Alemania ha desempeñado un papel especialmente relevante en esta misión global. Actualmente, el país ha contribuido con más de 70.000 muestras al banco de Svalbard, lo que representa una parte significativa del total almacenado. Solo el Instituto Leibniz de Genética Vegetal e Investigación de Cultivos (IPK) en Gatersleben —el mayor banco de genes agrícolas del país— ha duplicado en el hielo casi la mitad de su colección.
Además, el Instituto Julius Kühn (JKI) también mantiene depósitos importantes, como el Banco Alemán de Genes de Frutas y el Banco de Genes de Uvas, que han contribuido con accesiones valiosas de distintas especies. No menos simbólica es la participación del Jardín Botánico de Bonn, que ha depositado ejemplares históricos como el tomate "Bonner Beste" y la col rizada "Bonner Advent", reflejo de un vínculo entre ciencia, patrimonio y cultura agrícola.
Debajo de hielo: una red viva de conocimiento
El trabajo de conservación no se limita a congelar semillas en cajas metálicas. Detrás hay una sofisticada red de documentación y cooperación internacional. ¿Qué variedades son resistentes a la sequía? ¿Cuáles prosperan en suelos pobres o frente a plagas? Estas preguntas encuentran respuestas en una red mundial de más de 1.700 bancos de genes, que colaboran activamente compartiendo información y recursos.
El Centro de Información y Coordinación para la Diversidad Biológica (IBV) del BLE en Alemania actúa como un nodo clave en esta red. Este centro no solo gestiona la documentación de las muestras alemanas, sino que también asegura su disponibilidad en bases de datos europeas y globales, permitiendo que científicos de todo el mundo accedan a estos recursos genéticos para investigación y mejoramiento vegetal.
Pero, ¿por qué invertir tantos recursos en conservar variedades antiguas, muchas de las cuales ni siquiera se encuentran ya en los mercados? La respuesta está en su potencial oculto. Variedades como el centeno "champán", las patatas azules o los tomates verdes pueden parecer exóticas o irrelevantes, pero en realidad encierran soluciones genéticas que podrían ser clave en un mundo afectado por el calentamiento global, la desertificación o el agotamiento de suelos.
Características como la resistencia a enfermedades, la tolerancia a altas temperaturas o la capacidad de desarrollarse en condiciones de baja disponibilidad hídrica pueden encontrarse precisamente en esas variedades olvidadas, adaptadas a condiciones extremas a lo largo de siglos de evolución agrícola.
Biodiversidad en semillas: un compromiso colectivo
La celebración del Día Internacional de la Diversidad Biológica, el 22 de mayo, es una oportunidad para recordar que la conservación de la biodiversidad no es solo tarea de científicos y gobiernos. Cada uno de nosotros puede contribuir, desde acciones tan simples como elegir productos de agricultura local y tradicional, hasta cultivar variedades regionales en nuestros jardines o balcones.
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Los túneles donde se encuentran las semillas, en el interior mismo de las montañas gélidas.
El regreso a la tierra de cultivos tradicionales como la “palmera de Colonia”, la “palmera Lippische” o el "rübchen de Teltower" no es solo un gesto nostálgico, sino una apuesta concreta por la resiliencia alimentaria y la preservación de un legado genético irremplazable. Recuperar estas variedades significa mantener vivas historias, sabores y adaptaciones que podrían ser decisivas en el futuro.
Cada muestra que entra a la Bóveda Global de Semillas es un acto de esperanza y resistencia. Silenciosa, oculta entre hielos perpetuos, esta fortaleza genética sigue creciendo, abriéndose ocasionalmente para recibir nuevas contribuciones de un mundo en transformación. Porque preservar la diversidad biológica no es un lujo, sino una necesidad urgente. En tiempos inciertos, el futuro de nuestra alimentación puede depender de lo que hoy guardamos, con sumo cuidado, al hielo.