Lo más preocupante, sin embargo, no es solamente la reducción en la cantidad total de productores sino quiénes son los que desaparecen del sistema. De los 64 establecimientos que dejaron de formar parte de la actividad durante el último año, 61 correspondían a productores con menos de 30 hectáreas. En otras palabras, más del 95% de quienes abandonaron la fruticultura pertenecían al segmento históricamente más vulnerable y, al mismo tiempo, al que durante décadas constituyó la base social y productiva del Alto Valle.
La fotografía actual adquiere una dimensión mucho más dramática cuando se observa la evolución de largo plazo. En 2009, apenas 17 años atrás, el norte patagónico contabilizaba 2.667 productores frutícolas. Desde entonces desaparecieron 1.240 chacareros, una cifra que refleja una transformación estructural de enorme magnitud. De ese total, 1.147 eran pequeños productores con explotaciones inferiores a las 30 hectáreas, lo que demuestra con claridad que el ajuste del sistema se concentró principalmente sobre quienes tenían menores posibilidades económicas para adaptarse a los cambios que fue imponiendo la actividad.
Las estadísticas permiten dimensionar la magnitud del fenómeno, aunque resultan insuficientes para comprender plenamente lo que está ocurriendo. Porque detrás de cada productor que deja la actividad existe una historia familiar, una tradición de trabajo y un proyecto de vida que muchas veces se remonta a varias generaciones. Allí donde los informes registran una baja porcentual o una reducción en la cantidad de explotaciones, en realidad hay chacras que quedan abandonadas, viviendas rurales que pierden habitantes y familias enteras que se ven obligadas a buscar alternativas económicas fuera de la actividad que durante décadas les dio sustento.
De los pioneros al desafío de la supervivencia
La historia de la fruticultura regional está profundamente ligada al esfuerzo de aquellos inmigrantes y pioneros que llegaron al valle durante las primeras décadas del siglo XX. Italianos, españoles, sirios, libaneses y numerosos migrantes internos encontraron en estas tierras irrigadas por el río una oportunidad para construir un futuro. Con trabajo manual, sacrificios que hoy resultan difíciles de imaginar y una enorme capacidad para adaptarse a condiciones adversas, lograron convertir una región semidesértica en una potencia frutícola reconocida en los mercados internacionales.
Durante gran parte de la historia del Alto Valle, el modelo productivo estuvo sostenido por pequeñas y medianas explotaciones familiares. Las chacras eran mucho más que unidades económicas: constituían espacios donde convivían varias generaciones, donde el trabajo se transmitía de padres a hijos y donde el vínculo con la tierra formaba parte de la identidad de cada familia. Las cosechas marcaban el ritmo de la vida social, los pueblos crecían alrededor de la actividad y la prosperidad regional estaba directamente relacionada con la suerte de los chacareros.
Pero el escenario comenzó a modificarse gradualmente. Los mercados internacionales se volvieron más exigentes, la competencia global aumentó y las nuevas tecnologías pasaron a desempeñar un papel determinante para alcanzar niveles de productividad compatibles con las demandas comerciales actuales. Al mismo tiempo, las inversiones necesarias para reconvertir montes frutales, incorporar nuevas variedades y modernizar los sistemas productivos comenzaron a requerir recursos que muchos pequeños productores no pudieron afrontar.
A estas dificultades se sumó el incremento sostenido de los costos de producción. La mano de obra, los insumos, los combustibles, la energía, el transporte y los servicios necesarios para mantener una explotación competitiva crecieron de manera constante durante los últimos años. En muchos casos, los precios obtenidos por la fruta no alcanzaron para compensar esos aumentos, generando una pérdida progresiva de rentabilidad que golpeó especialmente a las explotaciones de menor escala.
chacra abandonada descarga
El 95% de los productores que abandonaron la actividad durante 2025 tenía menos de 30 hectáreas. La tendencia confirma un proceso de concentración que lleva décadas y que parece lejos de detenerse.
