apenas un décimo.

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Este deterioro refleja una pérdida sostenida de competitividad y posicionamiento internacional. Y no se trata de una cuestión coyuntural, sino estructural.

Las tres claves que explican la brecha

1. Destinos de exportación: mercados pobres vs. mercados premium.

Nueva Zelanda orienta parte importante de su producción hacia el sudeste asiático y mercados de alto poder adquisitivo: China, Taiwán, Vietnam, India, Tailandia, Japón y Singapur. En estos destinos, los precios superan ampliamente el promedio global, con valores que alcanzan los 2 dólares por kilo o más.

Argentina, en cambio, concentra más del 80% de sus exportaciones en mercados regionales como Brasil, Paraguay y Bolivia, además de una participación limitada en la Unión Europea. Estos mercados demandan fruta de menor calidad y pagan precios considerablemente más bajos. Como resultado, el promedio FOB argentino queda deprimido.

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La diferencia es estratégica: mientras Nueva Zelanda compite en segmentos premium, Argentina lo hace en mercados de bajo valor.

2. Variedades: innovación vs. estancamiento.

El segundo factor clave sin dudas es la oferta varietal. Durante décadas, el mercado global estuvo dominado por variedades tradicionales como Red Delicious y Granny Smith. Argentina fue protagonista en ese esquema. Pero el mercado cambió.

Nueva Zelanda lideró una revolución varietal con la introducción de nuevas manzanas como Gala, y posteriormente desarrolló variedades propias de alto valor y con características diferenciadas: mejor sabor, textura, color y vida útil. Además, suelen comercializarse en volúmenes controlados, lo que permite mantener precios elevados. Argentina, en cambio, continúa basada en variedades tradicionales, con escasa innovación. Esto limita su capacidad de competir en mercados exigentes.

3. Modelo productivo y comercial: exportación vs. industria

En Nueva Zelanda, más del 70% de la producción se destina a la exportación. En Argentina, ese porcentaje apenas alcanza el 16%. Además, en Argentina cerca del 40% de la producción se destina a la industria (jugos, concentrados), mientras que en Nueva Zelanda ese canal no supera el 20%.

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Esto tiene implicancias directas en la rentabilidad: la exportación genera mayores ingresos que la industrialización. A esto se suma la diferencia en productividad. Nueva Zelanda supera las 60 toneladas por hectárea, mientras que Argentina no alcanza las 40. Es decir, un diferencial calve mayor al 50%.

Un cambio de paradigma inevitable

El mercado global de la manzana está cambiando. Ya no premia el volumen, sino la calidad, la diferenciación y la capacidad de acceder a los mercados correctos. Nueva Zelanda entendió este cambio y adaptó su modelo productivo, varietal y comercial. Argentina, en cambio, sigue anclada en un esquema que perdió vigencia. La consecuencia es clara: una brecha creciente en precios, ingresos y participación de mercado.

A pesar del escenario adverso, Argentina aún tiene potencial. Las condiciones agroclimáticas del Alto Valle siguen siendo favorables. Existe conocimiento técnico y una tradición productiva consolidada. Pero es necesario un cambio profundo.

Esto implica:

  • Reconversión varietal hacia productos de mayor valor.

  • Mejora en la productividad por hectárea.

  • Rediseño de la estrategia comercial.

  • Apertura hacia mercados asiáticos.

  • Inversión en tecnología y calidad.

El desafío no es menor. Requiere coordinación entre productores, exportadores y políticas públicas.

El interrogante de fondo

La pregunta central es si el sector privado, en especial los empresarios, está en condiciones de dar ese salto. La vara es alta, pero el modelo neozelandés demuestra que es posible competir con éxito en un mercado global exigente. Pero también evidencia que el camino implica decisiones estratégicas de largo plazo.

Argentina supo ser un actor relevante en el comercio internacional de manzanas. Hoy, observa desde atrás cómo otros países capturan el valor. El futuro dependerá de su capacidad para reinventarse. Porque en el nuevo negocio de la manzana, no alcanza con producir: hay que saber vender, diferenciarse y posicionarse donde realmente se paga.

Fuentes tomadas para este contenido: Anuario 2025 iQonsulting, SENASA y Secretaría de Agricultura de la Nación.