Hoy, con un contexto económico igualmente frágil, hay razones para preocuparse. Parte de las divisas utilizadas para pagar estas importaciones provienen de préstamos otorgados por el Fondo Monetario Internacional (FMI). En paralelo, el poder adquisitivo de la población ha sufrido una fuerte contracción, lo que repercute en una caída general del consumo de carnes. Menos dinero en el bolsillo significa menor demanda, lo que a su vez presiona los precios a la baja y dificulta a los productores trasladar sus costos a los consumidores.
“Somos un país que sale con la producción, no con la importación. Es increíble que algunos que estudiaron en grandes universidades y hoy son funcionarios no entiendan lo que entiende un chico de primaria. Es una total vergüenza”, sostuvo en su último informe Juan Luis Uccelli, reconocido especialista en producción y mercado porcino. Sus palabras reflejan el malestar de un sector que siente que el Estado no sólo no está ayudando, sino que está contribuyendo al deterioro.
A pesar del difícil contexto, el sector porcino mostró algunos signos de actividad positiva. En abril se registró un pequeño aumento de las exportaciones de carnes y subproductos porcinos, impulsadas por el esfuerzo para llegar a nuevos mercados, como el de Filipinas. Sin embargo, los precios internacionales siguen siendo bajos, y no reflejan el nivel de eficiencia alcanzado por los productores y la industria local.
En cuanto a la faena porcina, durante el período enero-abril se sacrificaron 2.663.998 cabezas, lo que representa un aumento del 3,4% en comparación con el mismo período de 2024. La provincia de Buenos Aires lideró el ranking con un 49,5% del total (1.317.531 cabezas), seguida por Santa Fe (17,9%) y Córdoba (17,3%). En abril, se faenaron 704.982 cabezas, apenas un 0,3% menos que en el mismo mes del año pasado, aunque un 6% más que en marzo, lo que sugiere cierta estabilidad operativa a pesar de las condiciones adversas.
Pero los números no alcanzan para revertir un escenario que se agrava mes a mes. Abril confirmó el deterioro estructural del sector porcino argentino: costos en alza, inflación persistente, un tipo de cambio desalineado, importaciones récord y precios deprimidos constituyen un cóctel extremadamente riesgoso para la sustentabilidad del negocio.
Mientras tanto, los productores continúan trabajando con profesionalismo, pero cada vez con menos margen de maniobra. Sin señales claras desde las políticas públicas, el riesgo de que se repita una crisis similar a la vivida a finales de los 90 no es una amenaza lejana, sino una posibilidad concreta y preocupante.
En un país con tradición agroindustrial, donde la producción nacional debería ser una prioridad estratégica, la falta de una respuesta contundente del Estado frente a esta situación genera desconcierto y malestar. El mercado porcino argentino atraviesa un momento bisagra: o se toman medidas que apunten a recuperar la competitividad interna y proteger la producción local, o se seguirá profundizando un camino que ya conocemos y cuyas consecuencias han sido, en el pasado, profundamente negativas.