Cómo el ajuste del BCRA reconfiguró el crédito agroindustrial en 2026
Según CREA, el agro encontró una salida que el resto de la economía no tuvo. Pero la estabilidad cambiaria es la única garantía que sostiene esa ventaja.
La economía de Argentina transita marzo de 2026 en un contexto internacional cargado de tensiones. La guerra en Medio Oriente instaló un estado de incertidumbre que lleva a los fondos de inversión internacionales a buscar refugio en activos de países más estables, fenómeno conocido como flight to quality. Si el conflicto se prolonga, ese movimiento de capitales podría encarecer el costo de refinanciar los USD 9.300 millones en vencimientos de deuda con privados previstos para 2027.
Siguiendo el Informe Macroeconómico del Movimiento CREA -difundido la semana pasada- destaca que en el plano doméstico, el encarecimiento de la energía y los combustibles tiene traducción directa en la cadena agroindustrial: el precio del gasoil acumula una suba del 22% en lo que va del año, mientras que la urea registra un incremento del 63%, deteriorando las relaciones de precios de cara a la siembra fina.
Sin embargo, el mismo escenario de tensión global genera impactos positivos. El precio del petróleo Brent avanzó un 71% en el año, lo que promete un mayor flujo de divisas por la balanza comercial energética, con un superávit proyectado de USD 12.000 millones para 2026.
En el frente agrícola, los acuerdos comerciales recientes impulsan las exportaciones ganaderas y los precios de referencia en Chicago muestran señales alentadoras: el trigo subió un 11%, el maíz un 2% y la soja un 18% en el año, aunque esas mejoras todavía no se reflejan en los precios pizarra locales. La campaña gruesa se proyecta en torno a las 148 millones de toneladas, según estimaciones de Radar CREA sobre trigo, cebada, maíz, sorgo, soja y girasol.
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El peso se fortaleció: por qué y a qué costo
El superávit comercial permitió la compra de USD 3.989 millones de reservas en los primeros meses del año y sostuvo el tipo de cambio en terreno estable, incluso cuando monedas de otros países se depreciaron —Chile y Uruguay cayeron un 4% cada una— o se apreciaron menos que el peso, que ganó un 6% frente al dólar.
Ese fortalecimiento relativo no fue casual. Responde a una estrategia deliberada de política monetaria contractiva que combina tres elementos: el sostenimiento de encajes bancarios en el 50%, la reducción activa de la base monetaria por parte del Tesoro mediante la absorción de los pesos emitidos en la compra de dólares, y tasas de interés reales positivas. Desde octubre de 2025, la tasa de referencia de la economía supera al dólar y se equipara con la inflación.
El mecanismo concreto de absorción monetaria fue la licitación de deuda del Tesoro cada dos semanas. A diferencia de las operaciones habituales de rollover, estas licitaciones no solo buscaron refinanciar vencimientos: el objetivo explícito fue retirar los pesos que el Gobierno consideraba "sobrantes", lo que llevó al Tesoro a convalidar tasas más altas para atraer demanda. El resultado fue una base monetaria que se mantuvo constante en términos nominales y retrocedió en términos reales.
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El crédito se frenó: los números del estancamiento
El impacto de esta política sobre el crédito es el más tangible de todos los efectos. Durante la primera mitad de 2025, el total de créditos para el conjunto de la economía crecía a un ritmo promedio del 4% mensual. Desde agosto de 2025, ese ritmo cayó a un +0,2% mensual. Los créditos personales y de tarjetas —que habían crecido un 75% entre noviembre de 2023 y julio de 2025— perdieron dinamismo a medida que el costo del dinero se encareció.
Un factor adicional profundizó el estancamiento: la eliminación de las LEFIs en julio de 2025 amplió la brecha entre tasas activas (préstamos) y pasivas (depósitos), reduciendo el atractivo de los depósitos en pesos. Ese efecto, combinado con el levantamiento parcial de restricciones cambiarias, completó el cuadro de una economía con crédito frenado.
La menor liquidez explica, en parte, el estancamiento de los salarios reales, que cayeron un 2,7% desde septiembre de 2025, y la suba del desempleo al 7,5% en el cuarto trimestre de 2025, al retirar uno de los motores del crecimiento que caracterizó el período anterior.
La excepción del campo: el récord de crédito en dólares
El sector agroindustrial navegó este escenario con un margen que la mayoría de los sectores no tuvo: su condición exportadora. Mientras el crédito en pesos enfrentó las mismas rigideces que en el resto de la economía, la producción agrícola y ganadera encontró desde julio de 2025 una alternativa en el financiamiento en moneda dura, a tasas relativamente más bajas.
El resultado es contundente: los préstamos en dólares al sector agrícola marcaron un récord histórico en la serie del BCRA, con USD 3.028 millones. La lógica es directa: con estabilidad cambiaria vigente, tasas anuales en dólares por debajo del 10% resultan ampliamente más convenientes que las tasas en pesos. La tasa promedio ponderada de préstamos al sector privado en febrero de 2026 se ubicó en 52% en pesos, nivel que hoy ya está por encima de las condiciones de mercado.
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No obstante, el informe de CREA advierte sobre la fragilidad de esa ecuación: si el tipo de cambio avanzara hasta los ARS 1.900 por dólar para fin de año, la conveniencia del crédito en moneda dura quedaría neutralizada. Una devaluación más pronunciada invertiría por completo la relación.
La hoja de ruta hacia la segunda mitad del año
El fundamento que sostiene el mayor endeudamiento en dólares del agro es el crecimiento de los depósitos en dólares, motorizado por el blanqueo y las oportunidades de inversión en instrumentos como AO27 y obligaciones negociables. El Gobierno avanza en forma gradual con la desregulación del endeudamiento en moneda dura, consciente de los riesgos que implica un mayor arbitraje de tasas.
Las primeras señales de una flexibilización monetaria ya son visibles. En la segunda quincena de marzo, la TAMAR se redujo 4,5 puntos porcentuales y los encajes bancarios bajarán un 5% en abril. La expectativa del mercado es que, con la mayor oferta de divisas que traerá la liquidación de la cosecha gruesa y el cierre del ciclo más intenso de correcciones tarifarias, el Gobierno profundice esa tendencia para reactivar el crédito y la actividad.
El horizonte de crecimiento para 2026 se ubica en +3,4%, según el último relevamiento de expectativas del Banco Central. Para el sector agroindustrial, la mayor estabilidad macroeconómica ya tiene efectos concretos: según la Encuesta de Expectativas Agropecuarias (SEA) de marzo de 2026, con 1.417 productores encuestados, el 20% considera que es un buen momento para realizar inversiones.
El desafío de fondo es el mismo que recorre toda la gestión: acumular reservas sin resignar estabilidad cambiaria, crecer sin recalentar la inflación y sostener una política monetaria que, por ahora, privilegia el orden sobre el dinamismo.
Fuente: Informe Macroeconómico del Movimiento CREA, 27 de marzo de 2026. Elaborado por el Área Economía, Unidad I+D de AACREA, en base a datos del INDEC, Ministerio de Economía, BCRA, FMI y Banco Mundial.