El mundo, sin embargo, estaba cambiando. La Revolución Industrial, encabezada por Gran Bretaña, multiplicaba las fábricas y las hilanderías. La demanda de materias primas de calidad crecía con rapidez y los mercados europeos comenzaban a pagar mejor las fibras finas y uniformes.
La pampa tenía tierra y pastos en abundancia. Le faltaba una oveja capaz de convertir esa riqueza natural en una mercancía competitiva. La transformación comenzaría con unos pocos hombres capaces de mirar más allá de las costumbres de su tiempo.
El primer intento: Thomas Lloyd Halsey
En 1813, Thomas Lloyd Halsey, hombre de negocios norteamericano y funcionario consular de los Estados Unidos en Buenos Aires, decidió apostar por la producción de lana fina.
Halsey conocía las oportunidades que ofrecía el comercio internacional y comprendía que el futuro de la ganadería rioplatense podía estar también en el mejoramiento de las razas.
El problema era conseguir los animales adecuados. España había desarrollado durante siglos el prestigioso merino, cuya lana era altamente apreciada en Europa. Pero la salida de estos ejemplares estaba restringida. Halsey encontró una solución: recurrir a Portugal.
Desde Lisboa logró enviar a Buenos Aires un plantel de cerca de un centenar de ovejas merinas y sus correspondientes carneros padres. No se trataba simplemente de importar animales: cada uno llevaba consigo una herencia genética que podía modificar la ganadería local.
Halsey instaló su majada en tierras del oeste de la provincia de Buenos Aires y se propuso cruzar aquellos ejemplares con las ovejas criollas. La intención era combinar dos cualidades: la rusticidad de los animales locales y la finura de la lana merina.
Mucho antes de que la carne y los cereales dominaran las exportaciones, la lana fue una de las grandes apuestas de la joven República Argentina.
Era una experiencia audaz para una época en la que no existían laboratorios, registros genealógicos modernos ni servicios veterinarios desarrollados. El criador debía observar, seleccionar y reproducir.
Pero la naturaleza no siempre respetaba los planes humanos. Un incendio forestal arrasó los campos donde se encontraba buena parte del plantel y destruyó numerosos animales. El desastre frustró las expectativas económicas de Halsey, pero no consiguió borrar el resultado más importante de su experiencia. El merino podía adaptarse a la pampa. Aquella comprobación abrió un camino. La idea de que el refinamiento de la ganadería podía prosperar en el Río de la Plata había dejado de ser una especulación.
Los Tres Amigos
Una década más tarde, otros hombres recogerían esa posta. Pedro Sheridan, irlandés nacido en Dublín y establecido en Buenos Aires desde 1817, conocía el comercio de paños y, por lo tanto, el valor que tenía una buena materia prima para la industria textil.
Junto a Thomas Whitfield y Juan Harratt, de origen inglés, compartió la convicción de que la ganadería argentina podía diversificarse y mejorar su producción.
En 1826 formaron la sociedad conocida como Los Tres Amigos, en un contexto en que el gobierno de Bernardino Rivadavia alentaba iniciativas de modernización y promoción agrícola.
Los socios adquirieron una estancia en el partido de Ranchos, en una zona conocida como Las Palmitas. Para poblarla obtuvieron unas 150 ovejas merinas de alta pureza, procedentes de una iniciativa oficial de importación. El desafío era enorme. Aquellos hombres tenían experiencia comercial, pero debían aprender a manejar una producción ganadera especializada en un ambiente que presentaba condiciones muy distintas de las europeas.
Para ello recurrieron al conocimiento de hacendados criollos, entre ellos Domingo Olivera. La experiencia práctica de los hombres de campo comenzó a combinarse con las nuevas ideas de selección y mejoramiento de razas.
Esa unión de saberes sería fundamental. La nueva ganadería no podía limitarse a traer animales extranjeros. Debía aprender a adaptarlos.
Los Galpones: cuando la oveja dejó de estar a la intemperie
En 1827, Thomas Whitfield se retiró de la sociedad y vendió su participación a Sheridan y Harratt. Los dos socios continuaron entonces con un proyecto que pronto adquiriría características innovadoras.
Comprendieron que los animales de mayor calidad eran también más delicados. Los ejemplares de origen sajón, particularmente apreciados por la finura de sus vellones, necesitaban una protección que no era habitual en la ganadería criolla. Fue entonces cuando aparecieron los galpones.
Con ovejas llegadas de Europa, selección genética y nuevas formas de manejo, un grupo de pioneros convirtió una actividad marginal en una gran fuente de riqueza.
