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La odisea de los judíos rusos: de la miseria a la esperanza en la Patagonia argentina

La historia del éxodo judío ruso, el viaje transatlántico y la creación de comunidades agrícolas en la Patagonia argentina.

A fines del siglo XIX y comienzos del XX, cuando Europa oriental se encontraba sacudida por la violencia política, el antisemitismo institucionalizado y la miseria estructural, miles de familias judías del Imperio ruso comenzaron a mirar más allá de sus fronteras. En aldeas perdidas de la Rusia occidental —donde el invierno era tan implacable como los decretos del zar— la vida judía se había vuelto una espera angustiante del próximo pogrom. Los ataques organizados contra comunidades enteras, las casas incendiadas, las sinagogas destruidas y el miedo cotidiano marcaron profundamente a generaciones enteras.

La identidad de estos hombres y mujeres no estaba definida solo por una nacionalidad. Aunque llegaran a la Argentina con pasaportes rusos, su verdadera pertenencia era cultural, religiosa y emocional. Eran judíos que hablaban yiddish, que rezaban mirando al este y que cargaban siglos de expulsiones y marginación. Entre 1881 y 1914, cerca de 160.000 inmigrantes provenientes del Imperio ruso arribaron a la Argentina, convirtiendo a esta corriente migratoria en la cuarta más importante del período, solo superada por la italiana, la española y la francesa.

La Argentina, en pleno proceso de construcción nacional, se presentaba como una tierra de oportunidades. El país necesitaba población, trabajo y ocupación territorial, y muchos inmigrantes vieron en ese lejano destino sudamericano una posibilidad real de recomenzar. Para los judíos rusos, además, la emigración no era solo una alternativa económica: era una cuestión de supervivencia.

La salida de Rusia: clandestinidad y despedidas definitivas

Salir de Rusia no era sencillo ni seguro. Para muchos judíos, abandonar el Imperio zarista implicaba hacerlo de manera clandestina o semilegal, atravesando fronteras vigiladas y sorteando controles policiales hostiles. Las restricciones a la movilidad, sumadas a la discriminación legal que pesaba sobre la población judía, convertían la emigración en una empresa riesgosa. No pocos debieron vender sus escasas pertenencias por monedas, abandonar casas que habían pertenecido a sus familias durante generaciones y despedirse sabiendo que no habría regreso.

Las partidas solían darse de noche. Familias enteras se reunían en silencio, cargando bultos improvisados, documentos frágiles y recuerdos imposibles de empaquetar. Ancianos que besaban el umbral de la casa por última vez, madres que apretaban a sus hijos contra el pecho, hombres que miraban atrás sin saber si alguna vez volverían a ver esas calles. El viaje comenzaba casi siempre en carretas, trenes rurales o largas caminatas hasta estaciones ferroviarias que conectaban con Europa central.

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La primera inmigración masiva (1889-1914) fue marcada por la llegada del barco Wesser en 1889 con familias rusas que escapaban de la persecución.

Muchos de estos judíos provenientes de aldeas de la Rusia occidental, Ucrania y Polonia cruzaron primero hacia territorios del Imperio austrohúngaro o alemán. Hamburgo se convirtió en uno de los principales puertos de salida. Allí, los inmigrantes aguardaban durante semanas o meses en pensiones abarrotadas, dependientes de redes comunitarias, sociedades de ayuda mutua y organizaciones filantrópicas que intentaban protegerlos de estafas, abusos y enfermedades.

El cruce del océano: barcos, hacinamiento y esperanza

El viaje transatlántico hacia la Argentina fue una experiencia tan dura como decisiva. Los inmigrantes judíos rusos embarcaban generalmente en tercera clase, en bodegas abarrotadas, con escasa ventilación y condiciones sanitarias precarias. Durante semanas, el océano fue su único horizonte. El mareo, las enfermedades y la nostalgia convivían con una esperanza obstinada: al otro lado del mar los esperaba una vida distinta.

En esos barcos se hablaban decenas de idiomas, pero el yiddish se imponía como lengua común. Allí se compartían historias, rezos improvisados y canciones melancólicas. Se discutía sobre la tierra prometida argentina, sobre el trabajo agrícola, sobre la posibilidad de criar hijos sin miedo a los cosacos ni a los decretos antijudíos. Muchos no sabían exactamente dónde quedaba la Patagonia, ni qué aspecto tenía General Roca, pero confiaban en los relatos que circulaban entre los migrantes y en la promesa de libertad.

El arribo al puerto de Buenos Aires era, para la mayoría, un momento de conmoción profunda. Tras semanas de encierro, la ciudad se desplegaba como un torbellino de sonidos, colores y lenguas desconocidas. Funcionarios, traductores, agentes de inmigración y representantes de organizaciones comunitarias intentaban ordenar el flujo humano. Para muchos, ese fue el primer contacto con un Estado que no los perseguía por ser judíos.

