Tan arrinconado como el puma, el ganadero también defiende su cría
Es imposible que alguien, que siente afectada su mínima subsistencia, se quede de brazos cruzados. El criancero está tan plantado en la naturaleza como el puma o el zorro. ¿Asistimos a un cambio de época?
Cuando una tormenta oscura se aproxima, en el campo, y también en las chacras del Alto Valle, se suelen hacer cruces de sal en el suelo, con un cuchillo clavado al medio de la cruz, o también se usa un hacha. La creencia sostiene que, esa práctica, acompañada por un rezo, sirve para cortar la tormenta. Del mismo modo, el pequeño ganadero de la Patagonia, que solo tiene una pequeña majada y algún hijo que quiere seguir el secundario en el pueblo, agarra del ropero algún rifle y sale al campo abierto a verle la cara al puma que le ha matado sus ovejas.
Sabe, como plasmaron en más de un testimonio, que “uno agarra un puma y aparecen dos o tres”, pero también saben, o sienten, que no se pueden quedar de brazos cruzados. Que debe salir a defender el pobre capital del cual dispone para mantener a su familia. Casi una reacción instintiva.
El 85% de los productores laneros de Río Negro tienen menos de 600 cabezas. Una economía doméstica que no alcanza para la subsistencia. Podría decirse que algunos se sienten tan acorralados como el puma cuando está de espaldas a algún barranco y “empaquetado” (rodeado) por los perros y con toda su fiereza a flor de piel. Y de colmillos. Se podría decir, también, que el criancero es tan parte de la tierra y del ambiente como el resto de los seres de la existencia, con sus particulares necesidades.
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Desierto y sacrificio: La caza del puma exige jornadas extenuantes en territorios donde el viento y la falta de agua castigan a hombres y animales. Foto: Fabricio González.
Hace un tiempo un hombre que tiene un campo cerca de Cerro Policía, decía: “Si me matan las ovejas, no tengo con qué darle de comer a la familia”.
Sobre esa realidad muchas veces se teoriza y se hacen propuestas desde cómodas oficinas, en un entorno de cafés de especialidad y ambiente climatizado. Desde esos ámbitos se lo demoniza al paisano que, como el puma, piensa cada día en como alimentar a su cría.
Y el hombre de campo siente vergüenza, “y andamos trayendo los cueros a escondidas”. Coinciden en sus testimonios con el saber acumulado por los investigadores del INTA, quienes aseguran que matar a un ejemplar de este predador, no hace desaparecer a esta “plaga”. Otro volverá en poco tiempo a ocupar su lugar. Seguido con GPS, se pudo detectar que un puma recorrió 700 kilómetros por suelo patagónico.
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El impacto económico del predador: La muerte de una oveja preñada representa una pérdida de 200.000 pesos, un golpe directo al sustento del criancero. Foto: Fabricio González.
Si se mide en kilos de carne y en kilos de lana, la muerte de una oveja preñada representa para un criancero unos 200.000 pesos. Si en una noche le matan 4 o 5, ahí nomás se perdió un sueldo. Ese es el verdadero estímulo para embarcarse en una tarea que no quiere y que no disfruta: salir a cazar.
Porque salir detrás de un puma implica por lo menos un día entero. “Por ahí salimos de noche y volvemos de noche, o nos prestan algún puesto, o dormimos en el campo”, dicen los crianceros consultados.
Hay que llevar agua para los caballos y para los perros. Porque ahí, donde campea el puma, es desierto. Meseta azotada por el viento día y noche. No por nada a las orillas del río Limay, del lado de Río Negro, se proyectan los campos de generadores eólicos más grandes de Argentina.
Y hay que llevar alimento para el caballo y para el perro. Porque no hay pasto, solo jarilla y otros arbustos espinosos. “Le duele todo el cuerpo a uno después de andar todo el día arriba del caballo”, reconoce uno de los hombres de campo que contó sus salidas de caza.
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Presas y predadores: En la lucha por la supervivencia, el criancero defiende su capital mientras el puma busca la subsistencia en un entorno hostil. Foto: Fabricio González.
Y el puma caza ovejas por una cuestión darwiniana si se quiere: Es la presa más fácil. No tiene que correr entre las piedras para colgarse del cuello de algún guanaco o de algún avestruz. Es ese mismo instinto que lleva a que sean exitosas la adaptación de los perros pastores, porque el puma olfatea que hay otro carnívoro como él, y evita entrar en competencia.
Como telón de fondo, existe una tradición de familias que es criar ovejas y chivos es lo mejor que saben hacer. Y que tampoco quieren ir a depender de un subsidio en las ciudades. El cambio que asoma es reemplazo de la oveja por el vacuno. Pero es como comenzar de cero, sobre todo para los más veteranos. Es otro el manejo, el seguimiento, y sobre todo la alimentación. El camino es el destete precoz y la suplementación en encierros, porque las lluvias no bendicen a estos campos. Y cambia también el negocio, porque hay otros costos que planificar.
Tal vez seamos testigos de un momento de inflexión, en el cual se cruzan la depredación, los campos abandonados, el cambio climático con su menor cantidad de lluvias, y el deseo ferviente de muchos paisanos de no dejar sus campos, con sus saberes y tradiciones.