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Cómo Argentina perdió el negocio mundial de la manzana mientras el comercio seguía creciendo

Las exportaciones argentinas de manzanas cayeron un 85% en las últimas dos décadas, mientras el comercio mundial del producto creció cerca del 50%. Las estadísticas muestran una decadencia estructural que ya no puede explicarse sólo por las crisis económicas o los problemas coyunturales.

Hay estadísticas que describen una realidad. Y hay otras que dictan sentencia. Las últimas cifras difundidas por el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA) sobre las exportaciones de manzanas argentinas pertenecen a este último grupo. No son un dato más dentro del calendario económico. Son la confirmación de un proceso de deterioro que lleva décadas gestándose y que hoy exhibe su rostro más crudo.

Durante julio de 2026 Argentina exportó apenas poco más de 4.380 toneladas de manzanas. La cifra representa un desplome del 50% respecto del mismo mes del año pasado y una caída del 37% frente al promedio registrado para julio durante las campañas 2021-2025. Pero el verdadero impacto no está en la comparación interanual. Está en la perspectiva histórica.

Se trata del volumen más bajo de los últimos diez años. Y si se amplía la serie estadística, el dato resulta todavía más alarmante: hay que retroceder más de medio siglo para encontrar un registro similar. Es decir, la industria exportadora de manzanas del Alto Valle acaba de perforar un piso que parecía imposible de atravesar.

La pregunta ya no es cuándo tocará fondo. La verdadera pregunta es si todavía existe un fondo. Porque cada año que pasa demuestra que siempre es posible caer un poco más.

Algunos intentarán relativizar el dato sosteniendo que julio fue un mes excepcional. Que existieron problemas logísticos. Que hubo menor disponibilidad de fruta. Que determinados mercados redujeron sus compras.

El argumento se desmorona apenas se observan los números acumulados. Entre enero y julio de este año las exportaciones argentinas de manzanas totalizaron apenas 33.900 toneladas. Esto implica una caída del 40% frente al mismo período de 2025 y del 35% respecto del promedio de las últimas cinco campañas.

Es decir, no estamos frente a un accidente estadístico. Estamos frente a un problema estructural.

Quizás la dimensión real del desastre sólo pueda comprenderse observando la evolución de largo plazo. En los primeros siete meses de 2007 Argentina había exportado más de 246.000 toneladas de manzanas. Hoy exporta apenas 33.900 toneladas reflejando una caída del 85%.

No existe maquillaje posible para semejante derrumbe. No hay relato político ni empresarial capaz de transformar semejante fracaso en una historia de resiliencia.

No se trata de una crisis pasajera. Se trata del desmantelamiento progresivo de una actividad que durante décadas fue uno de los motores económicos del Alto Valle de Río Negro y Neuquén.

Las consecuencias económicas son enormes. Tomando como referencia el valor FOB promedio actual de la manzana argentina, la región dejó de exportar aproximadamente 185 millones de dólares solamente al comparar el período enero-julio de 2007 con el mismo período de este año.

Y eso representa apenas una fotografía parcial. Si la comparación se realiza contra cada una de las últimas veinticinco campañas, la pérdida acumulada asciende a miles de millones de dólares que jamás ingresaron a la economía regional. Dinero que podría haber generado empleo, inversiones, infraestructura, innovación tecnológica y desarrollo. Dinero que nunca llegó.

El catálogo eterno de las excusas

Cada vez que aparece un nuevo dato negativo, el sector encuentra una explicación diferente: las heladas, el granizo, el atraso cambiario, la presión tributaria, la falta de crédito, los costos laborales, la inflación, los sindicatos, la caída del consumo, la competencia internacional, las guerras...siempre existe una causa externa.

Si bien fue muy complejo ser empresario en la Argentina de los últimos 50 años, lo que prácticamente nunca aparece dentro del análisis es una profunda autocrítica. Muy pocos reconocen los errores estratégicos cometidos durante las últimas décadas, o hablan de la falta de innovación, o mencionan la escasa renovación varietal.

Muy pocos reconocen que gran parte del sector dejó de invertir cuando todavía existía rentabilidad y que muchas empresas privilegiaron preservar patrimonio antes que construir competitividad. Y menos aún aceptan que durante años se administró la decadencia en lugar de enfrentarla.