Entre 1826 y 1827, en el establecimiento que comenzó a ser conocido como Los Galpones, se construyeron instalaciones cerradas destinadas específicamente al resguardo de los ovinos finos. Para la campaña de entonces, la innovación era significativa.
El ganado vacuno podía soportar las noches frías y las tormentas a campo abierto. Los animales refinados, en cambio, representaban una inversión demasiado valiosa para quedar completamente expuestos a las inclemencias.
Los galpones también permitían ordenar el manejo de las majadas, separar animales y mejorar las condiciones sanitarias. La sanidad se convirtió en una cuestión decisiva. Una enfermedad podía destruir en poco tiempo el resultado de años de selección. Entre los enemigos más temidos estaba la sarna ovina.
Como todavía no existía una estructura veterinaria moderna, Sheridan y Harratt recurrieron a especialistas. Contrataron a un ovejero escocés conocido como Hannah, quien preparaba en una botica de Buenos Aires remedios contra la sarna y otras afecciones. Las fórmulas eran conservadas celosamente.
La innovación, por lo tanto, no estaba solamente en la sangre de los animales. Estaba también en la manera de cuidarlos. Selección genética, refugio, higiene y tratamientos sanitarios comenzaban a formar parte de una misma actividad. La estancia dejaba de ser únicamente un espacio de pastoreo. Se convertía en un centro de experimentación.
De Los Galpones a Los Sajones y Los Merinos
El éxito de la sociedad comenzó a atraer la atención de otros productores. Los carneros padres y las ovejas seleccionadas podían venderse a otros establecimientos y llevar consigo la nueva genética.
La revolución salía de la estancia. En 1829, Sheridan y Harratt decidieron dividir amistosamente sus bienes. Sheridan conservó parte de las tierras originales y el casco principal. Allí estableció Los Sajones, donde continuó con su tarea de refinamiento y selección.
Su producción lanera alcanzó reconocimiento y su figura ganó prestigio dentro de la comunidad británica y entre los hacendados de la campaña.
Sheridan murió en su estancia el 6 de enero de 1844. Para entonces, la actividad a la que había dedicado buena parte de su vida ya no era una curiosidad. Era un negocio.
Harratt, por su parte, retuvo otra porción de las tierras y estableció Merines, conocido también como Los Merinos o, entre los trabajadores criollos, como Los Galpones Chicos. Allí continuó seleccionando animales con un objetivo preciso: obtener generaciones sucesivas de ovejas capaces de producir lana cada vez más fina y abundante.
De esas dos ramas surgieron experiencias que ayudarían a difundir la crianza especializada por la provincia de Buenos Aires.
La revolución de la lana
Durante las décadas de 1830 y 1850, la producción ovina dejó de ser un experimento limitado a unos pocos establecimientos. La Argentina comenzó a convertirse en una gran productora de lana.
La oveja criolla aportaba resistencia. Los merinos introducidos desde Europa aportaban finura. Los cruzamientos y la selección permitían obtener animales adaptados a las condiciones pampeanas y, al mismo tiempo, capaces de producir una materia prima de mayor valor.
El cambio económico fue profundo. La lana ofrecía a los propietarios rurales una alternativa y un complemento frente al predominio del vacuno. La esquila generaba una producción periódica destinada a los mercados internacionales y los reproductores de calidad adquirían un valor cada vez mayor.
La historia de los hombres que desafiaron la tradición ganadera, introdujeron merinos y sentaron las bases de una nueva economía rural.
El paisaje rural comenzó a transformarse. Las majadas se multiplicaron. Las estancias incorporaron instalaciones específicas. La selección animal ganó importancia. Y el productor rural empezó a mirar cada vez más hacia Europa para conocer precios, calidades y demandas. La Argentina se incorporaba con mayor fuerza a un comercio mundial en expansión.
Una oportunidad nacida de una crisis mundial
A mediados del siglo XIX, la demanda internacional de lana recibió un nuevo impulso. La Guerra de Secesión de los Estados Unidos alteró el suministro de algodón procedente de los estados sureños, provocando fuertes cambios en los mercados textiles. La industria necesitaba fibras alternativas y la lana adquirió un valor extraordinario.
La Argentina estaba preparada para responder. No por casualidad. Detrás de la expansión se encontraban décadas de selección y adaptación de animales. El trabajo iniciado por Halsey y continuado por Sheridan y Harratt había contribuido a crear una base genética y productiva sobre la cual otros criadores pudieron construir.
