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Transformación ecológica: el negocio de la totora salva un humedal urbano en Chile

¿Puede una planta tradicional y un oficio antiguo salvar un canal contaminado en plena zona industrial? En Quilicura, los totoreros demuestran que sí.

En el corazón industrial de Santiago de Chile, donde predominan parques fabriles y carreteras, un grupo de artesanos mantiene vivo un saber ancestral que hoy resulta decisivo para la salud ambiental. Los totoreros del canal San Ignacio, en la comuna de Quilicura, combinan su experiencia de décadas con la capacidad natural de la totora (Schoenoplectus californicus) para filtrar contaminantes y evitar que el agua llegue aún más degradada al océano Pacífico.

Fernando Abarca, con casi cuarenta años dedicados al oficio, ingresa cada mañana al canal con botas de goma y su echona, un cuchillo dentado de hoja curva y delgada de cuarenta centímetros. Avanza con cuidado sobre el terreno blando, observa el crecimiento de los racimos de totora que alcanzan hasta cuatro metros de altura y decide qué tallos podar. Una planta demasiado densa bloquea el flujo, se desploma y forma diques que terminan matándola. “Los artesanos nos dedicamos a limpiar y cuidar esta planta porque con ella trabajamos”, explica con claridad.

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La totora recolectada se seca al borde del canal y se convierte en cestos, quitasoles, sombreros, abanicos, techos y sillas. Este oficio atraviesa culturas sudamericanas desde los Andes hasta los humedales del Cono Sur. Sin embargo, en Quilicura el trabajo adquirió una dimensión ecológica inesperada. Durante décadas el canal recibió residuos sólidos, derrames y vertidos de materiales pesados. El lugar se percibía como reliquia rural en una ciudad expansiva y moderna.

La realidad cambió cuando la contaminación persistente evidenció el rol activo de la totora en la depuración natural del agua. “La totora a usted le sirve para curar el agua. Ella se toma todo lo malo”, resume Abarca, quien conoció el sector cuando Quilicura era prácticamente un único humedal continuo.

La magnitud del problema de los vertederos ilegales

La Mesa de Vertederos Ilegales de Residuos Sólidos identificó en la Región Metropolitana 87 vertederos ilegales, de los cuales 55 permanecen activos. La mayoría se concentra en comunas periféricas como Quilicura. “Las ciudades crecen, la población aumenta y, con ello, también la cantidad de residuos que generamos a diario”, señala el gobernador Claudio Orrego. Cuando ese crecimiento carece de planificación territorial moderna y de infraestructura adecuada, la presión recae en las periferias. A ello se suma la presencia de mafias de la basura, bandas organizadas que operan con impunidad aprovechando vacíos de fiscalización.

En 2022 el municipio de Quilicura detectó en el canal San Ignacio, a la altura de la avenida Galvarino, un vertedero ilegal de aproximadamente 10.000 metros cuadrados. A pesar de la degradación, el canal conservaba su función como corredor biológico: huairavos, garzas, coipos, siete colores y triles lo transitan. Conectado a otros cursos de agua metropolitanos, termina desembocando en el océano Pacífico. Esa constatación impulsó su declaración como humedal urbano, iniciativa acogida por el Ministerio del Medio Ambiente.

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Plataforma de acceso que facilita la manutención del canal y reduce el riesgo de nuevos vertidos ilegales. Foto: El País

Proyectos que integran a los totoreros como expertos

La organización Ciudad Emergente colaboró en dos intervenciones clave. En 2024 se ejecutó Quilicura Limpia y Segura, acción que retiró 180 toneladas de basura con participación de escuelas, organizaciones sociales y autoridades. Paralelamente, se diseñó el plan maestro para el Centro de Sostenibilidad e Innovación Municipal.

En 2025 se lanzó Canales Sanos y Sin Vertederos, proyecto piloto de restauración y monitoreo socioambiental que aborda la contaminación desde los canales urbanos hasta el océano. El programa Urban Ocean se sumó para reducir la contaminación plástica y fortalecer la conexión entre el cuidado local y la salud costera.

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Felipe González, director de Gestión Ambiental de la Municipalidad de Quilicura.Muriel Alarcón

En ambas iniciativas el municipio incorporó a los totoreros al equipo técnico. Juntos elaboraron un plan de manejo del canal. “Son los que tienen la experiencia de limpiar. No podemos llegar y poner una máquina. Tenemos que saber cómo hacerlo y ellos lo conocen ancestralmente”, afirma Felipe González, director de Gestión Ambiental de la Municipalidad de Quilicura. “Gracias a nuestra poda, la totora se ha mantenido. Sin la poda, no existiría”, complementa Abarca.

Un estudio de Ciudad Emergente midió la calidad del agua en cuatro puntos y dos momentos del ciclo de la planta. Los resultados mostraron reducción significativa de sólidos en suspensión, turbiedad y concentraciones de metales como zinc, aluminio y manganeso al atravesar los tramos con vegetación. La totora actúa como especie de fitorremediación: sus raíces absorben y degradan contaminantes. “Mientras más cuidada esté el agua, llega también mucho más limpia al océano. Es un modelo que puede replicarse”, explica el arquitecto Javier Vergara, director ejecutivo de Ciudad Emergente.

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Juan Carlos Tapia enseña a generaciones jóvenes la poda de la totora.Muriel Alarcón

Del olvido a la sala de clases abierta

Hoy el canal San Ignacio cuenta con plataformas de acceso que facilitan el mantenimiento y desalientan nuevos vertidos. Se definieron puntos de monitoreo del crecimiento de la totora y pasarelas con paneles informativos que detallan el calendario de poda y su función depuradora.

El manejo respeta los ciclos ecológicos. Entre septiembre y mediados de diciembre, durante la temporada de nidificación, las intervenciones se minimizan. Si aparecen nidos, se delimitan zonas de resguardo para proteger patos, pidenes y otras especies.

Las encuestas comunitarias revelaron alto orgullo por el oficio, pero también preocupación por su invisibilización. “Veo muy difícil que los jóvenes quieran aprender de esto”, confiesa Juan Carlos Tapia. Abarca añade: “Ojalá salgan nuevos artesanos. Uno todavía puede, pero no sabe cuánto tiempo más va a vivir”.

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El canal San Ignacio se convirtió en un lugar de educación ambiental y encuentro comunitario.Ciudad Emergente

Aun así, el cambio avanza. Estudiantes de la brigada medioambiental del colegio Luis Cruz Martínez N° 334 recorren las pasarelas, tocan la totora y escuchan relatos del oficio. Para muchos es la primera vez que vinculan la palabra humedal con su barrio. “Quiero que ellos amen también donde viven”, expresa la profesora Nancy Escobar. “Si no cuido mi entorno, no voy a poder respirar”.

En Quilicura, un oficio tradicional se transforma en estrategia de resiliencia urbana. Los artesanos de la totora ya no solo preservan una técnica: protegen un ecosistema que conecta la ciudad con el océano.

Fuente: El País con aportes de Redacción +P