Hoy, para muchos especialistas, una chacra de menos de 30 hectáreas enfrenta enormes dificultades para sostenerse económicamente si no dispone de altos niveles de productividad, variedades modernas y acceso a estructuras de conservación y comercialización que permitan capturar una mayor porción del valor generado por la actividad. Los rendimientos inferiores a las 40 o 50 toneladas por hectárea suelen quedar muy lejos de los parámetros necesarios para competir en igualdad de condiciones dentro de un mercado cada vez más exigente.
Un sistema cada vez más concentrado
La situación se vuelve todavía más compleja para aquellos productores que permanecen aislados comercialmente. Mientras las grandes empresas y muchos productores medianos integrados participan en distintas etapas de la cadena —desde la producción hasta el almacenamiento, empaque y comercialización— los pequeños chacareros suelen quedar limitados exclusivamente a la producción primaria. Esa diferencia genera brechas cada vez mayores en términos de rentabilidad, eficiencia y capacidad de inversión.
Como consecuencia de este proceso, la actividad experimenta una creciente concentración. La desaparición de productores no siempre implica que las tierras dejen de producir. En numerosos casos esas superficies son absorbidas por explotaciones más grandes o por empresas integradas que amplían sus operaciones. De esta manera, mientras disminuye el número de productores, la producción queda cada vez más concentrada en menos actores.
Se trata de una dinámica que también puede observarse en otros países frutícolas altamente competitivos, donde la escala productiva y la integración vertical se han convertido en condiciones prácticamente indispensables para permanecer en el negocio. Sin embargo, en el Alto Valle el fenómeno adquiere una dimensión particularmente sensible debido al fuerte componente social que históricamente tuvo la actividad.
El costo humano detrás de las estadísticas
La pregunta que surge inevitablemente frente a esta realidad es si todavía existe margen para revertir la tendencia. Las respuestas no son alentadoras. El contexto actual indica que los factores que impulsan la concentración continuarán presentes durante los próximos años y que la presión sobre los productores más pequeños seguirá siendo muy elevada. Por esa razón, muchos analistas consideran que el proceso de reducción en la cantidad de chacareros aún no ha llegado a su fin.
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La fruticultura regional atraviesa una transformación histórica. Mientras las empresas integradas ganan escala y competitividad, los pequeños chacareros continúan desapareciendo de un sistema que cada vez deja menos espacio para las explotaciones familiares.
Lo que nadie puede determinar con exactitud es dónde se encuentra el límite. Lo único cierto es que los 1.427 productores registrados al cierre de 2025 representan uno de los niveles más bajos de toda la historia frutícola regional y reflejan una transformación profunda de un modelo que durante décadas fue símbolo de desarrollo y movilidad social.
Pero más allá de cualquier análisis económico, la verdadera dimensión de esta crisis se encuentra en las historias humanas que permanecen ocultas detrás de cada estadística. Porque cuando desaparece un productor no solamente se pierde una explotación agropecuaria. También se desvanece parte del legado de aquellas familias que construyeron la riqueza del valle, que hicieron producir la tierra cuando todavía no existían las certezas y que apostaron su vida entera al crecimiento de una región que llegó a ser reconocida en el mundo por la calidad de sus frutas.
Los números permiten medir la magnitud del fenómeno, pero no alcanzan para reflejar el costo social que implica la desaparición gradual de los pequeños chacareros. Son miles las familias que, a lo largo de las últimas décadas, quedaron al margen de una actividad que ayudaron a construir. Son los descendientes de aquellos pioneros que hicieron grande al Alto Valle y que hoy observan cómo el sistema que alguna vez les permitió progresar parece no tener lugar para ellos. Y es precisamente allí donde se encuentra el aspecto más doloroso de esta transformación: en la lenta pérdida de una cultura productiva basada en el trabajo familiar, el arraigo y el vínculo con la tierra, valores que durante generaciones definieron la esencia misma de la Patagonia frutícola.
FUENTE: Anuario 2025 SENASA con aportes de Redacción +P.