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La bodega milenaria que guarda vinos desde 1748 en una biblioteca subterránea

Fundada hace más de 1.200 años, esta histórica bodega alemana alberga una de las colecciones de vino más antiguas del mundo y fue pionera del riesling moderno.

En el corazón del Rheingau alemán, a unos 50 kilómetros al oeste de Fráncfort del Meno, donde el río Rin traza una de las curvas más elegantes de Europa, se alza una colina que ha visto pasar emperadores, monjes, guerras y revoluciones. Allí, entre viñedos perfectamente alineados y una arquitectura que mezcla siglos de historia, se encuentra Schloss Johannisberg, una de las bodegas más antiguas del mundo y, para muchos, la cuna del riesling moderno. Pero si la superficie impresiona, es bajo tierra donde se esconde uno de sus mayores tesoros: la enigmática biblioteca subterránea, una biblioteca de vino que conserva botellas desde 1748 y que narra, en silencio, más de dos siglos de historia líquida.

La historia de Johannisberg no puede entenderse sin remontarse al menos doce siglos atrás. Documentos del año 817 ya mencionan la existencia de viñedos en la zona, cuando el emperador Luis el Piadoso tomó posesión de estas tierras. Sin embargo, la leyenda empuja el origen aún más atrás, atribuyendo a Carlomagno la intuición de plantar vides en esta ladera tras observar que la nieve se derretía antes en la orilla opuesta del Rin.

Más allá de mitos fundacionales, lo cierto es que la consolidación vitivinícola llegó con los monjes benedictinos. A partir del siglo XII, estos religiosos no solo construyeron un monasterio sobre una antigua capilla dedicada a San Nicolás, sino que desarrollaron una cultura del vino que transformaría para siempre la región. Johannisberg se convirtió en un centro pionero en el Rheingau, estableciendo prácticas agrícolas, técnicas de vinificación y una relación casi espiritual con la vid.

El nacimiento del reino del riesling

Si hay un momento clave en la historia de la bodega, este llegó en 1716. Ese año, el príncipe-abad de Fulda, Konstantin von Buttlar, ordenó plantar cerca de 300.000 cepas de riesling. Aquella decisión marcaría un antes y un después: Johannisberg se convirtió en el primer viñedo del mundo dedicado exclusivamente a esta variedad.

Desde entonces, el riesling no solo ha sido el protagonista absoluto, sino el eje de una identidad vitivinícola única. En un terreno de unas 50 hectáreas, orientado al sur y asentado sobre suelos de cuarcita, las vides reciben una exposición solar óptima. La pendiente —que alcanza hasta los 45 grados— obliga a un cultivo exigente, pero también garantiza uvas de gran concentración y carácter.

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Bajo un castillo centenario en Alemania se esconde una impresionante biblioteca de vinos con botellas de 1748 y una historia marcada por monjes, emperadores y guerras.

A esto se suma un elemento singular: el bosque de robles que rodea la propiedad. De allí proviene la madera con la que se fabrican las barricas, aportando una continuidad natural entre el entorno y el vino.

Pocas historias en el mundo del vino combinan azar y genialidad como la del nacimiento del Spätlese. En 1775, el mensajero encargado de llevar la autorización oficial para comenzar la vendimia —una formalidad indispensable— se retrasó varias semanas en su viaje desde Fulda.

Cuando finalmente llegó, las uvas ya estaban afectadas por la llamada “podredumbre noble” (Botrytis cinerea). En lugar de descartarlas, el responsable de la bodega decidió vinificarlas. El resultado fue sorprendente: un vino de gran riqueza aromática, con mayor concentración de azúcares y una complejidad inédita.

Así nació el Spätlese, o cosecha tardía, un estilo que revolucionaría la enología mundial. Aunque ya existían referencias previas al uso de uvas ligeramente afectadas por botrytis, 1775 marcó el inicio de su aplicación sistemática. Hoy, un monumento cercano a la vinoteca recuerda al mensajero cuyo retraso cambió la historia del vino.

De monasterio a palacio: poder, política y vino

En 1716, además de la transformación vitivinícola, Johannisberg pasó a manos del principado de Fulda, que ordenó la construcción de un palacio de tres alas acorde con el gusto barroco de la época. Más tarde, los vientos políticos de Europa alterarían su destino.

