Ante la ausencia de depredadores efectivos en el ecosistema argentino —ya que pumas o yaguaretés no regulan su población—, el ser humano es el único controlador.
Considerado especie exótica invasora, el jabalí ya afecta a 17 provincias. Alertan por su expansión y piden estrategias urgentes.
El jabalí dejó de ser un problema asociado exclusivamente a los ambientes naturales. En los últimos años, su presencia comenzó a hacerse cada vez más visible en zonas productivas y, de manera creciente, en las ciudades. En Bariloche, por ejemplo, los registros de animales circulando en sectores urbanos se multiplicaron desde fines de 2025, al punto de que ya pueden encontrarse ejemplares muy cerca de las viviendas.
La situación fue uno de los temas abordados recientemente en una actividad de divulgación científica realizada en Bariloche, impulsada desde el Centro de Estudios Aplicados a la Conservación (CENAC), dependiente del área de Conservación del Parque Nacional Nahuel Huapi, con el objetivo de acercar a la comunidad las investigaciones y problemáticas sobre la materia que atraviesan la región.
Uno de los investigadores que participó de la actividad fue Sebastián Ballari, doctor en Ciencias Biológicas y miembro del CONICET. Desde hace años estudia la problemática del jabalí y advierte que la expansión de esta especie no es un fenómeno exclusivamente patagónico.
Actualmente, el jabalí está presente en 17 de las 23 provincias argentinas y ocupa distintos tipos de ambientes y regiones geográficas. Además, se encuentra en unas 68 áreas protegidas de todo el país.
“Es una especie exótica invasora”, explica el investigador, y una de sus principales características es su capacidad de adaptación. Estos animales tienen una dieta omnívora, una importante plasticidad fisiológica y una elevada capacidad reproductiva, condiciones que le permiten ocupar ambientes muy diferentes.
Esa capacidad de adaptación también explica su acercamiento a las ciudades. La expansión urbana hacia sectores naturales, genera un mayor solapamiento entre ambos ambientes, mientras que la disponibilidad de alimentos facilita todavía más la presencia de los animales.
La basura y los restos de comida se convierten así en una fuente de recursos, para una especie capaz de alimentarse prácticamente de todo. Pero el fenómeno no se limita a los residuos urbanos. El jabalí también se adapta con facilidad a áreas agrícolas y ganaderas.
En el campo, los daños que provocan los jabalíes pueden aparecer de distintas maneras. Destruye cultivos por consumo y pisoteo, puede utilizar plantaciones como sitios de refugio y nidificación, y también depreda sobre crías de animales domésticos.
A eso se suma la transmisión de enfermedades al ganado y los daños sobre la infraestructura productiva. Alambrados, sistemas de riego y otras instalaciones pueden resultar afectados por la actividad de estos animales.
Para los productores, además, el control de la especie representa un costo adicional. Muchas veces son ellos mismos quienes deben destinar recursos y tiempo para evitar que los jabalíes ingresen a sus campos o reducir los daños que provocan.
“Es muy transversal a la producción en muchos sentidos”, señala el investigador en diálogo con +P. Desde la depredación de corderos o terneros hasta la destrucción de plantaciones forestales, cultivos de maíz o infraestructura, la presencia del jabalí puede traducirse en pérdidas económicas difíciles de dimensionar.
Por eso mismo, uno de los desafíos actuales para la investigación consiste en cuantificar ese impacto. Contar con datos económicos que permitan traducir los daños provocados por la especie en pérdidas concretas puede convertirse en una herramienta fundamental, para que los responsables de tomar decisiones dimensionen el problema y definan políticas de manejo.
La expansión del jabalí también genera preocupación desde el punto de vista sanitario. Según Ballari, “el animal puede albergar numerosos patógenos y algunas de las enfermedades asociadas a la especie son zoonóticas, es decir, pueden transmitirse a las personas”. El contacto entre animales silvestres y poblaciones urbanas incrementa las posibilidades de interacción.