Resulta más cómodo responsabilizar al contexto que revisar las propias decisiones. Sin embargo, los números son demasiado contundentes para seguir escondiéndose detrás de argumentos coyunturales.

El mundo hizo exactamente lo contrario

Existe un dato que destruye casi todas las explicaciones que suelen escucharse en el Valle. Mientras Argentina reducía sus exportaciones de manzanas un 85% durante el último cuarto de siglo, el comercio internacional de este producto creció alrededor del 50%.

El mercado mundial pasó de aproximadamente 4,1 millones de toneladas exportadas a comienzos del siglo a unas 6,1 millones proyectadas para la presente campaña, tal lo confirman los estudios realizados por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA). Es decir, el problema no fue la manzana. El problema fue Argentina.

En veinte años, Argentina perdió ocho de cada diez toneladas que exportaba al mundo, mientras el mercado internacional siguió creciendo.

Mientras otros países crecían, invertían, incorporaban tecnología, desarrollaban nuevas variedades, conquistaban mercados y mejoraban su eficiencia logística, la fruticultura argentina quedó atrapada en discusiones internas que nunca resolvió. Mientras el mundo ampliaba oportunidades comerciales, nosotros perdíamos clientes históricos. Mientras otros ganaban competitividad, aquí discutíamos quién tenía la culpa.

La diferencia entre ambas trayectorias define con absoluta claridad el verdadero diagnóstico. No fue el mercado el que abandonó a la Argentina. Fue la Argentina la que abandonó el mercado.

La responsabilidad también tiene nombres propios

Durante demasiado tiempo se instaló la idea de que la decadencia de la fruticultura obedecía exclusivamente a malas políticas públicas. Sin dudas, el Estado tiene enormes responsabilidades.

Décadas de inestabilidad macroeconómica, inflación, presión tributaria, cambios permanentes de reglas de juego y atraso cambiario hicieron muchísimo daño. Negarlo sería absurdo.

Pero tampoco puede ignorarse la responsabilidad del sector privado. Porque aun en los peores contextos existen empresas que innovan. Empresas que exportan, que ganan mercados e incorporan tecnología.

El problema es que esas experiencias hoy son excepciones. No representan al sistema. Representan islas dentro de un océano de estancamiento. La mayoría de las empresas ya ni siquiera discute proyectos de expansión. Su objetivo pasó a ser sobrevivir. Y cuando una industria deja de pensar en crecer para concentrarse únicamente en resistir, comienza lentamente a desaparecer.

Los pocos que todavía creen

Sería injusto afirmar que nadie invierte. Existen algunas excepciones. La más visible probablemente sea Global Fresh, empresa que durante los últimos años incorporó activos estratégicos dentro de la actividad frutícola y mantiene una visión de crecimiento de mediano plazo.

Su apuesta nos hace pensar que todavía existen oportunidades. Global Fresh en los últimos años ha incorporado una importante cantidad de activos ligados a industria frutícola y por lo que se sabe, su idea es seguir creciendo en la actividad ya que proyectan una recomposición del sector para el mediano plazo.

No hay que dejar de mencionar que este caso es una excepción dentro del derrumbe reflejado por las estadísticas. Y también señalar que Global Fresh viene siendo solventada por un importante grupo ligado a la actividad hidrocarburífera de la región, que tiene espaldas financieras para ello. Asimismo está ingresando en un mercado donde los costos de oportunidad para adquirir activos frutícolas deben estar en uno de los puntos más bajos de su historia.

El espejismo del mercado interno

Otro de los grandes relatos que circulan dentro del sector sostiene que el verdadero negocio está en abastecer al mercado argentino. Y, efectivamente, hoy vender manzanas dentro del país resulta mucho más rentable que exportarlas.

Los precios obtenidos en supermercados de la Ciudad de Buenos Aires (CABA) y cordón norte del Gran Buenos Aires (GBA) suelen hasta duplicar los valores alcanzados en algunos mercados externos. La paradoja resulta extraordinaria.