Tras las reformas impulsadas por Napoleón Bonaparte y la secularización de bienes eclesiásticos, la propiedad cambió varias veces de manos. En 1816, como recompensa por su papel en el Congreso de Viena, el emperador austríaco entregó Johannisberg al diplomático Klemens von Metternich.

Metternich encontró allí un refugio de paz. Sin embargo, la donación incluía una condición singular: una décima parte de la producción anual debía entregarse a la Casa de Habsburgo. Este diezmo, sorprendentemente, sigue vigente hasta hoy, convirtiendo a Johannisberg en una rareza histórica dentro del mundo del vino.

La historia de Johannisberg también está marcada por la tragedia. En 1942, durante la Segunda Guerra Mundial, el palacio fue alcanzado por bombas y quedó prácticamente destruido por el fuego.

La reconstrucción no llegaría hasta décadas después, gracias al impulso de Tatiana von Metternich y su esposo Paul Alfons von Metternich. En 1965, el castillo recuperó su esplendor, devolviendo a la región uno de sus símbolos más importantes.

Tatiana, considerada una “grande dame” del Rheingau, no solo impulsó la restauración, sino que también promovió activamente la cultura y el arte en la región hasta su muerte en 2006.

La Biblioteca Subterránea: el tesoro oculto

Bajo el castillo, en una red de bodegas que se remonta al siglo XII, se encuentra uno de los espacios más fascinantes del mundo del vino: la Biblioteca subterránea. Este archivo líquido alberga más de 25.000 botellas, algunas de ellas con más de 250 años de antigüedad.

El ejemplar más antiguo data de 1748. Muchas de estas botellas presentan una forma peculiar, similar a una cantimplora de cuello recto, y tienen las añadas grabadas directamente en el vidrio. Desde 1842, la colección se ha ampliado de forma sistemática, convirtiéndose en una memoria viva de cada vendimia.

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La histórica Schloss Johannisberg, considerada la cuna del riesling contemporáneo, mantiene intacta una fabulosa cava subterránea con reliquias vinícolas únicas.

Las condiciones de la bodega —temperatura constante, humedad controlada y ausencia de luz— permiten una evolución excepcional del vino, haciendo posible que algunas botellas envejezcan durante siglos.

Más que un museo, esta biblioteca es un archivo sensorial: cada botella encierra el clima, las decisiones humanas y los accidentes naturales de su año. Es historia embotellada.

Innovación en la tradición

A lo largo de los siglos, Johannisberg no solo ha preservado tradiciones, sino que también ha innovado. Fue pionera en sistemas de clasificación por colores para identificar estilos de vino, mucho antes de que el etiquetado comercial se estandarizara.

Hoy, la bodega produce una amplia gama de rieslings, desde secos (trocken) hasta vinos de hielo (eiswein) y dulces concentrados como el beerenauslese. Cada uno refleja una interpretación distinta del mismo terroir.

La densidad de plantación —unas 10.000 cepas por hectárea— y la edad media de las vides (30 a 35 años) contribuyen a una calidad constante. La fermentación prolongada con lías y el uso de barricas centenarias añaden complejidad a los vinos.

Actualmente, la bodega forma parte del grupo alimentario Dr. Oetker, pero mantiene su identidad histórica y su independencia como denominación, algo excepcional en la legislación alemana.

Reconocida entre los mejores viñedos del mundo por The World’s Best Vineyards, Johannisberg sigue siendo un referente global. Pero más allá de premios y rankings, su verdadero valor reside en la continuidad.

Durante 1.200 años, la cultura del vino ha sobrevivido guerras, cambios políticos y transformaciones sociales. Y en cada nueva cosecha, la bodega asume una responsabilidad: honrar ese pasado sin quedarse atrapada en él.

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En esta histórica bodega alemana, cuna del riesling moderno, se conservan botellas desde 1748 y una tradición única dedicada exclusivamente a esta noble variedad de uva.

Schloss Johannisberg no es solo un lugar donde se produce vino. Es un espacio donde el tiempo adquiere otra dimensión. En sus viñedos, cada vendimia es un capítulo más de una historia milenaria. En su biblioteca subterránea, cada botella es un testigo silencioso de ese relato.

Allí, bajo toneladas de piedra y siglos de memoria, el vino deja de ser una bebida para convertirse en archivo, en cultura y en identidad. Y quizás esa sea la verdadera esencia de Johannisberg: demostrar que el vino no solo se bebe, también se recuerda.

FUENTE: Historia del riesling, schloss-johannisberg con aportes de Redacción +P.