Ahora, la situación se ha invertido por completo. Una sobreoferta de producción provocó que los precios se desplomen hasta niveles insostenibles para los productores. Según declaraciones de Miguel Tomasella, referente del sector, un cajón de 20 kg se paga al horticultor a un precio similar al que el consumidor final abona por un solo kilo en la góndola. Este escenario ha llevado a los productores a una encrucijada crítica: vender a precios de quebranto o desechar la producción.
“No nos queda otra alternativa. La otra es tirarlos. Si no trabajamos, no habrá más tomates para vender. Lo que hoy se desecha en las chacras podría mañana escasear en las góndolas y disparar los precios”, observó.
El eslabón más débil y la formación de precios
La volatilidad del precio del tomate no se explica únicamente por la oferta y la demanda. Los costos de producción tienen una incidencia mínima en el precio final, ya que el productor se encuentra en el eslabón más vulnerable de la cadena.
El precio se consolida en etapas posteriores: en los puestos de feria, en los camiones de transporte y en las cámaras frigoríficas. En este contexto, el principal argumento de los mercados y las verdulerías para justificar la baja de precios es el rápido deterioro del producto, algo que el productor de Corrientes, según Tomasella, también enfrenta.
Esta dinámica de precios ha generado una desmotivación profunda en el sector. Productores como Tomasella, que necesita recibir al menos $15.000 por cajón para salvar su campaña (cinco veces más de lo que recibe hoy), están considerando seriamente abandonar la actividad. Esta posible retirada masiva podría desencadenar, en el mediano plazo, una nueva escasez y una suba abrupta de los precios para el consumidor final, cerrando un ciclo vicioso de boom y quiebra.
Una demanda global sólida
El contraste entre la situación local y el panorama global es notorio. A nivel mundial, la demanda de tomates es robusta y en constante crecimiento, con un mercado que se proyecta que alcance los 232,84 millones de toneladas para 2034. En Argentina, el consumo per cápita es de aproximadamente 16 kg anuales, lo que demuestra que existe una demanda interna estable.
La paradoja del sector radica en su incapacidad para alinear esta demanda sólida con una producción sostenible y rentable para el productor. La falta de instrumentos financieros adecuados, de políticas que mitiguen las fluctuaciones de precios y de un sistema de comercialización más justo, expone a los horticultores a ciclos de auge y caída que amenazan la viabilidad de la producción nacional. La pregunta clave para el futuro del sector es si se logrará romper con esta dinámica para garantizar la estabilidad y la rentabilidad de una de las hortalizas más consumidas en el país.