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De la leche a los abrazos: la curiosa reinvención de una granja frente a la crisis

¿Está el sector condenado a reinventarse o a desaparecer ante los desafíos climáticos y económicos? La respuesta podría estar en el inesperado modelo de negocio de una granja británica.

La ganadería global enfrenta una tormenta perfecta: la combinación de precios deprimidos y la incesante escalada de eventos climáticos extremos. En el noreste de Inglaterra, la historia de Dumble Farm sirve como un estudio de caso interesante sobre la adaptación empresarial radical.

Lo que durante décadas fue una granja lechera próspera, se vio forzada a un cambio de rumbo drástico cuando los fundamentos de su negocio se volvieron insostenibles. Las inundaciones recurrentes no solo arrasaron los cultivos, sino que también destruyeron el tipo de pasto que el ganado consumía, mientras que el precio de la leche cayó por debajo de los costos de producción.

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Más que leche

Este doble golpe, climático y económico, llevó a los propietarios de Dumble Farm -los hermanos Fiona Wilson y James McCune- a tomar una decisión impensable: vender casi todo su ganado lechero y avanzar hacia un modelo de negocio totalmente inusual. Los propietarios estaban decididos a dedicarse al pastoreo de conservación de ganado de las Highlands y a gestionar el hábitat para aves en peligro de extinción y otras especies.

Eso significaba vender las vacas lecheras, pero no pudieron soportar separarse de cinco de ellas, y así nació la terapia de abrazos con vacas. Así, en lugar de vender productos básicos, comenzaron a ofrecer una experiencia de alto valor añadido: el "cow cuddling".

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Emma Beddington, en sesión de "amor bovino". Foto: The Guardian.

En primera persona

Por entre 50 y 95 libras esterlinas, los visitantes tienen la oportunidad de pasar tiempo con las vacas, acariciarlas y cepillarlas. Esta insólita oferta se ha convertido en la principal fuente de ingresos de la granja, demostrando una elasticidad de la demanda que el mercado de commodities ya no ofrecía.

Emma Beddington, periodista del reconocido diario The Guardian, describió su experiencia en la granja: "Si esto suena a paraíso, lo es, pero también es casi tan difícil de reservar como Glastonbury: solo hay seis lugares en cada sesión de £50 (solo para adultos) —tres horas de abrazos, cepillado de terneros, paseos con los terneros mayores con cabestros y un recorrido por la granja— y se agotan casi al instante".

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¿Serán las "agro-experiencias" el futuro de las pequeñas y medianas explotaciones?

Y agregó que los visitantes se acercan de todo el país y hasta contó que conoció a una mujer que viajaba desde Hawái para visitar al ternero de las Highlands que apadrinaba (otra actividad secundaria de Dumble Farm). "Algunos visitantes están ansiosos por superar sus miedos; otros simplemente aman a las vacas. Parece que ahora yo soy una de ellas: mis manos están grasientas por cepillar a los terneros y estoy cubierta de heno, pero me siento eufórica y extasiada con el amor bovino", dijo.

"Tomó cinco meses entrenar a las vacas 'abrazadoras', descubriendo cómo y cuándo estaban más tranquilas y acostumbrándolas a los extraños; definitivamente, no debes simplemente entrar a un prado y intentarlo por tu cuenta. Dumble Farm ha perfeccionado el arte: una alimentación extra de ensilaje antes de que lleguen los visitantes a la hora del almuerzo, y las chicas están satisfechas, relajadas y listas para el amor", cuenta la crónica de Beddington.

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La propuesta es pasar tres horas acariciando las vacas lecheras jubiladas.

El negocio

Desde una perspectiva económica, esta reconversión no solo es una historia de supervivencia, sino un ejemplo de innovación en un sector que se percibe como tradicionalmente rígido. Dumble Farm pasó de un modelo B2B (productor-distribuidor) a un modelo B2C (productor-consumidor), revalorizando sus "activos" (las vacas) de una manera completamente diferente.

Los ingresos obtenidos de esta actividad financian ahora un plan de conservación de la vida silvestre, creando un círculo virtuoso que une la viabilidad económica con la sostenibilidad ambiental, un imperativo cada vez más relevante para los inversores y la sociedad en general. Este caso plantea preguntas profundas para el sector agropecuario.

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Cuentan que a los propietarios les tomó cinco meses entrenar a las vacas "abrazadoras".

¿Serán las "agro-experiencias" el futuro de las pequeñas y medianas explotaciones? ¿Podrían modelos de negocio centrados en el bienestar animal y la interacción con la naturaleza ofrecer una rentabilidad mayor y más resiliente que la producción de alimentos en mercados saturados?

Más allá del caso puntual, la historia de Dumble Farm quizá nos invita a reflexionar sobre la necesidad de una reevaluación estratégica del sector primario. No se trata solo de producir más, sino de encontrar valor en las interacciones y experiencias que una granja puede ofrecer, creando nuevos mercados y asegurando su continuidad frente a desafíos que no hacen más que intensificarse.