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Cómo Brasil transformó el cebú en la solución para alimentar al mundo

De las ferias ganaderas de Minas Gerais a los pastizales amazónicos de Brasil, la genética del cebú convirtió a Brasil en potencia mundial de la carne.

En Uberaba, una ciudad del interior de Minas Gerais, sureste de Brasil, el sol cae implacable sobre la tierra roja. Nos ubicamos en la primera semana de mayo de este año. Entre pabellones adornados con banderas verdes y amarillas, hombres de sombrero de ala ancha caminan con paso firme, como si estuvieran en una procesión solemne. No se dirigen a una iglesia, sino a la ExpoZebu, la feria más importante de ganado cebú en el mundo.

Allí, en medio de la música sertaneja que suena desde los parlantes y del aroma de carne asada que flota en el aire, desfilan las auténticas celebridades de cuatro patas de Brasil: las “supervacas”, animales enormes de piel blanca, cuernos imponentes y una joroba que los distingue a simple vista.

Los vaqueiros que los acompañan los tratan como atletas olímpicos. Los bañan con jabón neutro cada mañana, les peinan el pelo para que brille bajo los reflectores y les cortan las pezuñas con precisión quirúrgica. No es exageración decir que los cuidan mejor que a sí mismos: duermen junto a ellos en corrales improvisados, siempre atentos a que el animal no sufra estrés antes del gran día.

“Es un espectáculo increíble”, dice la fotógrafa Carolina Arantes, que pasó una década retratando esta escena. “Los cebúes llegan con séquitos, como estrellas de cine. Y cuando pisan la pista de exhibición, el público enloquece”. No es para menos. Ganar un premio en ExpoZebu puede significar contratos millonarios y prestigio de por vida. En 2022, una sola vaca se vendió por 25 millones de reales (unos 4 millones de dólares). Su destino no fue el matadero: su genética es demasiado valiosa. Ese linaje está destinado a multiplicarse en laboratorios y establos de inseminación artificial.

El ejemplo más famoso es un toro llamado Gabriel, convertido en ícono de la industria: gracias a la venta de su semen, llegó a engendrar más de 600.000 crías. Una cifra que lo coloca en una dimensión casi mítica, como un patriarca silencioso de la ganadería brasileña.

Hoy Brasil alberga alrededor de 225 millones de cabezas de ganado, y los productores sueñan con duplicar esa cifra. Pero este imperio de carne, construido sobre la resistencia y adaptación del cebú, no nació de la nada.

De la India a los trópicos brasileños

Hace apenas poco más de un siglo, las vastas sabanas de Brasil estaban pobladas por un ganado distinto: el criollo, descendiente de los animales que los colonizadores portugueses trajeron en el siglo XVI. “El criollo era un animal pequeño, de carne magra y rústico en apariencia”, explica el historiador Oscar Broughton, de la Universidad de Londres. “Servía para producir carne salada destinada a alimentar a la población esclavizada, pero no para sostener un comercio global”.

En el siglo XIX, cuando Argentina y Uruguay ya despuntaban como potencias exportadoras de carne hacia Europa, Brasil se encontraba rezagado. La demanda crecía, sobre todo en las ciudades industriales del Viejo Continente y en Norteamérica, y el país quería sumarse a ese mercado.

El problema era climático: en el sur templado, los criollos prosperaban; pero en el norte tropical, donde abundaban las tierras vírgenes, enfermaban y morían. Las garrapatas, el calor y la falta de pasto de calidad los debilitaban.

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La respuesta llegó desde la India. El ganado cebú, con sus largas pestañas que lo protegían del sol y su metabolismo lento que le permitía conservar energía, se adaptaba perfectamente a los trópicos. Era más alto, más fuerte y más longevo.

Entre 1893 y 1914, Brasil importó más de 2.000 ejemplares desde Asia. El experimento fue un éxito inmediato: no solo sobrevivían, sino que prosperaban donde ningún otro animal lo hacía. En pocas décadas, el cebú se transformó en el nuevo símbolo de la ganadería brasileña y dio origen a razas híbridas como el Indubrasil.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, la carne enlatada brasileña empezó a viajar en barcos hacia Europa, alimentando soldados y poblaciones civiles. Con la Segunda Guerra Mundial, la demanda volvió a dispararse: no solo de carne, sino también de cuero, fundamental para botas, fundas y equipamiento militar. De pronto, la carne superó al café y al azúcar como el producto estrella de exportación de Brasil.

Ciencia y expansión

El auge no se detuvo con el fin de los conflictos. En 1964, tras el golpe militar, los nuevos gobernantes entendieron que el futuro económico del país estaba en el campo. En la década de 1970 crearon Embrapa, la Corporación Brasileña de Investigación Agropecuaria.

