El dólar mayorista cerró esta emana a 1.475 pesos, mientras que el minorista superó los 1.525. Los financieros, donde operan las empresas y grandes jugadores, ya se ubican en la franja de 1.560 a 1.600 pesos. La brecha cambiaria, tan temida como inevitable, se amplía. Y lo más grave: se erosiona la confianza, el activo más valioso —y al mismo tiempo más escaso— en cualquier programa de estabilización.
El error conceptual y el espejismo de la banda
La explicación oficial insiste en señalar al “pánico político” como origen del descalabro. Milei responsabiliza a la oposición de intentar dinamitar el programa económico con sus cuestionamientos, mientras el ministro de Economía, Luis Caputo, repite que la banda cambiaria será defendida “hasta el último dólar”. Sin embargo, detrás de los micrófonos, los analistas locales e internacionales apuntan a una falla más profunda: un error conceptual de base en la estrategia del gobierno.
El diagnóstico del equipo económico descansaba en la idea de que, con tasas de interés exorbitantes, los pesos encontrarían refugio en instrumentos financieros domésticos en lugar de dirigirse al dólar. Pero ese razonamiento se mostró ingenuo. En un país donde la memoria inflacionaria y devaluatoria es parte del ADN social, descansar en que la confianza podía sostenerse solo con tasa fue un error monumental.
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La mala praxis del equipo económico emerge como crítica por parte del mercado y especialistas.
Foto: LPO/Lara Greco.
La realidad es otra: los pesos sobran, las reservas líquidas son insuficientes y la demanda de dólares, tanto minorista como corporativa, se acelera. El resultado: un BCRA obligado a vender más y más, y un mercado que, en lugar de creer en la fortaleza del plan, huele sangre y redobla la presión especulativa.
A este escenario se suma un elemento tan intangible como decisivo: la reputación del equipo económico. Cuando Caputo recomendó a principios de julio que, si alguien dudaba del esquema cambiario, “no te la pierdas, compre campeón”, el dólar rondaba los 1.200 pesos. Hoy, apenas tres meses después, esa frase parece una ironía cruel: quienes siguieron el consejo obtuvieron ganancias superiores al 25%. Ningún instrumento en pesos logró siquiera acercarse a ese rendimiento.
La confianza de los inversores internacionales también se desploma. Los títulos en pesos colocados a no residentes, que en mayo significaban un ingreso fresco de financiamiento, hoy exhiben pérdidas cercanas al 30% en dólares. La señal es inequívoca: el relato oficial y los resultados concretos no coinciden.
El deterioro reputacional no es menor. Argentina necesita credibilidad para sostener el puente hacia un eventual salvataje financiero externo o hacia nuevas y posibles rondas de inversión. Pero los mensajes contradictorios —entre un gobierno que promete un ancla y un mercado que observa descontrol— desarman cualquier intento de construcción de confianza.
La política como telón de fondo
El problema financiero sería de por sí grave, pero lo político multiplica los riesgos. El gobierno argumenta que todo responde al “riesgo electoral” de cara a la votación del 26 de octubre. Es cierto que la incertidumbre sobre el resultado, en un contexto de minoría legislativa y sin alianzas sólidas, alimenta la volatilidad. Pero no alcanza con culpar al calendario electoral: la responsabilidad de construir gobernabilidad es del presidente, no de sus rivales.
La lógica confrontativa que Milei eligió desde el inicio de su mandato, con un discurso que desprecia a gran parte del arco político y social, encuentra ahora su límite. Sin acuerdos básicos en el Congreso, sin respaldo institucional de peso y con un frente social cada vez más tenso, el margen de maniobra para implementar políticas de estabilización se reduce. Aun en caso de triunfar en octubre, la pregunta que todos se hacen es: ¿con qué mayorías gobernará el presidente?
La sombra del kirchnerismo en 2027, mencionada en informes de bancos y consultoras, refleja más un temor a la ausencia de una alternativa sólida que un cálculo electoral concreto. Si el actual programa fracasa, no será la oposición quien lo haya saboteado, sino las inconsistencias internas del propio oficialismo.
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El Gobierno está detrás de un prestamos de 10.000 millones de dólares de la administración Trump.
Foto: NYT.