A su vez, perros y gatos pueden entrar en contacto con estos animales y convertirse en vectores o reservorios de determinadas enfermedades. Por eso, para el investigador, el aspecto sanitario es incluso más relevante que el temor a un ataque directo.
Si bien un jabalí puede representar un riesgo físico y existen accidentes vinculados a su presencia, los ataques a personas son poco frecuentes. En cambio, el contacto cercano entre fauna silvestre, animales domésticos y seres humanos plantea otros riesgos que pueden ser menos visibles.
También los accidentes de tránsito forman parte de la problemática. El jabalí provoca colisiones en rutas y caminos y, según el especialista, estos episodios están aumentando.
La expansión del jabalí plantea una dificultad adicional: no existe una única estrategia de manejo aplicable a todos los territorios. Como detalla el investigador del Conicet, “las medidas dependen de si se trata de un área urbana, un campo productivo o un ambiente natural”. Entre las herramientas disponibles aparecen las trampas con cebos y distintas modalidades de caza.
Son métodos utilizados también en otros países donde el jabalí representa un problema de conservación y producción, como Estados Unidos y Australia. Sin embargo, incluso en esos lugares, que cuentan con una capacidad logística y económica considerable, el control de la especie continúa siendo complejo.
La dificultad está relacionada con la capacidad reproductiva y de dispersión del animal. Por eso, trasladar ejemplares hacia otros lugares no constituye una solución viable: además del costo logístico, significaría trasladar el problema a nuevos territorios.
En Argentina, el escenario se vuelve todavía más complejo porque el jabalí prácticamente no cuenta con depredadores naturales capaces de regular sus poblaciones. Si bien el puma y el yaguareté pueden consumirlo, no funcionan como reguladores naturales de la especie.
“Básicamente, el ser humano sería la única especie depredadora efectiva del jabalí”, resume el investigador.
En este contexto también aparece la discusión sobre el aprovechamiento de la carne de animales silvestres y los cambios propuestos en la legislación.
El especialista considera positivo abrir el debate sobre el consumo de carne de jabalí, tanto por sus características como por la posibilidad de aprovechar ejemplares que forman parte de una especie que necesita ser manejada.
Pero advierte que todavía existen interrogantes importantes. Entre ellos, “cómo se garantizará la provisión de carne, dónde se realizará la caza, cuál será la trazabilidad de los animales y cómo se garantizarán las condiciones sanitarias y de almacenamiento”, explica.
A diferencia de la producción ganadera convencional, no existe un frigorífico del que simplemente salga la carne. El animal debe ser localizado y cazado, lo que implica una cadena completamente diferente.
Ballari también cuestiona que el debate legislativo coloque en un mismo esquema al jabalí y al guanaco, ya que se trata de especies con características biológicas y condiciones de conservación muy diferentes: mientras el jabalí es una especie exótica invasora, el guanaco es una especie nativa.
La expansión del jabalí reúne dimensiones que hasta hace algunos años podían parecer separadas: conservación, producción, salud, seguridad vial y crecimiento urbano.
Su capacidad de adaptarse a distintos ambientes hace que el problema no quede restringido a una región ni a una actividad económica específica. Puede aparecer en un área protegida, ingresar a un campo productivo o recorrer las calles de una ciudad. Y la tendencia, según advierten los investigadores, no parece estar cerca de detenerse.
El desafío, entonces, ya no consiste solamente en registrar hasta dónde llegó el jabalí, sino en desarrollar estrategias capaces de anticiparse a su avance.
La advertencia es concreta: el problema no pertenece al futuro. Ya está ocurriendo y puede crecer en el corto plazo. Por eso, para quienes estudian la especie, el momento de actuar no debería llegar cuando la expansión sea todavía mayor. “Ya estamos como un paso atrás del problema”, finaliza el investigador.
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