Los científicos de Embrapa trajeron nuevas variedades de pastos africanos más resistentes, idearon vacunas contra enfermedades del ganado y encontraron maneras de volver fértiles los suelos ácidos para cultivar soja, que pronto se convirtió en alimento clave para las reses.

Ese salto tecnológico permitió que la frontera agropecuaria se expandiera hacia regiones antes consideradas inhóspitas, incluida la cuenca amazónica. Y con cada hectárea conquistada, aumentaba también el poder político de los ganaderos.

De esa influencia nació el “BBB”: Bala, Buey y Biblia, una coalición conservadora que reúne a representantes de la agroindustria, defensores de las armas y sectores evangélicos. Su peso ha sido decisivo en el Congreso brasileño durante las últimas décadas, y se hizo sentir en momentos como la destitución de Dilma Rousseff en 2016 o el ascenso de Jair Bolsonaro, ferviente aliado del agronegocio.

Carne para la mesa y para el mundo

Hoy, el cebú no solo sostiene las exportaciones: también forma parte de la identidad cultural brasileña. “El domingo de barbacoa es sagrado”, cuenta el profesor Cassio Brauner, de la Universidad Federal de Pelotas. “La familia se reúne, no se trabaja, y la carne ocupa el centro de la mesa”.

El corte más simbólico es el cupim, la carne marmoleada que se obtiene de la joroba del cebú. Asada lentamente sobre brasas de carbón, su grasa se funde y da lugar a un sabor intenso y jugoso, emblema de la cocina brasileña.

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El cebú no solo sostiene las exportaciones: también forma parte de la identidad cultural brasileña.

El cebú no solo sostiene las exportaciones: también forma parte de la identidad cultural brasileña.

A nivel internacional, Brasil es imbatible. Sus exportaciones abastecen a China, Europa y Medio Oriente. Y su modelo de producción basado en pasturas naturales, sumado a la mano de obra competitiva, le permite ofrecer precios más bajos que competidores como Estados Unidos o Australia. “Tenemos las mejores razas de cebú del mundo”, asegura Brauner con orgullo.

El costo climático

Pero detrás de esta historia de éxito se esconde un dilema que incomoda incluso a sus protagonistas: el impacto ambiental. Cada vaca produce metano, un gas de efecto invernadero 80 veces más potente que el CO en el corto plazo. Además, la expansión ganadera hacia el norte del país implica la deforestación de millones de hectáreas de la Amazonía, reduciendo la capacidad del planeta para absorber dióxido de carbono. “El problema no es solo el gas que emiten, sino el cambio de uso de suelo”, advierte el economista Marcos Barozzo, de la Universidad DePaul. “Para que esas vacas pasten, es necesario destruir bosque natural. Y esa deforestación es un golpe directo a la estabilidad climática global”.

Los defensores del cebú argumentan que su crecimiento rápido y eficiente reduce las emisiones por kilo de carne producida. Una suerte de compensación: menos tiempo de vida significa menos gases. Pero la tensión es evidente: ¿cómo alimentar al mundo sin sacrificar la Amazonía, ese pulmón indispensable para el clima del planeta?

¿Las supervacas del futuro?

A medida que el cambio climático endurece las condiciones de cría en países de África, Asia e incluso Norteamérica, la genética del cebú se vuelve cada vez más codiciada. “Creo que las supervacas brasileñas difundirán la genética que otros países necesitan”, asegura Brauner. “Podrán adaptarse mejor al calor, a las sequías, a las enfermedades. Y eso ayudará a mantener la producción de carne en un planeta en transformación”.

Quizá no todos comamos carne brasileña en el futuro, pero lo que sí parece probable es que la huella genética del cebú brasileño se extienda por el mundo, alimentando rebaños que hoy sufren bajo el calor creciente.

La pregunta de fondo sigue abierta: ¿pueden estas supervacas alimentar al mundo sin arrasar con sus bosques? Brasil apuesta a que sí. El mundo observa, dividido entre la admiración por su audacia y la preocupación por el precio ambiental de su éxito.

Mientras tanto, en Uberaba, los cebúes siguen entrando a la pista de ExpoZebu como estrellas bajo los reflectores. Sus cuernos brillan, sus jorobas se imponen. Y cada aplauso que reciben no celebra solo a un animal, sino a un modelo entero de país que decidió construir su futuro sobre el lomo de estas supervacas.

Fuente: The Inquiry, del Servicio Mundial de la BBC, con aportes de la Redacción +P.

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