El mecanismo de asignación funciona por acumulación. Cada vino arranca con una base de 50 puntos, a la que se suman hasta 5 puntos por color y apariencia, hasta 15 por aroma y bouquet, y hasta 20 por sabor, intensidad y persistencia en boca. Los 10 puntos restantes corresponden a la valoración global del vino y a su potencial de guarda o mejora futura. En la práctica, ningún vino comercial cae por debajo de los 80 puntos, de modo que el rango que realmente compite en el mercado se mueve entre 80 y 100.
Concursos internacionales
Junto al método individual del crítico conviven los concursos con panel de jueces, un modelo distinto en metodología pero equivalente en escala numérica. El IWC (International Wine Challenge) y los Decanter World Wine Awards, dos de los certámenes con mayor prestigio a nivel global, organizan la cata en mesas compuestas por cinco jueces, presididas siempre por un Master of Wine. El jurado evalúa a ciegas durante dos semanas un volumen que oscila entre 16.000 y 18.000 botellas por edición.
Ese esfuerzo colectivo se traduce en un sistema de medallas asociado a rangos de puntos: entre 80 y 84 corresponde una recomendación honorable; entre 85 y 89, medalla de bronce; entre 90 y 94, plata; y entre 95 y 100, oro. Decanter, por su parte, prioriza la difusión del puntaje individual por sobre la medalla, aunque los criterios técnicos de base resultan similares a los del IWC.
El sistema Parker no es único. En 1959, el enólogo Maynard Amerine, del Departamento de Viticultura y Enología de la Universidad de California en Davis, diseña una escala alternativa de 20 puntos, todavía vigente entre críticos británicos como Jancis Robinson. Italia, por su lado, prescinde de los números: la guía Gambero Rosso distingue a sus vinos de excelencia con el reconocimiento de Tre Bicchieri (Tres Vasos), su máxima categoría.
El sistema de 100 puntos, creado por Parker en 1978, domina el mercado internacional.
Cuando un número mueve millones
La influencia de estos puntajes trasciende lo enológico y se instala de lleno en lo económico. Las calificaciones funcionan como sello de aprobación, argumento comercial y herramienta de diferenciación frente a la competencia, con capacidad para movilizar millones de dólares en cada campaña de lanzamiento.
El propio Robert Parker ilustra el fenómeno a escala histórica: sus puntajes se convirtieron en un factor determinante para la fijación de precios de los vinos de Burdeos recién salidos al mercado, al punto de condicionar decisiones productivas de bodegas francesas que buscaban complacer su paladar particular. Un solo número, publicado en un boletín, alcanzaba entonces para revalorizar —o hundir— una añada completa.
La otra cara: inflación de medallas y desconfianza del consumidor
El crecimiento explosivo de concursos con exigencias dispares generó un efecto colateral inesperado: la banalización del sello de calidad. Expertos del sector advierten sobre etiquetas de vinos económicos que exhiben decenas de premios de procedencia poco rigurosa, una acumulación que termina por confundir más que orientar al comprador final.
Esa proliferación erosiona la confianza depositada históricamente en la puntuación como garantía objetiva. Frente a un mercado saturado de reconocimientos, distinguir entre un concurso técnico y exigente —como el IWC o Decanter— y uno de bajo estándar se vuelve una tarea cada vez más necesaria para cualquier consumidor informado.
La paradoja final resulta evidente: un número diseñado para simplificar la elección de compra terminó por convertirse en un instrumento complejo, atravesado por intereses comerciales, subjetividad del catador y una competencia feroz entre instituciones por imponer su propia vara de medida.
FUENTE: Blommberg Línea, NRP con aportes de Redacción +P.