Con el fenómeno de El Niño confirmado para esta primavera, los productores de la región Norpatagónica ajustan los calendarios de siembra y esquemas de riego ante pronósticos de alta variabilidad climática.
Productores bajo riego de Norpatagonia ajustan la tecnología y el balance hídrico ante una campaña marcada por El Niño y la variabilidad climática.
Con la primavera ya encima, los productores bajo riego de Norpatagonia empiezan a poner a punto pivotes, canales y calendarios de siembra y planificaciones de riego. Pero esta campaña arranca con un condimento extra: el Servicio Meteorológico Nacional confirmó que El Niño está activo y con altas probabilidades de sostenerse durante la primavera, con un pico esperado entre octubre y diciembre.
Para la región, el pronóstico anticipa temperaturas que podrían marcar récords, alternadas con entradas de aire frío y frentes inestables desde la cordillera. Es, ni más ni menos, el escenario en el que habrá que decidir cuánta agua aplicar, cuándo y a qué cultivo.
Los registros de las últimas dos décadas muestran que la variabilidad, más que el promedio, es el verdadero desafío. Los caudales del río Neuquén, por ejemplo, pasaron de un módulo histórico de 311 m³/seg (serie 1903-2009) a apenas 177 m³/seg en el período 2010-2020; el Limay bajó de 714 a 479 m³/seg en esa misma ventana. Al mismo tiempo, los eventos puntuales se volvieron más intensos: en julio pasado, un "río atmosférico" —una franja angosta de la atmósfera que arrastra humedad subtropical desde el Pacífico— dejó hasta 120 mm de agua en pocos días sobre la cordillera de Río Negro y Neuquén, con la isoterma de cero grados por encima de los 2.500 metros, es decir, lluvia en lugar de nieve en la alta montaña. Ese tipo de episodios acelera el escurrimiento y adelanta el agua que debería llegar de a poco durante el deshielo de primavera, complicando la previsibilidad de los caudales justo cuando más se los necesita para regar.
Frente a esto, la recomendación técnica es simple de enunciar y exigente de sostener: monitorear los pronósticos estacionales y de corto plazo durante toda la temporada, no solo al arrancar, y ajustar la programación del riego a medida que se actualiza la información.
El río Colorado, recurso indispensable para el riego en el suroeste pampeano y el valle bonaerense, no escapa a esa lógica de vaivén. En los últimos quince años atravesó varios ciclos consecutivos de escasez que obligaron a recurrir a la reserva del embalse Casa de Piedra, con episodios en los que el caudal llegó a ser un tercio del promedio histórico y meses en los que se registraron los mínimos de toda la serie. Esos períodos secos se intercalaron con fases más húmedas, en las que el río recuperó niveles cercanos a los históricos tras más de una década de escasez.
En sistemas productivos de zonas áridas y semiáridas, el balance hídrico del suelo es la base para decidir cuánto y cuándo regar. El esquema es siempre el mismo: cruzar los datos del suelo (textura, capacidad de campo, punto de marchitez, factor de agotamiento), los datos del cultivo (tipo, coeficiente de cultivo, profundidad radicular, etapas fenológicas), las condiciones climáticas (evapotranspiración de referencia, precipitaciones, temperaturas) y los datos del sistema de riego (dotación, turnado, estado del equipo) para llegar a una programación ajustada cuadro por cuadro, en lugar de regar "por calendario".
En la región del Alto Valle, se suma el aporte de agua subterránea por ascenso capilar, que en algunos casos puede cubrir hasta el 75% de los requerimientos del cultivo y que para esta temporada que se inicia con un registro atípico de humedad del suelo por las precipitaciones ocurridas en invierno, obliga a prestar particular atención al momento oportuno de realizar el primer riego.
