La vendimia llegó a su fin. Y entre las muchas imágenes que circularon en las redes, una se ha vuelto un poco icónica de este momento: un grupo de chicos y chicas alegres pisan las uvas. Están descalzos hasta la ingle, como decía un viejo humorista. En algunas imágenes más sensibles, uno ve gente hundida en un tanque hasta la cintura o incluso más, al límite del torso. Como es Instagram, la imagen es de una bucólica felicidad.
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En algunas bodegas se sigue practicando la pisa de uva, pero su presencia es cada vez más residual.
Como vivimos tiempos álgidos, enseguida nacen los comentarios de soporte y oprobio. Entre los que bancan, se expresa una mirada natural y arcaica, casi cuáquera, de lo que debe ser un vino. Entre los segundos, una mirada higienista, industrial, que pondera el contacto del cuerpo ajeno sobre el jugo de uva casi con horror ante el contagio y la peste.
Ahí pasa algo interesante.
Guerrilla digital
Lo primero interesante es que todo el dilema nace de mostrar. Alguien filma la pisada de las uvas. Y ese video se convierte en una tribuna. Si el acto de pisar las uvas fuese solamente un hecho doméstico, de gusto personal o de elección enológica frente a la falta de otros recursos, no pasaría nada. Pero al mostrarlo hay un acto político y un acto estético.
Político, porque la corriente de elaboradores que ponderan la artesanía frente a la industria está apostando por una escala humana en tiempos en que la vida parece regida por otra escala de cosas. Habla no del producto, sino de la artesanía, de lo que se puede hacer con las manos (los pies en este caso).
Estético, porque detrás de esa elección artesana, se defiende una manera de hacer y entender el vino que, como todo producto cultural, no escapa a las lógicas de la cultura: detrás de las decisiones más o menos conscientes de pisar la uva, de sentir en la piel el trabajo físico de hacer vino, hay una estética del cómo se debe hacer y sobre todo cómo se hacen bien ciertos vinos.
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La 2024 fue una gran cosecha en términos cualitativos, a pesar de las intensas nevadas.
De ahí que, sumados al acto de mostrar, de poner en la vidriera esa política y esa estética, estallen las opiniones acerca de lo que está bien y lo que está mal, que es en el fondo lo que declara el video.
Tecnología para primitivistas
Lo que me parece fascinante de este asunto es otra cosa. Y es que sin la mediación de una tecnología tan moderna y sofisticada como una red social, sumada a la tecnología vieja (qué curioso es el tiempo en esto) de las cámaras, encierra una deliciosa paradoja: para contar un modo de hacer arcaico, uno que se resiste a la tecnología en el vino, hacen faltan otras tecnologías incluso más sofisticadas.
Es como si resultara invisible que toda la vida que se vive -desde la era digital, desde el automóvil, desde las naves espaciales a las tijeras genéticas- no estuviera sostenida en una inédita cantidad de tecnologías y pudieran encontrar en ese acto de rebeldía artesana una razón más humana.
Y en ese humanismo, que me cuesta no ver como un mugrón del romanticismo reeditado en el hippismo tre bucólica y ludita, una defensa del vino que sólo un grupo social puede sostener: porque puede sostener una estética desprejuiciada del dinero, justo cuando el mundo de los costos indica lo contrario.
Rarezas de este tiempo. Las uvas pisadas representan una versión del vino con un nuevo ideario de clase, la de vivir en el campo, con wifi y pantallas, para montar una vidriera que se discuta en las ciudades. Recupera así lo que en el vino hay de analógico y artesano, para digitalizarlo y representarlo política y estéticamente a los demás. No es raro que estalle la indignación entre los comentarios.