En un país como la Argentina, donde cada punto porcentual de tasa tiene consecuencias muy directas sobre el crédito, el ahorro, la inversión y, sobre todo, sobre las expectativas, esta disrupción es más que una anécdota técnica: es una señal peligrosa. Porque más allá de que algunos indicadores de la economía real, como las tasas de préstamos a mediano plazo o los depósitos a plazo fijo, aún no hayan acusado el golpe, la prolongación de tasas reales extremadamente positivas —de más de dos dígitos sobre inflación, según se calcula actualmente— representa un factor de estrangulamiento para el crédito productivo y para el consumo.
Las tasas de interés no solo son un precio más de la economía; son un catalizador o un inhibidor de la actividad económica. En ese sentido, mantener tasas tan elevadas por mucho tiempo no es sostenible, ni desde lo fiscal ni desde lo social. Para las empresas, especialmente las pequeñas y medianas, financiar capital de trabajo a estas tasas implica una virtual paralización de la inversión. Para las familias, tomar un crédito personal o hipotecario se vuelve una quimera. Y para el Estado, que carga con la mochila de un stock de deuda en moneda local cada vez más oneroso, el costo se traduce en más presión fiscal o más ajuste.
El Gobierno ha intentado justificar la maniobra apuntando a la necesidad de secar la plaza monetaria para frenar la inflación. Y, en parte, es cierto: la mejora del equilibrio fiscal y la reducción del financiamiento monetario del déficit han sido elementos claves para la desaceleración inflacionaria. En un contexto donde la inflación mensual se ubica entre el 1,5 y el 2%, se percibe una victoria parcial frente a un enemigo crónico. Pero esa victoria podría diluirse si la contracara es una recesión prolongada o, peor aún, una estanflación.
El dólar...siempre el dólar
Pero el verdadero frente candente es el cambiario. El dólar, que perforó la barrera simbólica de los 1.300 pesos por unidad, es la señal más visible de la incertidumbre. Y aunque desde el equipo económico se había instalado la expectativa de que el tipo de cambio se moviera hacia el piso de la banda, lo que ocurrió fue lo opuesto: el dólar se fortaleció dentro del corredor cambiario y desde allí no paró de escalar. Esta apreciación, en principio, no aceleró la inflación —lo cual es una buena noticia—, pero sí refleja una serie de tensiones estructurales: el agotamiento de la oferta de divisas del agro, la presión de la dolarización preelectoral, y la contradicción entre el accionar del Tesoro y el del Banco Central (BCRA).
Mientras el Tesoro compra dólares en el mercado spot —posiblemente para maquillar la meta de reservas con el FMI tras no cumplir en junio—, el BCRA vende dólares a futuro para evitar una escalada desordenada del tipo de cambio. Esta estrategia, aunque tiene su lógica en términos de control de expectativas, también genera señales confusas para los agentes económicos. ¿Quién está marcando el rumbo de la política cambiaria? ¿Cuál es el verdadero objetivo del Gobierno en relación al valor del dólar?
Caputo y bausili
Con distintas herramientas en sus manos Caputo y Bausili intentan poner freno al recorrido del dólar.
La depreciación del tipo de cambio real, que muchos analistas consideraban inevitable dada la evolución de las cuentas externas, podría ayudar marginalmente a recomponer la competitividad, especialmente si se estabiliza el nuevo nivel y no se traslada a los precios internos. Pero el verdadero interrogante es si este nuevo dólar caro —que amenazaría con acercarse al techo de la banda hoy cerca de 1.450 pesos— puede sostenerse sin provocar un reacomodamiento inflacionario.
En este contexto, la actividad económica muestra claros signos de enfriamiento. Aunque los datos de consumo son mixtos —con algunos brotes en bienes durables, pero sin reflejo en el consumo masivo—, hay un consenso creciente de que la economía está frenada. El parate es palpable en sectores como la construcción, el comercio minorista y la industria, donde los niveles de producción y empleo comenzaron a retroceder.
La estacionalidad de las divisas tampoco ayuda. Con la liquidación del agro en declive y una balanza comercial que, si bien muestra cierto alivio por las exportaciones de energía, no logra compensar la caída en otros sectores, el mercado cambiario se queda sin respaldo genuino. El superávit energético, potenciado por la ampliación del gasoducto inaugurado en la gestión Fernández, es un dato positivo, pero insuficiente. Además, la inversión extranjera directa sigue siendo negativa: en el primer semestre de 2025, hubo más desinversiones que nuevas inyecciones de capital. Incluso, varias empresas argentinas adquirieron activos en el exterior, lo que implica una mayor salida neta de divisas.
Esto plantea una preocupación de fondo: ¿por qué, con un tipo de cambio más competitivo, no se genera un flujo sostenido de dólares de inversión? La respuesta está en el riesgo país, que se mantiene por encima de los 700 puntos básicos, y en la desconfianza persistente hacia la estabilidad del rumbo económico. Mientras los bonos ajustables en pesos rindan al doble de lo que el Gobierno considera sostenible —es decir, más de un 10% real anual—, la señal que se envía al mundo es que el país sigue siendo una apuesta riesgosa.
El Gobierno, por su parte, atribuye buena parte de estas turbulencias al ‘riesgo político’ derivado del año electoral. Y es cierto que el calendario político introduce un ruido adicional. Pero el problema va más allá de una elección puntual. Lo que está en juego es si existe o no un consenso institucional sobre la necesidad de mantener el equilibrio fiscal. Porque mientras el Ejecutivo intenta mostrar responsabilidad fiscal, el Congreso avanza con proyectos que implican aumentos de gasto o reducciones de impuestos sin fuente de financiamiento clara.
La adicción argentina al déficit fiscal ha sido una constante histórica. Romper con ese patrón exige algo más que la voluntad de un ministro o de un presidente: requiere un acuerdo político amplio, un contrato social que reconozca el daño profundo de décadas de desequilibrio y que ponga límites a las demandas sectoriales. Sin ese cambio cultural e institucional, cualquier mejora en las cuentas públicas será percibida como frágil y reversible. Eso se traduce directamente en tasas altas, en falta de crédito y en más presión sobre el tipo de cambio. Y a este nuevo escenario virtuoso no se llega enfrentando a la oposición como a un 'enemigo' de guerra, se trata de acordar; una virtud de la que carece este Gobierno.
El país necesita volver a crecer, pero para eso no alcanza con estabilizar algunas variables nominales. Se necesita confianza, inversión y previsibilidad. Y para eso, no hay atajos. El cóctel actual de tasas altas, dólar volátil y economía estancada no es solo una crisis coyuntural: es el reflejo de un modelo económico que aún no ha encontrado su rumbo definitivo.
Los próximos meses serán clave. Si el Gobierno logra estabilizar la tasa de interés en niveles más razonables, contener la volatilidad cambiaria y reactivar la economía sin resignar la disciplina fiscal, habrá dado un paso fundamental. Pero si, en cambio, la tasa real se mantiene estrangulando el crédito, el dólar sigue presionado al alza, y la actividad se resiente aún más, el escenario se tornará insostenible.
En definitiva, la economía no espera indefinidamente. La oportunidad que se abrió con la caída de la inflación y la mejora fiscal no puede dilapidarse en internas políticas ni en decisiones erráticas. Es hora de dejar de improvisar y de construir, de una vez por todas, una política económica que no sea rehén del calendario electoral ni de los vaivenes del mercado. Porque sin confianza, no hay tasa que alcance, ni dólar que aguante, ni economía que funcione.