Ese enfoque de planificación tiene, además, una herramienta concreta detrás. El equipo de la AER 25 de Mayo desarrolló un Módulo de Evaluación y Gestión Eficiente del Riego en Sistemas Presurizados que combina caudalímetros portátiles ultrasónicos, pluviómetros con data logger y sondas de humedad de suelo para responder tres preguntas que muchas veces se dan por sabidas y no lo están: cuánta agua se está aplicando realmente (más allá de lo que indica el diseño original del equipo), con qué uniformidad llega a cada sector de la chacra y cómo evoluciona la humedad en la zona de raíces.
En valles con expansión reciente de superficie bajo riego, donde muchos sistemas todavía están en ajuste, un índice de uniformidad bajo puede significar que buena parte del lote nunca llegue a su potencial productivo, aunque se esté invirtiendo agua y energía de más.
Con el costo del riego rondando los 600-680 U$S/ha según el cultivo, la pregunta de qué producir bajo pivote deja de ser solo agronómica. Los números del último boletín económico de la AER 25 de Mayo son elocuentes: el maíz, con una lámina de 780 mm anuales, dio el mejor retorno por peso invertido entre las alternativas evaluadas (0,30 $/$), por encima de la recría bovina (0,25 $/$).
En la zona de riego de 25 de Mayo, productores nucleados en la Cámara de Productores Agropecuarios Bajo Riego vienen trabajando desde 2014 con esta misma metodología de seguimiento de costos y balance hídrico, en articulación con el INTA. Esa serie histórica es la que hoy permite comparar campaña contra campaña y detectar, por ejemplo, cuánto pesa realmente la energía en la estructura de costos o si conviene reforzar el mantenimiento antes de sembrar.
En un pivote central, la energía y la amortización del equipo concentran entre el 65% y el 75% del costo del milímetro aplicado. Eso vuelve crítico el mantenimiento preventivo: una boquilla obstruida, una fuga en el sistema o una presión mal regulada no solo desperdician agua, sino que alargan los tiempos de riego y encarecen la factura eléctrica, sobre todo si el equipo termina operando en horario pico. La recomendación de programar el riego en franjas horarias de tarifa más baja —hasta 19 horas diarias fuera de las horas de mayor costo— es hoy una de las decisiones de manejo con mayor impacto directo sobre el margen.
Con una amortización proyectada a 20 años, cada campaña sin mantenimiento adecuado no solo resta eficiencia hídrica: acorta la vida útil real del equipo y retrasa el punto en que la inversión en riego eficiente se paga sola.
El receso entre campañas —o cualquier parada del equipo— es justamente la ventana para hacer ese trabajo sin resignar producción. Desde el INTA AER 25 de Mayo se remarca una revisión por partes: la estación de bombeo y el tablero eléctrico (contactores, arrancadores suaves, limpieza de polvo y reemplazo preventivo de cableado o terminales desgastados); las bombas (caudales y presiones de trabajo contra los valores de diseño, sellos y rodamientos); en el caso del pivote central, las partes móviles —presión de neumáticos, aceite de las cajas reductoras, motorreductores sin ruidos ni recalentamiento— por ser el equipo con más componentes en movimiento; y, por último, una prueba de pluviometría a campo que compare lo que efectivamente entregan los aspersores y reguladores con la cartilla de diseño.
Un diagnóstico hidráulico a tiempo, antes de arrancar la campaña, es lo que después se traduce en menos roturas de urgencia en el pico de demanda y en una factura energética más baja.
Con un escenario de El Niño que promete temperaturas altas, pero también inestabilidad y posibles eventos intensos, la ventana para planificar es ahora: revisar equipos, calcular el balance hídrico de cada lote y no perder de vista los pronósticos de mediano plazo.
El clima es cada vez más cambiante, y eso obliga a estar atentos a los pronósticos, pero también a no quedarse solo en la previsión: hacer el seguimiento y la medición de la humedad a campo, y ajustar la planificación del riego en función de esos datos, es lo que en definitiva permite sostener la eficiencia campaña tras campaña.
Redactado por: Ing.Carolina Aumassanne (Agencia de Extensión Rural 25 de Mayo, [email protected] ) e Ing.Lucía Mañueco (Estación Experimental Agropecuaria Alto Valle, [email protected] )
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