Uno de los cambios más visibles es la reducción de la superficie plantada con viñas. En los últimos años, Chile ha pasado de aproximadamente 145 mil hectáreas a cerca de 116 mil, reflejando un giro claro hacia la reconversión agrícola. Este proceso no es improvisado, sino que responde a una combinación de factores económicos, climáticos y culturales.
Para muchos productores, la diversificación no es una novedad, sino una estrategia que ha permitido enfrentar ciclos de crisis. Es el caso de Viña Ravanal, donde este enfoque comenzó hace décadas. “El mundo del vino tiene estos vaivenes. Nos diversificamos hace muchos años, porque a mi papá le tocó vivir varios episodios de crisis y no nos podíamos dedicar a una sola cosa. La agricultura permite eso: la diversificación”, explica su gerente general, Mario Ravanal.
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La producción nacional y mundial de vino cae a mínimos históricos, empujando a Chile a reemplazar viñas por cultivos más rentables.
Actualmente, la empresa ha optado por incorporar especies alternativas como peras y ciruelos D’agén destinados al deshidratado, buscando mayor estabilidad frente a la volatilidad del mercado vitivinícola. Esta decisión refleja una lógica que se repite en distintos puntos del país: reducir la dependencia de un solo cultivo y apostar por opciones más predecibles en términos de rentabilidad.
Tecnología, eficiencia y nuevos cultivos
Pero la reconversión no se limita al cambio de especies. La adopción de tecnología y avances genéticos se ha convertido en un pilar fundamental del nuevo modelo agrícola. La modernización implica sistemas de producción más eficientes, con un uso optimizado del recurso hídrico, mayor mecanización y una gestión basada en datos.
Desde el ámbito viverista, empresas como Agromillora han impulsado el desarrollo de nuevas variedades y portainjertos con mayor resistencia a enfermedades y mejor adaptación a condiciones de estrés hídrico. Estas innovaciones, desarrolladas en conjunto con centros de investigación internacionales, buscan responder a los desafíos que plantea el cambio climático.
Claudio Morales, asesor en viticultura, destaca que la evolución genética ha permitido avanzar hacia una agricultura más precisa. “Hoy se trabaja con clones de viñas resistentes a plagas como la filoxera y a nemátodos, lo que mejora la productividad y reduce riesgos”, explica. Sin embargo, también reconoce que el cambio va más allá de la genética: implica una transformación completa en la forma de producir.
En esa línea, los sistemas tradicionales están quedando atrás. Las antiguas estructuras de parrones, intensivas en mano de obra, están siendo reemplazadas por diseños pensados para la mecanización. Esto permite reducir costos operativos y enfrentar uno de los principales problemas del agro chileno: la escasez de trabajadores.
“El parrón antiguo prácticamente ya no existe. Hoy los viñedos están diseñados para cosecha mecanizada, con equipos más reducidos y mayor eficiencia”, agrega Morales.
Paralelamente, el reemplazo de viñas por cultivos como almendros, olivos, avellanos europeos y ciruelos se ha acelerado. Estos cultivos presentan ventajas claras: mayor rentabilidad por hectárea, menor dependencia de mano de obra y mejor adaptación a las condiciones hídricas actuales. Además, muchos de ellos permiten sistemas de plantación en alta densidad, lo que maximiza el uso del suelo.
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Frutales, frutos secos y sistemas de alta densidad están reemplazando a los viñedos tradicionales en distintas regiones del país.
Este fenómeno también responde a cambios en los hábitos de consumo a nivel global. Las nuevas generaciones han reducido el consumo de alcohol, impactando directamente en la demanda de vino. Incluso en segmentos premium, históricamente más estables, se observa una desaceleración.
“Hay un hábito de consumo cambiante y una disminución del consumo de alcohol. La crisis del vino es global”, sostiene Morales. Este cambio cultural obliga a la industria a adaptarse rápidamente, tanto en la oferta como en la estructura productiva.
En este escenario, la reconversión deja de ser una alternativa para transformarse en una necesidad estratégica. “El vino ya no es el centro del campo, sino parte de una matriz productiva en transición”, afirma Jorge Rodríguez, gerente comercial de Agromillora Sur. Esta visión refleja un cambio de paradigma: la agricultura chilena ya no gira en torno a un solo cultivo, sino que avanza hacia un modelo diversificado y flexible.
Los cultivos de alta densidad, junto con la mecanización, aparecen como una solución concreta para mejorar la rentabilidad. “Rentabiliza más el metro cuadrado, es una alternativa que promete”, señala Ravanal, quien destaca que este tipo de sistemas permite optimizar recursos en un contexto de costos crecientes.
A pesar de las dificultades, el sector mantiene una mirada de largo plazo. Los productores saben que la industria del vino ha enfrentado crisis en el pasado y ha logrado recuperarse. “En algún momento esto tiene que darse vuelta. No es primera vez que las viñas pasan por este tipo de crisis”, concluye Ravanal.
Mientras ese repunte llega, Chile avanza hacia una agricultura más resiliente, donde la diversificación, la tecnología y la eficiencia serán determinantes. La reconversión de viñas no solo redefine el paisaje agrícola, sino que también marca el camino hacia un modelo productivo más adaptable a los desafíos del siglo XXI.
Fuente: Frutas de Chile con aportes de Redacción +P.