El uso de las reservas para sostener la paridad cambiaria abre otro frente de enorme preocupación: la deuda externa. Argentina tiene vencimientos pesados a partir de 2026, fruto de la reestructuración del exministro Martín Guzmán. El FMI había otorgado dólares precisamente para garantizar esos pagos. Pero Luis Caputo decidió, con el avalo del organismo internacional, emplearlos en el mercado cambiario, en una pulseada que hasta ahora ningún gobierno ha logrado ganar.
La única carta que parece quedar sobre la mesa es un eventual salvataje del Tesoro de Estados Unidos. Milei lo deslizó en Córdoba como un as bajo la manga, pero el escenario es incierto. Aun si llegaran 10.000 millones de dólares antes del 26 de octubre, se trataría de una solución transitoria. El verdadero dilema es estructural: sin generación sostenida de divisas, cualquier parche externo se diluirá en cuestión de meses.
Mientras tanto, la espada de Damocles de los vencimientos de 2025 y 2026 se mantiene. Y cada dólar que hoy se vende para contener al mercado es un dólar que mañana faltará para pagar la deuda.
El consenso de los analistas es que el gobierno deberá, más temprano que tarde, liberar el tipo de cambio a una flotación sin techo. La cuestión es cuándo: ¿antes de las elecciones, con el costo político que eso implicaría, o después, con el riesgo de que la medida se interprete como una rendición forzada?
El problema de fondo es que una flotación en un contexto de expectativas desancladas podría derivar en una disparada aún mayor del dólar, con su consecuente impacto inflacionario. El recuerdo de episodios anteriores, como la salida del cepo en 2015 o la corrida de 2018, alimenta el temor. Sin un colchón de reservas y con la confianza en mínimos, la flotación puede convertirse en un salto al vacío.
Lo que más inquieta a los mercados no es tanto el resultado del 26 de octubre, sino el día después. Si Milei gana, ¿tendrá la flexibilidad política para modificar su estrategia y construir mayorías? Si pierde, ¿Cómo evitará que la transición se convierta en una corrida aún más feroz?
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El riesgo es que la crisis financiera se transforme en una crisis política real.
Foto: LPO/Juan Casas.
En cualquiera de los escenarios, el denominador común es la fragilidad. Una economía en terapia intensiva, un Banco Central exhausto, un programa de estabilización tambaleante y un clima político que no ayuda a la previsibilidad. Argentina, una vez más, enfrenta una encrucijada histórica.
La hora de la responsabilidad
El gobierno eligió apostar todo a una narrativa de “defender la banda hasta el final”. Pero los hechos muestran que ese relato está resquebrajado. La confianza no se construye con declaraciones altisonantes ni con promesas de sacrificio hasta el último dólar: se construye con consistencia, con credibilidad y, sobre todo, con resultados.
Si Milei y su equipo no logran modificar el rumbo en los próximos días, el riesgo de que la crisis financiera se transforme en una crisis política es real. El país ya ha transitado este camino demasiadas veces: reservas que se evaporan, promesas incumplidas, confianza destruida y una sociedad que vuelve a refugiarse en el dólar como única tabla de salvación.
Retroceder en este punto sería más que un error: sería un golpe devastador para un país que, con enormes costos sociales, ya atravesó un durísimo proceso de ajuste. No se puede negar que en poco más de un año y medio Argentina consiguió ordenar variables que parecían fuera de control: la inflación mensual dejó de escalar a niveles hiperinflacionarios, el déficit fiscal dio un giro inesperado hacia el equilibrio y el gasto público inició un camino descendente como no se había visto en décadas.
Ese esfuerzo, que impactó de lleno en el bolsillo de los argentinos y que significó un cambio de rumbo histórico en la gestión de las cuentas públicas, no puede desperdiciarse en una nueva espiral de desconfianza y voluntarismo. Retroceder implicaría dinamitar la credibilidad conseguida, clausurar la posibilidad de financiamiento futuro y volver a condenar a la sociedad a un ciclo de frustraciones que ya conoce demasiado bien.
La Argentina no resiste otro fracaso de estas dimensiones. Si el gobierno no encuentra rápidamente una salida inteligente y consistente a la crisis cambiaria, el costo de ese retroceso no solo se medirá en números: se medirá en oportunidades perdidas, en desaliento social y en el deterioro irreversible de la confianza. Y ese es un precio que el país, después de tanto esfuerzo y sacrificio, no puede volver a pagar. La responsabilidad, en este punto, también está del lado de la oposición.