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¿Feliz día? Un saludo protocolar desnudó lo que pasa puertas adentro de la ganadería ovina

Productores ovinos de EL Cuy hacia el oeste, mostraron su malestar porque no tienen una opción práctica y rentable para hacer faenar sus corderos. Surgieron críticas por saludo protocolar por el Día del Productor Lanero.

Una productora ovina de Río Negro, de las pocas que quedan en la zona de El Cuy, vio cómo llegaban inspectores a su campo para hacer cumplir las exigencias del programa Prolana y se llenó de sentimientos encontrados. El Prolana es un sistema para preservar la salud del animal, pero por sobre todas las cosas, para garantizar la limpieza y buen acondicionamiento del vellón, para su posterior comercialización. Al mismo tiempo que revisaban si en su campo habían cumplido con las obligaciones, la mujer masculló bronca porque ese mismo Estado, que se mete en su campo y exige, a su criterio la acompaña poco.

"¿Qué le brindan al pequeño productor? Si cuando querés vender la producción de corderos, lo único que te ponen son trabas y burocracia." Dice Gina Peña, dueña de una majada de unas 400 ovejas madres, que los técnicos que los asesoraban "llevan dos años de abandono". Gina, además, lleva adelante en su campo un proyecto turístico “La Margarita Ruta de la Lana”, que es visitado por alumnos del Alto Valle, por motoqueros y turistas que se aventuran por las rutas de la región sur rionegrina.

Ningún feliz día

Las instalaciones de su campo están en condiciones para hacer el Prolana —y las comodidades de los trabajadores también— gracias a su trabajo y al esfuerzo de su madre. La contracara, dice, es que el mismo programa que no ayuda también castiga: "¿Ahora qué pasa si caen en un campo donde las condiciones están mal? Clausuran la comparsa de esquila y dejan a un montón de gente sin trabajo."

De ahí su pregunta: "¿El Ministerio de Producción de Río Negro, junto al Ente de la Región Sur, qué le brinda al pequeño productor? ¿Cursos? ¿Qué vienen a mirar en un establecimiento donde no llegás ni a las trescientas ovejas?" Y arriesga un diagnóstico: "Vamos en caída libre."

Burocracia y trabas: Las complicaciones administrativas impulsan la venta informal de corderos ante la imposibilidad de cumplir los trámites exigidos.

Las palabras de Gina quedaron a la vista de todo el mundo porque hizo un comentario en redes sociales de algunos entes oficiales, que publicaron saludos por el día del productor lanero. Lo que parecía un gesto protocolar, derivó en varios comentarios cargados de amargura.

El departamento de El Cuy, sostiene esta productora, está en total abandono: "No hay reuniones desde hace más de dos años, las ovejas se terminan y ningún referente de producción de Río Negro viene a preguntar cómo estamos y cuál es el camino a seguir en la producción ovina, y si hay algún proyecto de reconversión productiva." Mientras tanto, los técnicos que sí llegan a supervisar cobran "sueldo, viático, comida, pernocte, combustible", todo dinero que sale de los propios productores. "Y lo único que veo es desprecio hacia el sector", resume.

Trescientos kilómetros para faenar

Esa falta de acompañamiento tiene, para Peña, un capítulo central: la burocracia para vender la obliga a esconderse. "Cuando querés vender la producción de corderos, lo único que te ponen son trabas y burocracia, y tenés que vender en negro y a escondidas, porque si no te decomisan los 40 o 50 corderos que querés vender a mejor precio."

Detrás de eso está una decisión que atraviesa toda su producción: el cierre, resuelto "a escondidas", de la faena en el frigorífico JJ Gómez, ubicado a unos 100 kilómetros de sus campos y en pleno Alto Valle, el mayor centro de consumo de la región. Ahora es obligatorio trasladar los animales a Ingeniero Jacobacci, ubicado a unos 300 kilómetros.

Conflicto por el traslado: El cierre de la faena en JJ Gómez obliga a realizar trayectos de más de 300 kilómetros hasta Jacobacci.

En la entrevista con +P, Peña volvió sobre el mismo reclamo con más detalle: "¿Por qué me sacaste la faena? Vos sabés muy bien que el departamento de El Cuy depende cien por ciento de la faena en JJ Gómez. Es imposible que nosotros vayamos a faenar a Jacobacci: son muchos kilómetros y mucho costo, cuando en realidad no tenemos más de setenta corderos cada uno." Ahí, dice, se cortó la línea de comercialización: el comprador que le retiraba los corderos ya no lo hace, porque el nuevo circuito no le conviene.