Hoy el consumidor del norte de Europa está pagando por un kilo de manzana de buena calidad un promedio de 2,2 euros por kilo, el equivalente a unos 4.900 pesos; un valor por debajo de los logrados por la manzana argentina en las grandes superficies de zonas de CABA y norte del GBA. Algo increíble: en un país donde se produce manzana los precios del producto local son más caros que en el exterior, inclusive en aquellos países donde no hay producción.

Ahí hay algo que no esta funcionando del todo bien en relación a los precios relativos que presenta el producto. Pero eso seguramente es un tema para analizar en otro momento.

Apostar al mercado interno puede ser un buen negocio para algunas empresas, pero está lejos de representar una estrategia capaz de recuperar una actividad que sólo puede volver a crecer si recupera los mercados internacionales.

Claramente el mercado interno es hoy un negocio para la manzana, y viene siéndolo hace ya varias décadas. Pero incluso aceptando que sea atractivo, existe un límite imposible de ignorar. La demanda doméstica prácticamente no creció en medio siglo. Oscila históricamente entre las 200.000 y 260.000 toneladas anuales. Promedio: unas 240.000 toneladas.

Mientras tanto, la población argentina prácticamente se duplicó en ese mismo período. Eso significa que el consumo per cápita cayó de manera significativa.

La manzana perdió en el mercado local espacio frente a otras frutas, alimentos industrializados e incluso productos importados. Por lo tanto, pensar que las góndolas locales pueden transformarse en el motor del crecimiento constituye una ilusión. Simplemente porque ese mercado ya alcanzó su techo. Sin exportaciones no existe posibilidad alguna de expandir la producción regional. No hay demanda para este potencial escenario.

El silencio de una dirigencia agotada

Quizás uno de los aspectos más preocupantes de todo este proceso sea el enorme silencio que rodea al sector. No existen debates profundos. No aparecen planes estratégicos de largo plazo. No se discuten transformaciones estructurales y predomina una resignación peligrosa.

Como si la decadencia fuera un fenómeno natural o si perder mercados internacionales fuera inevitable. Pareciera que el retroceso permanente formara parte del paisaje. Y no. No es normal o por lo menos no debería ser aceptado. No puede naturalizarse que una región que durante décadas fue sinónimo de excelencia frutícola haya quedado reducida a una expresión marginal dentro del comercio mundial.

Debemos terminar de comprender que cada tonelada que deja de exportarse no representa únicamente menos dólares. Representa menos empleo, menos inversiones, menos galpones trabajando, menos actividad portuaria y menos movimiento económico para toda la región.

Por eso reducir esta discusión únicamente a indicadores comerciales constituye un error. Lo que está en juego es mucho más profundo. Se trata del futuro productivo de una región entera.

Las estadísticas son frías. No opinan. No militan. Simplemente muestran lo que ocurrió. Y las cifras de las exportaciones de manzanas describen una realidad imposible de discutir. Argentina pasó de ser protagonista mundial a convertirse en un actor prácticamente irrelevante.

Mientras el comercio internacional crecía, nosotros desaparecíamos. Mientras otros ampliaban mercados, nosotros los perdíamos. Mientras otros invertían, aquí administrábamos la decadencia.

Quizás haya llegado el momento de abandonar definitivamente el cómodo refugio de las excusas, porque el problema ya no puede atribuirse únicamente al dólar, al clima, a los impuestos o a los gobiernos de turno. Todos ellos influyeron. Pero ninguno explica por sí solo un derrumbe del 85%.

Las crisis coyunturales duran algunos años. Las decadencias estructurales duran generaciones. Y la fruticultura argentina ya lleva demasiado tiempo transitando ese camino.

Todavía existen productores eficientes. Todavía sobreviven empresas competitivas. Todavía quedan recursos humanos extraordinarios y mercados abiertos. Pero cada año que pasa reduce el margen para revertir la historia.

La tragedia no consiste solamente en haber perdido lo que alguna vez fuimos. La verdadera tragedia es seguir convencidos de que la culpa siempre estuvo afuera. Porque mientras el sector continúe buscando únicamente responsables externos, las estadísticas seguirán escribiendo el mismo final. Y ese final ya comenzó hace mucho tiempo. La única diferencia es que ahora los números dejaron de disimularlo.