Su caso particular ilumina una crisis silenciosa que se agrava con cada temporada: el envejecimiento acelerado del sector agrario en España y la ausencia de una generación lista para tomar la posta.
Los números de una crisis anunciada
Los datos del Ministerio de Agricultura son contundentes. El 40% de los titulares de explotaciones agrarias tienen más de 65 años y dos de cada tres se jubilarán antes de 2030. Eva Marín, presidenta de la asociación Asaja, lo traduce en términos concretos: "Los terrenos están en manos de gente muy mayor que no tiene muy claro qué quiere hacer con su explotación".
La consecuencia directa es un cuello de botella para los pocos jóvenes que quieren ingresar al sector. "Para que accedan a tierras, alguien se tiene que jubilar", advierte Marín.
Juan Luis Fradejas, agricultor y profesor de la Escuela de Ingeniería Agrícola de la Universidad Pontificia Comillas, afirma que la herencia sigue siendo el principal canal de acceso a la tierra: "Si no existe la posibilidad de heredar, es muy difícil que puedan empezar a trabajar en el campo". Sin tierra disponible, el sueño de muchos jóvenes rurales simplemente no arranca.
La tierra cuesta más y vale menos para quien la trabaja
El precio del suelo agrario es otra barrera que crece año tras año. Según el informe Precios Medios Anuales de las Tierras de Uso Agrario, publicado por el Ministerio en febrero pasado, en 2024 el precio medio por hectárea llegó a 10.248 euros, un 13,8% más que en 2020, cuando el valor era de 9.258 euros. La tendencia al alza no da señales de revertirse.
Verónica Hernández, profesora de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Agronómica, Alimentaria y de Biosistemas de la Universidad Politécnica de Madrid, explica parte de ese encarecimiento: el suelo agrario "ya no solo se destina al sector primario, sino a otros usos, como la instalación de infraestructuras para la producción de energía renovable, lo que incrementa su precio". El campo compite por la tierra con los paneles solares y los parques eólicos.
A eso se suman los costos operativos. Marín señala que "la subida de los precios de los carburantes por el conflicto en Irán, así como la de los fertilizantes y de las materias primas" presiona los márgenes de cualquier productor, y con mayor fuerza sobre quienes recién comienzan. Un trabajo reciente de la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG) estima que el conflicto en Oriente Próximo genera al campo español un sobrecoste diario de 2,4 millones de euros.
Ruralidad sin internet ni servicios
La dimensión económica no agota el problema. Luis Pérez, responsable de Juventudes Agrarias de COAG, pone el acento en la calidad de vida en las zonas rurales. "Mejorar servicios como el transporte, la sanidad o la educación ayudará a que más jóvenes se queden en el campo", sostiene.
Marín va más lejos y señala una carencia que en 2026 resulta llamativa: la falta de conectividad a internet en muchas localidades rurales. "En pleno 2026, hay sitios en los que no hay suficiente conectividad, eso no puede ser".
Esa brecha digital no solo dificulta los trámites burocráticos ante la Administración pública, sino que opera como factor expulsión: muchos jóvenes directamente no quieren quedarse en pueblos sin conexión.
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En el centro de la imagen Miguel Díaz García junto a sus hijos Miguel Ángel Díaz (izquierda) y Adrian Díaz (derecha), una familia dedicada a la agricultura, en Villarejo de Salvanés (Madrid) el 10 de marzo.
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Políticas públicas que apuntan bien pero no alcanzan
El Gobierno no ignora el problema. El ministro de Agricultura, Luis Planas, propuso que al menos el 10% del presupuesto de la próxima Política Agraria Común (PAC) europea se destine a la incorporación de jóvenes al sector, frente al 6% planteado por la Comisión Europea. El presidente Pedro Sánchez, por su parte, anunció a principios de año la puesta a disposición de 17.000 fincas rústicas de la Administración General del Estado para nuevos agricultores.
Los expertos reconocen el rumbo correcto, pero marcan las limitaciones. Alicia Martínez, secretaria de Relevo Generacional de la Unión de Pequeños Agricultores (UPA), afirma que ambas medidas "van bien encaminadas, pero se pueden mejorar". En particular, advierte que las parcelas públicas destinadas a jóvenes deben ser "tierras fértiles" y no los rezagos improductivos del Estado. Su propuesta central apunta a la "creación de bancos públicos de tierra" que faciliten el encuentro entre quienes quieren vender y quienes quieren comenzar a producir.
Hernández, desde la academia, suma otra perspectiva: "apostar por la agricultura familiar, por las pequeñas y medianas explotaciones, para que dedicarse al campo sea más sencillo".
El peso del prejuicio
Más allá de los obstáculos materiales, el campo arrastra un problema de imagen. Una encuesta de Ipsos elaborada en septiembre para CaixaBank Dualiza reveló que solo el 36% de los jóvenes considera al agro como un sector de alto prestigio. De los 1.700 encuestados, un 56% indicó que tiene un horario laboral exigente y un 45% cree que los salarios son bajos.
Fradejas refuta esa percepción: "Trabajar en este ámbito es rentable, se puede vivir dignamente". Martínez, de UPA, va en la misma línea: "Ser agricultor o ganadero es tan digno como cualquier otra profesión". Cambiar ese relato social es parte del desafío.
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La familia Díaz Domingo en Villarejo de Salvanés el 10 de marzo.
El País
Tecnología y formación como puentes
La tecnología aparece como uno de los argumentos más poderosos para atraer a las nuevas generaciones. Pérez, de COAG, la describe como "una herramienta para captar a los más formados". Fradejas destaca que el uso de drones, sensores e inteligencia artificial ya permite "una producción más sostenible", y que esos elementos "pueden animar a los jóvenes a dedicarse a este sector".
En formación, Hernández señala que desde la universidad "falta mucho trabajo de conexión directa con el campo". Marín agrega que el agro necesita perfiles con conocimientos de mecánica, química, matemáticas y economía. "Ser agricultor o ganadero no solo es plantar y recolectar frutos o cuidar ganado", destaca.
El optimismo de quien ya eligió
Adrián Díaz, el agricultor madrileño que empezó todo en el regazo de su abuelo, cierra el círculo con una reflexión que mezcla realismo y esperanza. Se queja de "los elevados costes que hay que afrontar", pero recomienda a otros jóvenes buscar esta salida profesional.
Y describe con satisfacción el momento en que los productos de su campo "salen al mercado e incluso ganan premios". En ese orgullo sencillo vive, quizás, la mejor respuesta a una pregunta que el agro español todavía no resolvió: quién va a trabajar la tierra cuando los mayores ya no puedan hacerlo.
FUENTE: El País con aportes de Redacción +P