Hoy hay que sacar el vehículo, habilitar una jaula, viajar hasta Jacobacci, pagar la faena ahí, contratar un camión de frío y volver a traer la mercadería al Valle, "porque es el único lugar donde tenés más venta y un precio razonable". El trayecto ronda los 300 kilómetros de ida y 400 de vuelta, justo en la época en que los productores de El Cuy necesitan mover toda su producción anual de corderos para las fiestas de fin de año. "Si le facilitás la venta de cordero y de lana al productor, y lo dejás vender donde le conviene, el productor vuelve solo al campo y lo cuida solo: del puma, del zorro, de los cuatreros", resume.

Una generación que se termina

Peña habla en nombre de una zona entera: desde El Cuy hacia el sudoeste, de los productores de localidades como Cerro Policía, Aguada Guzmán y Mencué, y asegura que "en toda esa zona sigue la oveja".

Y en esa región, dice, se cruzan varios factores que explican la caída del stock: la depredación de puma y zorro colorado —“el guanaco no pesa, porque casi no hay en la región”—, la sequía, y un recambio que no siempre encuentra reemplazo: productores que ya se jubilaron, que superan los 70 años y prefieren vivir en el pueblo antes que en el campo.

Pérdida de rentabilidad: Transportar pocos animales hacia plantas lejanas encarece de tal manera los costos que anula toda ganancia.

No siempre fue así. "Si vamos a la historia, los campos tenían mil o mil doscientas ovejas, y la oveja casi que se cuidaba sola", relata. Bastaba con el ruido cotidiano de la vida en el campo —gente a caballo, perros— para espantar a los depredadores, y detrás de ese movimiento había una familia entera instalada. A fin de año se vendían 500 corderos y algunos kilos de lana a buen precio: esa era toda la producción.

El quiebre llegó con el cambio climático, una sequía grande detrás de otra y las cenizas volcánicas, que "destrozaron absolutamente todo". La familia —sobre todo los hijos— empezó a irse de los campos, “y quedó el paisano solo”. Con una paradoja de fondo, según Peña: el Estado hoy ayuda a quien tiene cien ovejas, pero ese productor ya vive en el pueblo; no ayuda al que se quedó con más animales y que es el único que se sigue sosteniendo con su esfuerzo.

Las exigencias

En estos días se lleva adelante la Esquila Prolana, y ahí Peña vuelve a marcar la distancia entre lo que el programa pide y lo que se ofrece a cambio. Los técnicos siguen a la comparsa de esquila para controlar que se cumplan los protocolos, porque son los responsables de la máquina quienes definen si una esquila puede certificarse como Prolana o no. La diferencia económica es real: mil pesos más por kilo de lana.

Pero las condiciones para acceder a ese plus son estrictas —galpón con piso de cemento, chapa transparente para que entre la luz, corrales en regla, cemento en los bretes, baños y cocina para los peones, las gallinas encerradas, lona en el piso para que no junte tierra— y recaen, otra vez, sobre productores cada vez más empobrecidos.

Peña aclara que no pide menos exigencias. "Está bien el programa, me encanta, que sigan, es lo que necesitamos", dice. Lo que reclama es capacitación: se enteró de que no podía haber plumas de gallina en el galpón el mismo día que un técnico se lo señaló, porque nunca antes les habían dado un curso. Y como la oveja ya no es viable, los campos (sus dueños en realidad), se corre hacia la vaca: en Ramos Mejía, Sierra Colorada y Los Menucos, dice, “ya casi no se come otra carne”.

La reconversión que viene

Peña no le carga toda la responsabilidad al puma —"es lo más fácil"—, porque lo describe como un animal dócil que se retira solo ante el ruido o el rastro de un perro. Lo que ve venir es otra cosa: campos cada vez más sistematizados, con cámaras en la tranquera, en el potrero de los mejores terneros y en el bebedero. Además, una empresa acaba de comprar tres campos juntos en la zona; un vecino suyo tiene dos campos, de 9.800 y 8.900 hectáreas, a la venta.

Para Peña, esa transformación confirma lo que ya intuye: "Es una generación de productores que se terminó." Quedan los de 70 años o más, los últimos de una forma de trabajar el campo a caballo, y detrás viene otra generación —la suya— que ya se mueve en cuatriciclo, con internet y luz eléctrica en el campo. "Una persona de 77 años no se va a acomodar jamás a eso", dice.