La oveja ya no era el animal secundario de los primeros tiempos. Se había convertido en una pieza importante de la economía nacional. La expansión lanera también tuvo consecuencias sociales. La actividad atrajo trabajadores y especialistas, entre ellos inmigrantes vascos e irlandeses, y contribuyó a consolidar una nueva clase de productores rurales vinculados con los mercados internacionales.
El estanciero comenzó a transformarse en empresario ganadero. Ya no bastaba con poseer grandes extensiones de tierra. Había que seleccionar reproductores, controlar enfermedades, organizar las majadas, mejorar las instalaciones y producir una mercancía capaz de competir en el exterior. La ganadería comenzaba a profesionalizarse.
Los hombres detrás de la transformación
La historia económica suele quedar resumida en estadísticas: cabezas de ganado, toneladas exportadas, precios internacionales. Pero detrás de cada número existen decisiones humanas.
Halsey arriesgó capital para introducir merinos en una tierra donde todavía predominaba la oveja criolla. Sheridan llevó a la campaña una mirada formada en el comercio de paños y comprendió que la calidad de la lana podía convertirse en una fuente de riqueza. Harratt sostuvo durante años la paciente tarea de selección y reproducción.
Junto a ellos, hombres como Domingo Olivera aportaron el conocimiento práctico de la campaña, mientras especialistas como Hannah ayudaron a enfrentar los problemas sanitarios que amenazaban las nuevas majadas.
La revolución lanera argentina fue, por eso, una obra colectiva. En ella confluyeron capitales y conocimientos extranjeros, experiencia criolla, animales importados y una geografía extraordinariamente favorable. No fue una transformación repentina.
Fue una acumulación de pequeños avances. Un carnero elegido entre muchos. Una oveja protegida durante una tormenta. Un galpón levantado donde antes solo había pastizales. Un remedio preparado contra una enfermedad. Un cruzamiento repetido durante varias generaciones. Así se construyó una nueva ganadería.
El nacimiento del país de las majadas
Mucho antes de que los cereales dominaran las exportaciones y antes de que la carne enfriada revolucionara nuevamente la economía rural, la lana ofreció a la joven República una de sus primeras grandes oportunidades para insertarse en el mercado mundial.
Lo que comenzó con un pequeño plantel de ovejas merinas terminó convirtiéndose en uno de los grandes capítulos de la transformación económica argentina.
El llamado boom lanar fue mucho más que una moda ganadera. Contribuyó a modernizar las estancias, mejorar las razas, organizar el trabajo rural y consolidar vínculos con las industrias europeas. También ayudó a formar una burguesía rural más dinámica y orientada hacia el comercio internacional.
La riqueza comenzó a medirse de otra manera. No solamente por la cantidad de animales, sino por su calidad. Ese fue quizás el gran cambio introducido por aquellos pioneros. La pampa no necesitaba simplemente más ganado. Necesitaba mejor ganado. Y para obtenerlo había que experimentar, seleccionar y aprender.
Halsey había dado el primer paso con sus merinos llegados desde Lisboa. El incendio que destruyó buena parte de su plantel no pudo destruir la idea. Sheridan y Harratt retomaron el camino, levantaron galpones, cuidaron majadas, enfrentaron enfermedades y difundieron reproductores de calidad.
Después vendrían muchos otros. La experiencia se multiplicaría hasta transformar la fisonomía rural de la Argentina. Los rebaños avanzaron por los campos bonaerenses y la lana llegó a ocupar un lugar central en las exportaciones. La campaña se vinculó cada vez más con las fábricas y mercados europeos y una nueva generación de productores aprendió a entender la tierra como una empresa capaz de responder a la demanda mundial.
La revolución fue silenciosa. No tuvo proclamas ni batallas. Comenzó con unas pocas ovejas, algunos carneros y la decisión de desafiar una tradición. Pero sus consecuencias fueron enormes.
Thomas Lloyd Halsey, Pedro Sheridan y Juan Harratt comprendieron que la verdadera riqueza de la pampa no estaba solamente en lo que la naturaleza había entregado, sino en la capacidad de transformarlo. Allí comenzó una nueva etapa de la ganadería argentina.
Y mientras las majadas se extendían por la llanura, silenciosas bajo el cielo abierto, la joven República empezaba a convertirse en lo que durante buena parte del siglo XIX sería conocido, con razón, como el país de las majadas.
FUENTE: Informes de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno con aportes de Redacción +P.