De Buenos Aires al sur: el largo camino hacia la Patagonia

Sin embargo, el viaje no terminaba en el puerto. Para aquellos destinados a las colonias agrícolas, la Argentina era un territorio vasto que aún debía ser recorrido. Desde Buenos Aires, los inmigrantes continuaban en tren hacia el interior del país, atravesando pampas interminables, pueblos incipientes y estaciones que parecían surgir de la nada. Para los judíos rusos que finalmente llegarían al Alto Valle del Río Negro, el trayecto hacia el sur era largo y agotador.

Bajo el liderazgo de Itzoj Losef —Isaac Locev— el grupo exploró distintas regiones en busca del lugar adecuado para asentarse. Pasaron por el Río Colorado y el Valle Medio, evaluando suelos, disponibilidad de agua y posibilidades reales de subsistencia. No se trataba solo de encontrar tierras, sino de asegurar un futuro viable para familias enteras.

Cuando finalmente arribaron al Alto Valle del Río Negro, muchos comprendieron que ese paisaje hostil sería su hogar definitivo. El viento patagónico, el silencio inmenso y la vastedad del territorio contrastaban con las aldeas densamente pobladas que habían dejado atrás. Sin embargo, allí también estaba la posibilidad de empezar de nuevo, sin persecuciones ni expulsiones.

El sueño de la tierra propia y la colonización del Alto Valle

La mayor parte de los inmigrantes judío-rusos llegó a la Argentina con la intención de dedicarse a la agricultura. Para un pueblo históricamente marginado del trabajo rural en Europa, la posibilidad de trabajar la tierra tenía un valor simbólico profundo. Cultivar significaba echar raíces, dejar de ser errantes, construir un futuro estable para los hijos.

Este ideal agrario encontró apoyo en iniciativas filantrópicas como la Jewish Colonization Association (JCA), creada por el Barón Maurice de Hirsch, uno de los mayores filántropos de su tiempo. Hirsch destinó gran parte de su fortuna a facilitar la migración de judíos perseguidos hacia América, promoviendo la creación de colonias agrícolas en distintas provincias argentinas como Entre Ríos, Santa Fe, Buenos Aires, La Pampa y Santiago del Estero.

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Colonia Rusa en el Alto Valle y su salón comunitario (1935).

La historia de la denominada Colonia Rusa en el Alto Valle del Río Negro comienza formalmente en 1906, durante la presidencia de Roque Sáenz Peña. Fue el resultado de gestiones persistentes ante el Ministerio de Agricultura y de una voluntad colectiva que no aceptaba el fracaso como destino.

Transformar el desierto: trabajo, riego y cooperación

El primer contacto con la Patagonia fue brutal. Con herramientas rudimentarias, los colonos construyeron sus viviendas, desmontaron tierras vírgenes e incorporaron sistemas de riego que transformarían radicalmente el paisaje. La alfalfa fue el primer cultivo, seguido por la horticultura, los viñedos y los frutales.

Junto a colonos españoles e italianos, desarrollaron un modelo productivo basado en el cooperativismo. La solidaridad no era ideológica: era una necesidad concreta para sobrevivir. Este entramado social permitió el crecimiento de la colonia y su integración a la región.

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Colonia Rusa en el Alto Valle (1944). Luis Sour. (Foto: Agradecimiento a Nélida Sour)

Colonia Rusa se convirtió en un polo de atracción para otros inmigrantes judíos. Algunos se establecieron en General Roca, donde hacia la década de 1940 existían unas ciento treinta familias judías organizadas en torno a la Asociación Israelita de Río Negro y Neuquén. Allí funcionaron la escuela y la sinagoga, el templo judío más austral del mundo, aún en actividad.

Los hijos de los colonos crecieron entre dos mundos: el yiddish familiar y el español argentino, la tradición judía y la identidad nacional. Con el tiempo, muchos descendientes emigraron a Buenos Aires, Israel u otras latitudes, pero la huella patagónica permaneció.

Memoria, solidaridad y vigencia histórica

Aunque muchas viviendas originales hoy se encuentran deterioradas, el salón comunitario sigue en pie como símbolo de encuentro. Varias han sido las familias que sostienen este archivo de la memoria: Ulman, Rucalsky, Kaspin, Sour, Liberman, Zilvestein, Sheinkerman, Riskin y Mutchinick, entre otras grandes familias.

Durante las crisis económicas de los años noventa y del 2000, la comunidad volvió a demostrar su espíritu solidario, canalizando ayuda hacia hospitales y organizaciones civiles. En 2006, al cumplirse el centenario de la colonia, se publicó Fotos para el Recuerdo, un archivo fotográfico invaluable que documenta la colonización judía más austral del planeta.

La migración judío-rusa a la Patagonia fue mucho más que un desplazamiento geográfico. Fue un tránsito desde el miedo hacia la dignidad, desde la persecución hacia la pertenencia. Aquellos hombres y mujeres que salieron de Rusia con lo puesto y cruzaron océanos y desiertos lograron no solo sobrevivir, sino transformar la tierra y dejar una marca imborrable en la historia argentina.

Fuentes: Colonia Rusa, Asociación israelita, escritos de Ricardo Koon, AMIA y aportes de Redacción +P.